Rafael Fombellida

Tres Poemas

ODISEO EN EL BÁLTICO

No sé si he regresado o me he perdido.
¿Es este mi trabajo, arribar en baldío a donde sino alguno
habría de esperarme? Al descender del vuelo, aún con desconcierto,
advertí nieve en torno, insólitos tejados verticales,
nebulosas siluetas que iban transfiriéndose
saludos y consignas, apócopes y gestos. No sentía emoción
ni incertidumbre. Hay un modo de estar en este mundo
que de lo imperturbable hace dominio
y no consiente hielo ni escaldadura. Un vaso de agua fría
es el ser sin pasión y en equilibrio.

Mostré mi pasaporte
a algún desconocido que examinó confuso el documento,
atisbándome con perplejidad. Quizá le asombraría
el semblante de Nadie frente al suyo, la cabeza de quien
se otorgaría Nadie como nombre
y sin nombre llegaba, su barba cana, seca, vacilando
en la incolora terminal. «Witam serdecznie…», dijo
indiferente a aquel que lo escuchaba,
aquel que no era nadie, y lo sabía.
Witam serdecznie. Sólo,
guarecido de mí había atravesado el tumulto de nubes
en un avión astroso, desaseado, envuelto
por completo en hedor espeso a alcohol
y sexo erecto. No hay un destino amargo, meditaba,
amargo es sólo el éxodo, esta traslación nómada, la alarma de saberse
suspendido en el aire sin custodia ni abrigo, y para qué.
Al trasponer la aduana busqué con la mirada a las muchachas
de la sala de espera. Maquilladas y lábiles, se fijaban en mí sin disimulo
y mi inocencia ardía. ¿Qué podría encontrar hurgando en la aspereza
del cuero artificial, quebrando el entramado de minúsculos rombos
que enmallaba sus piernas? ¿qué debería descubrir
que no fuera ruin, indigno o negligente? Su sonrisa vendible
suplicó un pacto último entre dos, «chodź tu kotku…».

No respondí
a su requerimiento.
Bajo la neutra luz del aeropuerto
era yo quien rogaba una salida a la amplitud vacía
que se abría delante. Era quien imploraba la huida a un infinito
cruzado por coágulos sigilosos de nieve,
indefinido y blanco
en el cual nunca habría más allá,
nada para los pasos, nadie para un regreso.

DI, REALIDAD

Di, realidad, por qué tornas de pronto agonizante,
eres ocultación a plena luz
y te embelleces tanto. Por qué escaldas mi espasmo con el frío
de tu vestido negro, el de las ocasiones elegidas, el que me agrada alzar por encima no más de la rodilla
y ya no proseguir para no vulnerarte.
Por qué este brote obsceno, este orificio
de depresión y úlcera,
esta falta de llama y de labor, de flujo al corazón, de hecho y deseo.
Me contengo en exceso. Estoy helado.
Ni siquiera la copa de ron blanco
se entibia en la apretura de mi mano cerrada.
La llevo a la bragueta, como aquel cura viejo de un pueblucho
que predicaba: «Un hombre no es un hombre
si no caldea el ron en diez segundos
junto a los sacramentos del Señor».
Bribón cura enviciado,
su baraja mugrienta, palillo en los corruptos y pelados hocicos.

Realidad, realidad, estamos tú y yo solos. Los niños reventaban
en su cuarto colmado de alegría. Querían gris y escarcha,
montaron en el coche ella y los dos hermanos, patinando
estarán en el lago. Si la capa de hielo adelgazara,
realidad, me darías un suceso.
¿Qué debería hacer,
beber aún más, dejar caer los párpados
pesados y negar la visión, velar lo que es ya sombra?
¿Distraer, encubrir tus evasiones, tu descarada danza
cuando te tengo sucia y a despecho?
Hiéreme, realidad. Date un festín conmigo, ebria y tatuada.
Descíñete, sé brava con mi vidrioso ahora.
Deberías probar
la copa que he criado en los testículos, el chorro de
ron blanco,
exasperante azote de ardentía
tan violento como este nocturno consumido a plena luz
mientras aguardo una limosna tuya.

LOS QUE NO TIENEN A NADIE

For she is the Virgin for those who have nobody them with.
Nobody goes there, only those who have nobody with.
MALCOLM LOWRY
Soñé que lo llamaba «Hotel Trastorno»,
«Hotel Noche de Amor», cualquier extravagancia
que pudiera idear un pasajero ansioso y perturbado.
Había tomado el tren también en cualquier sitio,
pues cada emplazamiento es un suelo infecundo
del que es bueno escapar, ascender a un convoy, tenderse desolado
en un cajón ceñido, opaco, un catafalco
de aprendizaje. Y mantenerse inmóvil
con las manos cruzadas sobre el pecho,
o reposadas en el falo inerte
mientras la Tierra inicia su terca oscilación.
En la litera,
a la vez que mi forma se encogía, con un giro remoto
rotaba el film del mundo, reservado, desoído.
Ella no estaba allí. No palpitaba el muslo, ni su caja torácica,
angosta como una pequeña urna,
parecía ensancharse. Ese epitelio diáfano
que en su pierna embolsaba una carnosidad,
si no turgente, plena de pujanza,
no estaba allí, recuerdo. O quizá sí que estaba
y fingía rehusar con artificio; simulaba atención
hacia otra separada magnitud
inconmovible.
Quise llamarlo entonces «Hotel Nunca»,
«Hotel del Hombre Solo». Mordía la manzana
ambarina y licuada de la aurora.
Amasijos de bruma, el estallido malva de una granja
cercada por penachos de lavanda,
una alberca rosada en cuyo redondel, caballos
bebían soberanos sol naciente.
Entraba luz temprana en la noche que aún se sostenía
como filo que escinde músculo y ligamento.
Deshilvanado y romo, un horizonte
pasaba ante mis ojos igual que el film del mundo
mientras ella fingía estar con ningún hombre.
Yo sujetaba la cortina entre pulgar e índice,
los dos dedos morados aún de frío.

El vagón se mecía con temblorosa arritmia.
Quise nombrarlo «Hotel del Olvidado», «Hotel Fascinación».
Ella no estaba. O sí. Dos chimeneas
de ladrillo macizo enrojecían de oro. Humo de leña huía
por el portón trasero de los patios.

Rafael Fombellida
Tres Poemas

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