¿Sí se puede? Javier La Beira

El escritor sin historias
Alberto González
etclibros

Irrebatible es (la erudición no engaña) que, por la cuenta que trae, se puede y hasta se debe aprender a escribir llanamente, con renglones derechos. Ítem más, ¿es posible enseñar a escribir literariamente? O, formulado desde la otra orilla, ¿le trae cuenta a un aspirante a escritor inscribirse en un taller literario?

Cuestión palpitante, quizás, pero no nueva, pues los talleres de escritura literaria, creación literaria o escritura creativa, que con todos estos sintagmas y otros más pomposos se denominan, nacieron, al decir de Manuel Vilas, allá por 1936, en las aulas de la Universidad de Iowa [ABCD las artes y las letras, 7 de noviembre de 2014].

Según el propio Vilas, Iowa, aún hoy, es “una Salamanca cuyo pilar intelectual más sólido es la literatura. Los estudios de escritura creativa aquí tienen rango de estudios universitarios reglados”, habiendo ejercido la docencia en “esa escurridiza disciplina […] nombres legendarios de las letras estadounidenses como Flannery O’Connor, Robert Lowell, Raymond Carver, John Cheever, Kurt Vonnegut o Philip Roth y también nombres de las letras en español como José Donoso u Óscar Hahn”. Ha de reconocerse que, al margen de la efectividad del producto, la nómina de docentes no es desdeñable.

Ávido yo siempre de ampliar conocimientos, y puesto a indagar sobre una actividad (llamarla disciplina me parece excesivo), en efecto, escurridiza, me ha dado por brujulear en un terreno afín en su materia, el de la Red. Allí, la web Escritores.org, que por el nombre parece una asociación (o confluencia no organizativa) de escritores, informa de que “el primer taller que se constituyó como tal fue Oulipo […], fundado a comienzos de 1960 en París por los escritores Raymond Queneau, autor del famoso libro Ejercicios de estilo, que ha sido la base para todos los talleres posteriores […]. Julio Cortázar o Italo Calvino fueron algunos de sus miembros insignes […]. En los años setenta los talleres literarios afloraron especialmente en Argentina, a partir de la idea de un grupo de alumnos de la cátedra Literatura Iberoamericana (Facultad de Filosofía y Letras-UBA) que dictaba el Prof. [sic] Noé Jitrik. Experiencia que dio origen a los talleres de escritura que trabajaban a partir de consignas, no fue hasta la década de los ochenta que empezaron a ser comunes en España”.

Comunes, más o menos, puede que sean ya en España, pero su efectividad no deja de suscitar reticencias. Las mías, aunque lo son de oídas y de leídas, no tengo reparos en confesarlas aquí: intuyo que existe un considerable trecho entre lo que los talleres literarios venden ser y lo que creo que son (Dios me perdone): una merienda de negros. Subrayo que lo intuyo, porque no he acudido a ninguno (¿se nota?), y eso que algunos cuentan en su nómina docente con literatos acreditados. En dichos casos, no obstante, por sus obras los conocemos, no por su capacidad a la hora de transmitir esa destreza. Huelga plasmar lo que opino de aquellos talleres que son impartidos (gran acierto este verbo: parten, imparten y se llevan las mejores partes) por escritores de quienes no se sostienen, ni sobre el papel ni en pantalla, un verso o un párrafo.

Tampoco el sujeto narrativo de El escritor sin historias manifiesta demasiada fe en el taller literario al que acudió durante “cuatro intensos y fructíferos cursos […] como alumno muy aventajado” [p. 10], al parecer contrario del maestro (¿imaginario o real?) que los impartió. El narrador, sin embargo, lo califica de “taller de escritura clónica”, que ofrece “palabras como tintes y frases en sus estantes” [p. 28], cuya asistencia le supone “un acto de contrición y no de reafirmación” [p. 51], un lugar donde la “audiencia va a lo que va. Lo único que busca es que el escritor desconocido le proporcione una serie de recetas de cocina sobre cómo escribir con el mínimo esfuerzo y en rápidos plazos para labrarse un porvenir de escritores famosos” [p. 65].

Pese a lo anterior, aquel taller de creación literaria, como la vaca lechera de marras, no fue un taller cualquiera: dio tanta leche literaturizada al sujeto narrativo que de su ubre manó, siquiera por reacción, el libro El escritor sin historias. Pintoresca, en verdad lo digo, la relación causa-efecto que tuvo lugar: “El aula del escritor desconocido —se lee en el primer relato (o capítulo)— y su jauría de lobos idénticos operan en mí como un bisturí que me abre en cesárea para que salga el llanto inconfundible de mi voz” [p. 28]. Sin fe aparente en él, el taller movió la montaña de una obra narrativa hasta el lugar de su escritura y publicación.

Al cabo, Alberto González ha encontrado en la figura discutida del taller literario la excusa o pretexto (denominado en ocasiones, metafóricamente, leitmotiv) para enhebrar las narraciones de El escritor sin historias, un libro provisto de cita literaria con anagnórisis, prólogo juguetón al cervantino modo y doce textos genéricamente ambiguos, pues se trata de relatos que acaban conformando una novela, o de una novela en relatos que son sus capítulos. En definitiva, lo único seguro es que aquí hay mucho juego encerrado (literario, por supuesto).

