Última lluvia. Rafael Muñoz Zayas

La ceguera
(el amor es lluvia de uranio)
Te digo que fue el amor
eso que ves tras la ventana
tras las ventanas de madera envejecida
y cortinas de madejas deshechas
y restos de miradas
impresos como huellas
sobre los cristales sucios
eso
sólo ese rastro
nada más
:
eso fue el amor
antes
—tú sabes bien del tiempo al que te llevo—
cuando era la estación de la caléndula en los campos abiertos
y el mundo sobre nosotros caía como una lluvia vibrante
y el vuelo nocturno de la lechuza
blanca sobre el cielo negro de agosto
llenaba el cielo
y no sabíamos
si era una visión robada
a los ojos de un amigo
o un augurio con su fortaleza indecisa
que no sabe predecirnos el signo de aquello
que ha de venir
eso
sólo ese indicio
nada más
así comenzó el temor
ahora tú me miras en silencio
pues sabes que en ese pasado
sólo queda lugar para el asombro
y te puedo hablar de ella
como sólo un astrónomo sabe hablar
de un púlsar que de repente
queda en silencio
o con la misma intensidad
que entona un miserere
por supernovas o enanas rojas
que discretas encienden el firmamento
e inoportunas
lo apagan
al consumirse
así fue su poder sobre mi reino
que ardido tras su paso
quedó convertido
en cenizas
apenas unas pavesas se almacenan
en el mismo lugar y con el mismo cuidado
donde los primeros fuegos yacen prohibidos
aunque en realidad
ya de nada sirve engañarse
:
no queda nada que se pueda conservar
en el museo vacío del otro tiempo
pero la mía fue una larga
una lenta letanía
mas para cualquiera
que alcanza y se aleja
del sueño de la gravedad cero
y de la pasión del submarinista
por los tesoros ocultos
tiene derecho
a perder
aunque sea un poco
la razón
en mi caso fue como si Arquímedes descubriera
la aleatoriedad de su principio
como si en la ecuación de Langevin
surgiera el resorte bajo el cual
el mundo jugase a abrasarnos
como si no hallásemos consuelo
en la dispersión de la luz solar
bajo las gotas de lluvia
algo que vulgarmente
llamaríamos
arco iris
pero así fue
y que nadie discuta
que fui el primero en advertir
esos sutiles primeros síntomas
que nos avisan del próximo deshielo
de la caída de la densa venda
con la que cubrimos nuestros ojos
mientras suena
la música celestial
de sus palabras
de repente
se asoma el miedo
se advierte un tono de voz más agudo
la asimetría del rostro hasta entonces inadvertida
adquiere en el rostro del ser amado
los trazos de un cuadro de Munch
y el habla inteligente y sutil
la grácil forma de mover
las manos al hablar
y los sueños compartidos
se volvieron graznido hiriente
maniobra de espantapájaros
pesadilla recurrente
lo extraño es saber
que esos de antes fuéramos
el amor uno de otro
que llegásemos a creer realmente
en algún instante
que habría mañana
que ahora no sepamos muy bien
qué queda de nosotros
pertenece al ámbito mismo
de la misma ceguera

 

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