Ser sin sitio: poemario táctil de Álvaro García

Raquel Irisarri Durán

Álvaro  García  condensa con acierto el contenido de corte cinemático de su nuevo poemario publicado, Ser sin sitio. Como señala el propio Álvaro García en una entrevista concedida a Luis Serrano, tras el tríptico formado por Caída (2002), El río de agua (2005) y Canción en blanco (2012) “Ser sin sitio respira la aventura como de sonámbulo que supuso el ciclo anterior y a su modo convive con ella”.

Este título nos muestra uno de los temas predilectos del autor: el peregrinaje como elemento sine qua non para distraer al tiempo y para situarse como protagonista de mil vidas y situaciones, al tiempo que casa con una las características más definitorias y proteicas de su estilo: la pluralidad integradora. Pero Ser sin sitio es mucho más. Walter Benjamin escribe acerca de los instrumentos que se necesitan para elaborar una buena prosa, pero al mismo tiempo, estos mismos instrumentos son los necesarios para escribir buena poesía; Benjamin dice: es preciso subir tres escalones: el musical, en el que hay que componerla, el arquitectónico, en el que hay que construirla, y por fin, el textil, en el que hay que tejerla. Y Ser sin sitio sube bien estos escalones.

Contenido y forma se abrazan con intensidad a ritmo de endecasílabos desde el primer poema, que da título a este poemario:

“Sol de óxido y de cal de la azotea,
triángulo de mar, jardín con tumbas.
Están cerca los vivos y los muertos
y al fondo de mi tiempo el desajuste
de vivir obligado o decidido
al espíritu amplio de la nada”.

En  Álvaro todo suma, dando cuenta de lo que hay sensu stricto y nos seduce hábilmente con todo aquello que tenemos en perspectiva. -Este comienzo conecta con mi poema preferido de Álvaro García.

La construcción a base de sustantivos concretos “óxido, cal, azotea” que madura en imágenes como “sol de óxido” o “triángulo de mar” le basta para conectar con lo trascendente, pues el triángulo, para la tradición, es la figura clave de la geometría porque alude a una raíz propia, capaz de generar figuras infinitas, ya que todas las figuras geométricas regulares pueden descomponerse en triángulos rectángulos, al igual que la poesía de Álvaro, cuyos versos estan compuestos con la exactitud de la Matemática clásica como soporte de un significado proteico. Además, esta figura simboliza el azar, el cosmos y el hombre, tríada que sin duda compone el sustrato de la poesía de Álvaro García.
El reloj, que siempre ha sido un elemento ensombrecedor en la medida que nos apremia y nos avisa del fin, en Álvaro García cobra un nuevo valor, puesto que juega con él, ordenándolo y contraponiéndolo a su conveniencia:

“Hacer del tiempo un sitio abriendo el tiempo
igual que condenados bajo el peso del mundo
a no ser casi más o más que a ser,
intermitencia de una existencia”,

quizá en un intento, como dice uno de los versos, de apurar la propia identidad. Este poema supone, en definitiva, una reflexión personal sobre cómo afecta el tiempo a la propia existencia:

“estar en la parada unos minutos,
estar bajo la lápida los siglos».
No obstante, pronto engarza con el hic et nunc de algo que se ve y se toca:
“de la inactividad de luz tendida
de la cuerda tirante de tu ropa y la mía”.

Para convertir la ropa en “la bandera de un viaje”, en aras de la pluralidad integradora, se desata de arcaicas concepciones del tiempo para acomodar los tiempos a su persona, cosa que puede hacer al ser creador y ejecutor de su propio poema.

La pluralidad que suma y que nos permite vivir mil vidas en los poemas de Álvaro García se hace palpable en un juego constante, que florece a lo largo de todo este poemario, y también en Canción en blanco, mediante un juego de afirmación y negación característico suyo y que, a su vez, comparte con Carlos Marzal en Metales pesados. Así,

“ahora que el presente
desajusta del todo el desajuste”

o

“como si fueran la sutura última
de estar y de no estar”.