Tras una cita de T. S. Eliot (“En mi fin está mi principio”), cuyo sentido certero se desvelará en las últimas páginas, el lector avista un “Prólogo”, que constituye toda una declaración de intenciones.

Sin embargo, antes de glosar las intenciones, veo obligado plantear una pregunta capital que me asalta: ¿quién es el autor del prólogo? Dicho de otro modo, ¿existe en realidad el recurrente, a partir de entonces, “escritor desconocido”? ¿O se trata de un falso prólogo? Amén de otras consideraciones, la similitud de estilo y hasta del (mejorable) modo de puntuación con el resto del libro (el uso de las comas deja mucho que desear si nos ponemos ortográficamente estupendos), hacen sospechosa su existencia.

En principio, “el escritor desconocido” existe en la ficción, que es lo que nos debe importar. No llega a ser, pienso, lo que se entiende como un alter ego —salvo, tal vez, en el prólogo—, sino, si acaso, un antagonista del yo narrador.

(Paréntesis no breve: dado que huyo de la pedantería como del aburrimiento, hago gracia al lector de inmiscuirnos aquí en la “visión carnavalesca del mundo” que analiza Mijaíl Bajtin, trufada al dente con la “técnica de la inversión” a la que aludió Vladimir Propp, pero puede que tuviera su atractivo crítico, de existir la crítica atractiva, ese sendero.)

En síntesis, creo que se trata de un juego especular: el “escritor desconocido” es un personaje que se hace persona fuera del texto, a ojos del lector, porque la norma y la tradición apuntan a que el prólogo de un libro lo escribe una persona real, distinta a la persona real que es el autor.

Toda vez que el adjetivo borgiano está manoseadillo, viene bien recordar que antes de Borges ya había vida literaria, y así tachar de cervantino el juego o recurso de Alberto González, recurso o juego que surge en las páginas de El Quijote, al igual que cervantina es la metaliteratura (¡qué no habrá inventado don Miguel de Cervantes si hasta inventó un Francisco Rico!), a la que pronto volveremos. Dudo si se llama también metaficción.

Lo haya escrito en el plano real el mismo autor, o bien otra criatura humana (valga el semipleonasmo), el prólogo ofrece un sinfín de pistas. Más que pistas, se trata de rasgos concretos de lo que viene después, una caracterización detallada del libro, pues este prefacio no se caracteriza por su extensión, pero sí por su intensidad. Veámoslo.

En primer término, el prologuista se afana en establecer que nos hallamos, “sin lugar a dudas”, ante una novela “de principio a fin”, no una colección de relatos. Obra, por tanto, de ficción, lleno de “desparpajo, a la hora de mentir y fabular”, “llena de historias” y de personajes recurrentes, cuya clave estructural radica en su “unidad en la dispersión” y su “dispersión férreamente estructurada” [p. 9], al servicio de una acción central y ficticia, consistente en la relación amor-odio entre el autor y su maestro, desarrollada en espacio y tiempo reales.

No faltan tampoco en el prólogo la valoración positiva de la novela, a la que se califica de “divertida, irónica, mordaz”, ponderándose asimismo la “capacidad creativa” y el “uso de las diferentes técnicas narrativas” [p. 10] que lleva a cabo su autor, un “escritor totalitario” [p. 11], metaliterario y mezclador de todo lo que pilla.

Finalmente, se marca un objetivo esencial: “sacar una sonrisa al lector” [p. 11].

No serán estas, ni mucho menos, las únicas formulaciones programáticas sobre la concepción del hecho literario que encuentre el lector de este libro, pues verá plasmadas otras muchas, ya insertas en los relatos. Quizás para compensar el que se considere a sí mismo un escritor sin historias en la práctica, el narrador abunda en consideraciones teóricas.

Partiendo de que la realidad es “una pasta moldeable”, “magmática”, que “lo acepta todo y a todo se adapta”, el sujeto narrativo deduce que “todo me lo permite la novela moderna” [p. 66]. Sin embargo, voluntariamente excluye de este todo los productos fantasiosos de su imaginación [pp. 107 y ss.], aproximándose a la realidad “de una manera muy evanescente” [p. 149].

El método de escritura consiste, en un principio, en “juntar palabras” [p. 85], poniendo en marcha una narración sin saber de antemano por dónde discurrirá y si, al cabo, conformará una historia. En definitiva, como declara el protagonista en el penúltimo relato, “Yo quiero escribir en largo, inventar historias que aparentemente hablen de mí pero sin ser yo, con personajes como el escritor desconocido y la cajera de supermercado que me sirvan para que pueda irme por los cerros de Úbeda cuando se me antoje, haciendo todas las digresiones que me dé la gana sin someterme a ninguna regla” [p. 195].

