Valentin Díaz: «Armonías Interiores en la obra de Miguel Ángel Molinero»

Armonías Interiores en la obra de Miguel Ángel Molinero
Por Valentín Díaz
Publicado en la Revista ETC nº 4

Recuerdo una conversación sobre Pavese, en la que Miguel Ángel Molinero subrayaba el hecho de que el gran escritor piamontés afirmara en El oficio de poeta su convicción de que había hecho la mejor poesía italiana de su tiempo.

Su comentario, sin otras explicaciones complementarias, me hizo pensar más tarde que su ambición (la de Molinero) era la misma que la del atormentado Pavese, es decir que un escritor, un poeta, debe aspirar a la excelencia y tener plena conciencia de la valía de su obra, y que la calidad literaria está directamente relacionada con la virtud de tener un estilo propio capaz de reflejar su propia época.

Esa ambición, posiblemente, no había terminado de concretarse en aquél momento, pero, sin duda, Molinero se sentía ya seguro de sus posibilidades. Había escrito su primer libro, Venir de lejos, finalista del Adonais, y pese a la decepción de no haber ganado el premio, la indiscutible calidad y la fuerza del estilo de sus primeros poemas se imponían por sí mismos, por encima de los gustos o intereses de los jurados. La propia editorial Rialp así lo debió entender y publicó el libro en la colección Adonais.

No puedo fijar cuándo tuvo lugar aquella conversación. Probablemente debió ser hacia 1973 y mi referencia visual la sitúa en la buhardilla de la Calle San Vicente Ferrer, en el barrio madrileño de Malasaña, que entonces tenía la gracia virginal que las movidas y modas posteriores arrumbaron, y donde Miguel Ángel y Soledad Orozco vivían ese “amor en las buhardillas” poetizado luego en El sentido de la experiencia; un amor que se extendió muchos años, hasta que un cáncer a destiempo se lo arrebató.

Eran los años de estudiantes en la Escuela Oficial de Periodismo, cuando compartíamos nuestro tiempo prácticamente a diario y yo era una especie de hermano pequeño de Miguel Ángel, un huésped fijo de la buhardilla que procuraba aprender del magisterio del hermano mayor. La generosidad y el cariño que Soledad y Miguel Ángel me dispensaban y que continuarían regalándome luego, es uno de esos privilegios que han hecho de mi vida una experiencia interesante y afortunada.

Hasta que mis peripecias profesionales en TVE me llevaron a Canarias en la primavera de 1989, y un año y medio después a diversos países, nuestra relación personal fue constante desde que nos conocimos a finales de 1970. Yo me trasladé a vivir en San Sebastián en 1975, pero nos veíamos en Madrid, a donde yo viajaba con frecuencia y donde estuve trabajando entre 1987 y 1989, y también en Bilbao a lo largo de 1982, cuando Miguel Ángel se fue allí con Eduardo Sotillos a poner en marcha el diario Tribuna Vasca.

Desde que me fui de España nos hablábamos o nos escribíamos con cierta regularidad y, al menos una vez al año, volvíamos a encontrarnos. Entre octubre de 1995 y septiembre de 1996 hice un involuntario alto en mis trabajos de corresponsal en el extranjero y volví a Madrid a tareas directivas en TVE, lo que me permitió estar más al tanto de sus tareas literarias.

Creo que fue por entonces cuando me dio una copia de su novela (publicada después de su muerte) Historia del justiciero que le decían Cristo. De lo que sí estoy seguro es de que en ese tiempo estaba preparando El atentado hueco, novela todavía inédita, porque me pidió que le localizara en el archivo de TVE una lista de tomas que le interesaban. Conseguí varias de esas filmaciones antiguas y una tarde las estuvo visionando en Torrespaña para tomar notas. Me comentó que las necesitaba para un relato que tenía en mente o que ya había empezado a escribir. No hablamos del título, pero por Soledad supe luego de cuál se trataba.

Yo creo que Miguel Ángel Molinero era muy ambicioso en lo que se refiere a su obra literaria. Y cuanto más iba pasando el tiempo, y la vida iba dejando su inevitable reguero de sinsabores, su ambición fue tomando más cuerpo. 1988 es un año clave, porque se publica, a través de la mano amiga y experta de Marcos Ricardo Barnatán, Tinieblas Exteriores, su segundo libro de poemas, y en mi opinión, el mejor de Miguel Ángel Molinero.

El primer título del libro era el de uno de sus poemas, Espejo en el agua, y con ese título ganó el segundo premio César, concedido por la editorial Olcades en homenaje a César González Ruano. Lo cambió después porque Espejo en el agua era un título ya utilizado por Vicente Huidobro.

El definitivo no debió convencer mucho a Molinero. En la dedicatoria del ejemplar que me regaló se puede leer “… estos poemas, no tan tenebrosos como anuncia el título. Son destilación de una experiencia y una edad, que avanzan a velocidad vertiginosa, y no siempre en la misma dirección”.