En este sentido escribe Rogelio Blanco Martínez en La ciudad ausente. (Akal. Madrid. 1999):

«La ciudad utópica es el resultado de la permanente tensión del ser humano por deshacerse de las cadenas que lo oprimen, de superar los límites impuestos por su condición y por los anhelos desorbitados de muchos de sus semejantes. El hombre es un ser que sueña la razón y que razona los sueños. Desde la ensoñación el hombre ha ideado dimensiones anhelantes como la Arcadia o Jauja donde persigue instalar modelos sociales felices.

«Este sentimiento utópico o búsqueda irracional de lo imposible ha estado siempre presente en la ciudad ausente, pensando en América o Europa, en el Nuevo o Viejo continente. El hombre persigue la polis utópica sin utopía».

Pero lo que convierte a Álvaro en un poeta sugerente y del que siempre uno quiere leer algo más, es que da la vuelta al sentido de búsqueda irracional de lo imposible, lo atrapa, lo sesga, lo vive y lo escribe transmitiendo la vivencia en unos metros que suenan sin voces que lo lean, y de la manera más natural posible porque siempre estuvieron en lo concreto.

En esta mísma línea María Zambrano dice que lo relevante no es el aspecto meramente urbanístico, sino el hombre-persona, el ser diseccionado que se enfrenta a “lo existente” pero sueña el mundo de “lo otro”. Para este viaje necesita libertad e interpretar en el escenario de su teatro vital su personaje, su ser. Y es, a mi juicio, lo que Álvaro García hace en cada uno de sus poemas.

La mujer cobra un papel esencial en este poemario, es una esposa sabrosa como la fruta pero prohibida al mismo tiempo, puesto que uno no puede comérsela inmediatamente como nos apremiaría nuestro instinto; muy al contrario se convierte en un hecho tan absurdo y carente de sentido como guardar la fruta que compramos en la oscuridad de un maletero cuyo destino próximo son los golpes del camino.

La segunda parte del libro, «El sitio sin lugar», contiene diecisiete sonetos con cuyos títulos  podemos ver una panorámica propia de un autor vivo que trasciende con miedos y angustias pero ha aprendido a amar lo concreto, así el poema “Dientes”. Poema lleno de sensualidad donde los amantes buscan el placer mediante un elemento, quiza no novedoso pero sí sorprendente, “los dientes” en la línea de lo que se conoce como sexo experimental.

Esta sensualidad que se recrea en el tiempo se enriquece con “Acero”, donde la sexualidad de los amantes se entrega a la pasión en la ciudad, en un ascensor.

En ambos poemas, el elemento motor de placer es el mismo: “el dedo”.

El poema matriz de este este poemario es a mi juicio el soneto “Tiempo”, porque contiene la clave de la temática de Álvaro García. Es el desafío contra tiempo, es la apetencia y la necesidad de vivir fuerte, de sentirlo todo, de verse a sí mismo en todas las perspectivas, pero siempre de un modo elegante conteniendo el verso en una música que hipnotiza, excita y relaja.

De una pugna tan ambiciosa y contra semejante enemigo no siempre resulta fácil salir elegantemente victorioso, aunque se expone una vía como modus vivendi y/o modus operandi: así el verso “al escribir y amar somos inmunes”.

En esta misma línea, comenta la también premio Loewe Cristina Peri Rossi en una entrevista publicada en su página web:

«En la poesía está suspendido el tiempo y el espacio —las dos coordenadas habituales—, estamos en un espacio de nadie, y en ningún tiempo —en la eternidad, o como se le quiera llamar—. Se parece a la religión, sin tiempo ni espacio.

Ahí las palabras recuperan todo su vigor y toda su fuerza. Además, una palabra al lado de otra puede ganar o puede perder; se contaminan, entran en relación entre sí, y eso es un juego.»
Otro soneto que despega de la cotidianeidad para trascender es “Espejo”. ¿Quién no se ha mirado alguna vez en el espejo sin encontrarse? Se trata de una reflexión dolorosa propia del peregrino que vuelve de un periplo desafortunado al que se dirige en el último terceto:

“Sólo tú, así, apareces reflejada
y, al retirar mi vida de la vida,
te veo como una isla entre la muerte.”

“Sueño” es un poema atemporal. Me gusta la progresión temática en los cuartetos, donde se presenta a los amantes cuya historia nace, se desarrolla y acaba en una noche, y lo mejor es que no supura la ausencia la mañana siguiente.