Escritura en absoluta libertad, aparentemente, e improvisada hasta cierto punto, el punto cierto de haberle concebido a esta obra una estructura muy precisa: “contar una serie de historias unidas por sutiles lazos que yo, escritor omnisciente, anudaría como un demiurgo” [p. 25]. Así pues, en el libro “hay unos personajes, cada uno en su universo, y unos acontecimientos que hacen que esos universos, tan distintos y lejanos, confluyan” [pp. 85-86].

Estos personajes y acontecimientos vertebran, es bien cierto, los doce capítulos (o relatos) de El escritor sin historias, desde el primero, que no solo da título al volumen, sino que cumple implícitamente una función prologal, hasta “Una experiencia extrasensorial”, sátira de las apariciones milagreras y, en general, de ese tipo de experiencias, que además echa un cierre al libro muy coherente, bosquejado en la cita de Eliot: la metaliteratura como eje o, al menos, punto de apoyo.

Una serie de rasgos comunes a la docena de textos apuntala la sensación de voluntad de estilo, siendo el tono humorístico-crítico su elemento más elocuente. En un momento dado, el narrador se desnuda al calificarse de “amante de lo irónico y lo sarcástico” [p. 139], y por ahí van los tiros (y los tiritos).

Mediante el empleo constante de una imaginería que oscila entre lo original y lo ingenioso, las comparaciones ocurrentes, el uso (y a veces abuso) del epíteto tópico y hasta la ironía sobre actitudes del propio narrador [p. 157], Alberto González lanza dardos satíricos o humorísticos contra esto y aquello, recurrentemente contra la impostura de lo moderno, singularizado en los artistas conceptuales [p. 101], el mamoneo hipócrita del “mundillo artístico” [pp. 77-78], la embriaguez colectiva que se apoderó de los habitantes de este país en los recientes “tiempos felices del ladrillo y el frenesí” [p. 215], la “gente alternativa” [p. 208], la “progresía intelectual” [p. 210], el prototipo de la Maruja fina [p. 151], ¡su propio estilo! [pp. 165-166], llegando a perpetrar delitos de lesa incorrección política cuando la emprende contra los perros [p. 161] o se chotea de los argentinos [p. 167].

Lógicamente, el resultado es desigual. “Encuentro fortuito y feliz del Porquero con otro porquero”, pese a sus gotas de originalidad, y “Santo, santo, santo”, cuyo humor se me antoja tan sutil que, lo confieso, no lo capto, son los textos de mi menor devoción.

La escala media la ocupan “El frigorífico alemán”, que sorprende con un final simpático, “Mi amigo magmático”, aun siendo su protagonista uno de los personajes más logrados, y “Vacaciones en el mar”.

“El sol y la luna en Teotihuacán” puede representar el relato-tipo, con narración de dos versiones de una misma historia, dos historias de vaticinios, abundancia de juego literario y dosis de crítica social salpimentada de humor.

Al margen de sus desenlaces, carentes ambos de clímax literario alguno, deseo destacar “Si yo fuera rico”, por ser el que más carcajadas me ha provocado, y “Celentano y la inmobiliaria de los italianos de ojos claros”, por su notable desarrollo de la acción.

Por último –que son los primeros, siempre a mi parecer, en el empíreo de la calidad–, “El supermercado de abajo” y “El escritor desconocido, mi hija mediana y yo” sobresalen del conjunto por ser dos narraciones interesantes, representativas de la mejor versión del estilo de su autor y con acertados finales.

Es el momento de la recapitulación.

Este libro surge, según testimonio propio, cuando su autor, impotente ya a la hora de leer novelas, se pone “del otro lado” y experimenta una suerte de revelación: “adquirí una potencia inusitada –afirma– cuando me puse a escribirlas. Ahora sí que podía ser el protagonista absoluto, el supremo hacedor de historias que, al surgir como hongos, se hacían imprevisibles y sorprendentes para mí, que las escribo, cuanto más para ti, querido lector, amantísima lectora, que en tus manos tienes la posibilidad de gozar de El escritor sin historias, una novela llena de historias entrelazadas por un sutil hilo narrativo que os deparará un final inesperado”

Sin ánimo de llevar gratuitamente la contraria, disiento como lector de semejante caracterización, ya que considero, aun teniendo en cuenta la permeabilidad de los géneros literarios en la actualidad, que El escritor sin historias es un libro de relatos (no una novela), entrelazados (más o menos) sutilmente, que nos depara un final lógico, coherente.

Tal coherencia, por cierto, es uno de sus aciertos, junto con la agilidad del estilo, la consecuente amenidad y, en lo más alto del podio de los méritos, el humor. Si mis sospechas fueran ciertas, y el “escritor desconocido” que firma el prólogo se revelase como un alter ego del autor, habría que felicitar a Alberto González por haber alcanzado sobradamente su objetivo esencial: “sacar una sonrisa al lector” [p. 11].

De justicia es, creo, que figure en el colofón de esta reseña la felicitación a El toro celeste por su salida al ruedo editorial en papel (alegoría facilona donde las haya, soy consciente de ello, tal vez porque este reseñista nunca acudió a un taller literario de postín).

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