Sin embargo, aparte de la bondad o no del título, Tinieblas Exteriores es la confirmación de la excelencia poética de Miguel Ángel Molinero, el libro en el que su peculiar estilo está ya perfectamente conformado, en el que destila un talento creativo lleno de registros, bajo los que hay un enorme sustrato cultural y una extraordinaria capacidad reflexiva y evocadora, que se plasma en una serie de poemas armónicamente unidos por una forma de poetizar muy depurada.

Dividido en cinco partes el libro forma un todo muy bien ensamblado. Se abre con una afirmación que invita al descubrimiento:

La devastadora fuerza de vivir

y su oculto sentido.

Nadie conoce otra medida.

 

Su imperio encierra

toda imaginable vileza.

Y el esplendor que apagadamente canto

Y termina con otra afirmación maravillosa que lo culmina:

Con indecible intensidad

que sólo justifica la pasión,

la vida es una luz

que no se alcanza

En la obra de Miguel Ángel las aseveraciones son muy características. El mismo carácter rotundo con el que a veces se expresaba, cobra en sus versos la fuerza de un estilo poderoso, como en los primeros versos de la soberbia evocación de Volver a Málaga:

No hay más sabiduría que volver,

no hay más conocimiento.

Al siempre amado territorio

donde la vida cumple veinte años.

 

O en la segunda estrofa de Silencioso océano nevado:

Cumplidamente acepto

la dura ley de lo que existe.

Nunca sorprende el dolor

a la mano piadosa.

El conjunto del libro es de una calidad altísima, y una buena parte de los poemas son dignos de incluirse en cualquier antología de la mejor poesía española contemporánea.

El segundo poema, “Lucrecio”, es una espléndida evocación del autor de De rerum natura, una de las obras predilectas de Miguel Ángel. Esa cualidad de poema “redondo” que, como en “Lucrecio”, atrapa irremediablemente desde el primero al último verso, está presente, a mi parecer, en poemas como los ya citados “Silencioso océano nevado”, con su hermoso aire de confesión íntima, y “Volver a Málaga”, pero también en “Cuerpo vivo”, poema de carácter erótico especialmente logrado; en “El general viaja”, un fenomenal relato sobre la soledad y el fracaso; en “La conversión”, otro relato, pero en este caso con sabor a testimonio generacional; en “Incendio en la quimera” y en “Ciudad de la discordia”, alegóricos de las tinieblas exteriores que nos envuelven y que ahogan nuestro inhóspito mundo, una en pasado y otra en presente, una en la soledad de un bosque nórdico y otra en la neurosis y la sordidez de una metrópolis en la que se suceden citas irónicas del modernismo (y sus secuelas).

El poema final, “Maestro del espíritu”, es un digno colofón a esta sucesión de grandes poemas. Es una pieza estupendamente concebida y elaborada, que sirve como reflexión final y conclusiva del libro y de lo que anunciaba en sus versos iniciales. Utilizando hábilmente la figura del “Maestro” el autor no se engaña ni oculta la desolación y el pesimismo, pero no cede ni ante la oscuridad ni ante el esfuerzo. Simplemente, la vida es una luz que no se alcanza.

“Maestro del espíritu” podría emparejarse perfectamente con “Fin del tiempo”, el último poema de El sentido de la experiencia (el tercer poemario de Molinero) que tiene también ese carácter de gran reflexión final. La premonición casi nihilista del último verso (“El fin del tiempo viene hacia nosotros”) viene precedida, sin embargo, por una afirmación que tampoco cede a la oscuridad y que expresa en un verso magnífico: “Sólo la libertad es la cifra en mutación del universo”.

De la misma forma podría emparejarse “La conversión” con “Desdichadas trazas de vagar” un poema de su primer libro (Venir de lejos) del que Miguel Ángel se sentía particularmente orgulloso, y con razón, porque se trata de uno de sus mejores poemas. Está dedicado a Luis Cernuda, poeta especialmente admirado por Molinero, lo que muestra que no tenía dudas de las bondades de este poema, que comienza espléndidamente:

Son años de mirar distraídamente al cielo, como a un destino ajeno.

Cierro los ojos y puedo escuchar aún a Mi-guel Ángel recordando ese comienzo, que le gustaba mucho y que sitúa magníficamente el tono generacional que tiene el poema.

“La conversión” la veo como una continuación natural, en el tiempo, de “Desdichadas trazas de vagar”. Desde luego, no era esa la intención del autor porque cuando se lo co- menté me dijo que no se había fijado en ello, aunque admitió de buen grado mi observación.

Estos y otros aspectos de la obra de Molinero nos revelan lo que se hace evidente al leer sus libros: la continuidad y firmeza de sus motivaciones y de su estilo, que va evolucionando, que se va depurando, pero que mantiene unas armonías interiores y unas características marcadas, con una gran coherencia de toda su obra, como señala Rosa Pereda en su sabio prólogo a la cuidada edición de El sentido de la experiencia, llevada a cabo en 2009 por Manca Editorial.