Las tres negaciones, al final, ponen el contrapunto y le aportan fuerza y deseo al poema:

“…No se para a ponerle un nombre a nada,
no pretende siquiera que haya algo;
[…] y no es necesidad, y no es azar”.

También los dos versos reivindicativos finales, que exhortan un final abierto:

“si estar de acuerdo con el mundo es triste,
amémonos de un modo que no existe.”

La tercera parte de este poemario esta constituida por una oda más que elegía a la escritora norteamericana Jane Bowles, que vivió sus últimos años en un hospital psiquiátrico de Málaga. Y como los políticos hacen siempre en una ciudad como la nuestra, fue enterrada en una parcela sin lápida en el cementerio de San Miguel en una zona pobre, hasta que una estudiante, Alia Luque, ante el anuncio de clausura del cementerio en 1987, solicitó pagar el traslado para llevarse la tumba a la ciudad donde ella residía, Marbella.

Tras años de diálogo entre el Ayuntamiento y Alia Luque a la cabeza con el apoyo incondicional de personalidades de gran peso dentro del ámbito cultural malagueño, Alia Luque consiguió para Jane Bowles una lápida dentro del área rehabilitada del cementerio de San Miguel.

Ya en abril de 2010 un medio centenar de personas participaron en una lectura poética junto a la tumba, entre quienes se encontraban María Victoria Atencia o el propio Álvaro García, dentro de un amplio conjunto de actividades, en un ciclo que les rindió tributo: El mundo de los Bowles, cuyo recuerdo me sobreviene cuando me tomo una media en La Aduana.

Así se titula esta tercera parte: «Ante la tumba de Jane Bowles». Esta elegía convierte a Jane Bowles en una mujer cercana y querida. Álvaro García dice:

“Jane Bowles que era un ser vivo de sus páginas
o que era un personaje de su vida”.

La crítica coincide en destacar la enfermiza inseguridad de esta autora que le impidió brillar en el panorama literario.

Álvaro García, con la elegancia y la propiedad que lo caracterizan, dice:

“Jane de la tachadura
que luego reescribía palabra por palabra.”

Y, esclarecedoramente, dice más abajo:

“…de un cuerpo que descansa de la huida
y ya no tiene miedo y nada tiene,
convertida Jane Bowles en sus palabras”.

Al final, su miedo y su angustia sólo la dañaron a ella, y paradógicamente, lo único que nos queda de esta autora son sus palabras, a las que tanto miedo tenía.

La cuarta parte de este poemario es «El viaje». Su comienzo, la puesta en marcha de un medio de transporte, recuerda a los tantas veces citados primeros versos de Canción en blanco. La primera parte de «El Viaje» describe el movimiento de la velocidad con la sensibilidad de quien ve los detalles para trascender y relacionar el viaje con uno de sus autores favoritos, Auden, y hacernos recordar el matrimonio de Wystan Auden y Érika Mann gracias al cual ella pudo huir de la Alemania nazi.

Progresivamente el tono avanza para sumar reminiscencias de origen científico, desde la fisica clásica donde el tiempo y espacio mandan, hasta la gente imantada, campo rápido, el tiempo y el espacio mandan hasta la sofisticada ciencia del eletromagnetismo, así en “gentes inmantadas», «campos rápidos», «luz seguida” y besa a la edofología en “estratos de certeza”:

“fugaz en los andenes como aquel donde Érika
tuvo pasaje a un país más libre
y Wystan la esperaba en un acuerdo
que no era solamente el del amor,
sino el impulso de la humanidad
capaz de unirse para abrir caminos”.

En definitiva, en Ser sin sitio fondo y forma encajan de modo indisoluble. Es la palabra exacta al ritmo que le es propio, respira en cada pausa y avanza en cada fonema, con la precisión, la sutileza, el equilibrio y la concreción de un maestro, a la vez que remite y sugiere la historia más real y más emocionante, que te sorbe como a una gota y te lleva a otro sitio… Quiero vivir una y mil vidas en estos veinte poemas de Álvaro García.

Ser sin sitio:
poemario táctil de Álvaro García
Raquel Irisarri Durán

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