Rosa Díaz: «De las muertas»

De las muertas
Por Rosa Díaz
Publicado por la Revista ETC nº 13

Guárdame como la niña de tus ojos
Salmos, 17, 8

 

DE LAS MUERTAS 

Guárdanos como la niña de tus ojos.
Te rogaron
antes de alimentar la sombra y el envés de los girasoles…

Pero las atacó el frío, supieron que habían olvidado la respiración
cuando iban sanas y salvas por la prisa
y los horarios de los supermercados
y de las oficinas,
de las obligaciones domésticas
y los colegios de los hijos:
cuando se disponían a vivir.

Las sorprendieron en sus casas y a medio arreglar
o maquilladas y a punto de coger el autobús.
En las escaleras,
en las calles,
en los parques infantiles
y hasta en los territorios marcados con “órdenes de alejamiento”.

Guárdalas como la niña de tus ojos,
porque te digo que las atacó el hombre:
sus hombres.
Los que llevaban una garra mortal
en la última caricia
y las dejaron muertas y al auspicio de las ambulancias.

Estaban aprendiendo a decir no.
Eran asustadizas como animales chicos,
y andaban por el miedo, porque dormían
o habían dormido con sus asesinos.

Cogieron la dote del amado en el agasajo que lucirían sus cuerpos.

Ninguna pudo ocultar ya sus raras pertenencias,
y se diferenciaron de nosotras por las cuchilladas, como rubíes,
engastadas en el corazón,
por la pedrería con la que atacaron las estructuras de sus pensamientos.

Amatistas vimos por sus párpados,
rosas de sangre sobre los sitios de los besos.

Coronadas de hematíes la contemplaron sus madres y sus hijos,
los titulares de las rotativas
y  las estadísticas de los índices de la violencia
porque intentaban ser dueñas de sus pasos
sin alimentar la sombra y el envés de los girasoles.

Salieron de los patriarcados y las acorralaron con espíritu de sal.
Llenaron de cicatrices las expresiones de sus rostros.
Con fuego apagaron la geografía de su juventud:
Sus ojos palomas,
como torres sus cuellos;
codiciables como las tiendas de Cedar
cuando llegaron y  destrozaron su viña
y las vejaron donde más les dolía, donde radicaba
la gloria y la honra de sus padres.

Hay un árbol en Katra.
Un mango
donde llamaron las madres y nadie les pudo contestar.
Sus niñas iban dentro del martirio y pálidas las encontraron
y nutridas ya por la cadaverina.

El alma atragantada entre las hojas.
Descosidas de la luz, ahorcadas
y alimentando la sombra y el envés de los girasoles.

¡Qué horror de árbol!
¡Qué horror de árbol amable
por el que trepan los niños y cuya fruta es grata al paladar!

El mango es el mismo, sí, y su labor bondadosa
recuerda el hilo del almíbar en la fiebre de sol de su naturaleza.

No se han ido sus pájaros ni se ha perdido la ruta de sus insectos,
los niños van a gatear su altura,
y las adolescentes, ponen sus esperanzas
en los muchachos que, con una mirada, aspiran el perfume de su corazón.

Vienen como salidas de la pimienta y el azafrán,
el hindi entre los ojos.

¿Quién las guardará para que no alimenten la sombra
ni el envés de los girasoles?

*Del libro Las muertas (o salmos de la mujer que escribe).

 

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