Este último poemario es el que, junto a su novela Historia del justiciero que le decían Cristo, no deja dudas de la gran ambición literaria de Molinero, a la que hacía alusión más arriba.

El sentido de la experiencia es un libro excepcional, en el genuino sentido del vocablo. Yo no conozco en la poesía en castellano nada parecido. No digo mejor, digo diferente. Un libro desmesurado que sorprende por su originalidad, por su afán de exprimir sin límites un estilo de escribir, de ir más allá en la expresión poética, en la evolución formal y del pensamiento, con una textura muy densa y muy libre. Ambición literaria en su mejor expresión.

En realidad, El sentido de la experiencia son varios libros en uno. Y no solamente por la inhabitual extensión del libro y de algunos de sus poemas (el que da título al libro tiene, solo él, unos 350 versos).

Las cuatro partes en que Molinero dividió este desaforado poemario, tienen elementos diferenciadores, y quizá por ello, el autor pone títulos a cada una de las partes (el único poemario en que lo hace). La primera, “Visiones de la destrucción”, con sus alucinantes miradas al mundo exterior, se distingue bien del lirismo y el regreso a la intimidad de los tres poemas que forman la segunda parte (“De entraña”) en el que bucea en el amor a la pareja, en el amor a la madre y en el amor a la tierra natal.

De estos último me gusta especialmente “Averiguación de la tierra natal”, un largo poema en el que vuelve su mirada al pasado para verse a sí mismo y desbrozar la tierra de sus orígenes burgaleses, y lo hace con un len- guaje rico y deslumbrante, como si quisiera homenajear al propio idioma, nacido en ese mismo entorno físico. Porque Molinero tenía un alma de sobria dignidad profundamente castellana (alejada de cualquier folklorismo) que se unía con una sensibilidad intensa, sin aspavientos, que se desborda al llegar, adolescente, a Málaga y se funde en una atmósfera andaluza de amistad, literatura, amor; de luz y pasión por vivir.

Sus motivaciones poéticas son ya muy visibles en Venir de lejos, cuyo título es también el del cautivador poema que abre el libro. El que le sigue, “Plaza de San Pablo” es precioso y está dedicado a Jorge Guillén, otro castellano enamorado de Málaga, y junto al que reposa Miguel Ángel para siempre, en el Cementerio Inglés de esa ciudad.

Venir de Lejos es un libro de juventud, de tránsito y de amor, en el que Molinero muestra con determinación su capacidad para crear un universo literario propio, en el que exhibe un estilo fuerte y ambicioso, en el que se mezcla, cautivadoramente, lirismo y elegía.

Tinieblas Exteriores responde a la época de la joven madurez del poeta, en la plenitud lozana de su existencia y El sentido de la experiencia, escrito muy probablemente en los últimos diez años de su vida, es el testimonio de su madurez total, de su ambición poética, de su libertad como individuo.

La publicación conjunta en 2012 de sus tres poemarios, por parte del “Centro Cultural Gene- ración del 27” de Málaga, lo considero, no solo un gran acierto editorial, sino también un acto de justicia con uno de los poetas a los que solo el tiempo irá concediendo la importancia que merece.

La obra de Miguel Ángel Molinero está plagada de poemas mayúsculos, teñidos de una gran carga filosófica, impulsada por la mágica pulsión de las palabras y por la reflexión sobre la fugacidad de la vida, sobre el tiempo como la substancia de la que estamos hechos, en palabras de Borges, uno de sus grandes referentes literarios.

Pero su ambición no se quedó en los límites de la poesía y quiso ampliar sus dominios como escritor con su Historia del justiciero que le decían Cristo que terminó de escribir en septiembre de 1995, y que publicó Trama Editorial en 2008. Con un comienzo deslumbrante, la novela es un ejercicio literario de primer orden; nada que ver con tantas farfollas que inundan las librerías.

Es literatura poderosa, fabulada en el escenario fascinante y terrible de la Baixada Fluminense, y que da pie a un retrato de grandes dimensiones de Río de Janeiro, construido a base de entramados narrativos complementarios, en los que las escenas y los personajes están esculpidos por un lenguaje que es el propio sostén de la novela.

La construcción, el fraseo, el ritmo narrativo van cambiando con las diversas voces sobre las que se articula la historia, de tal forma que el lenguaje, trabajado con la minuciosidad del orfebre, se constituye en el armazón esencial del relato. Un reto de gran magnitud, que Molinero aborda con decisión, logrando una obra extraordinaria, que es, a la vez, una mirada muy personal sobre nuestra época y sobre la condición humana, y que la engarza, así, con el universo poético del autor.

Poeta formidable, hombre de cultura enciclopédica, con una afilada capacidad dialéctica, Miguel Ángel Molinero era una persona con valores y principios arraigados a los que profesaba la misma lealtad que a sus amigos. Grande de cuerpo y de alma. Lúcido y cabal. Su memoria está viva en los que le quisimos porque sus libros reflejan primorosamente su fuerte personalidad, su espíritu libre y cultivado, su elegancia interior.

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