Rafael Ballesteros: «Jardín de poco»

Jardín de poco. Selección de poemas
Por Rafael Ballesteros
Publicado en la Revista ETC nº 17

Rafael Ballesteros

I

En la opacidad del mundo alto (y combo),
por entre las mareas misteriosas de sus nubes,
en la rotunda materia que el sol ilumina,
busco sin ansiedad (no es tiempo ya de urgencias,
mas tampoco debiera de asperezas), un asidero,
indago por un parabién, (no por un milagro),
un parabien que se resbale de ese templado azul
hasta mis manos, un asa que no queme, un asa
de acero templado que no queme, o una palabra quizá,
sí, una palabra opaca y comba, misteriosa, fluida,
alumbrada, una palabra radiante que empezara a crecer
como una biblia o un río o un incendio que arrasara
abrojales y espinos, y cuando el valle terso y sosegado,
el poema naciera para ser respetado por los hombres.

II

No linda este jardín con aguas oceánicas,
ni esteros temblorosos, ni prímulas, ni céspedes
hirsutos y cremosos. Mas tampoco se abre
a alturas bordeadas de brumas y quebrazos,
ni se ofrece a vacíos donde el astro propone
su cuna y su mortaja.

Su espacio es parco y pobre
y merodean su vida profusos edificios de turbios
encalados y rejas dominicas.

Ese niño que juega afanoso en su tierra arde en mi corazón todavía

III

Para mi hija Ana.

Lo puedes ver allí, a la solana,
inadvertido y terco, entre vivo
y desaparecido, como cría que pide
su pan, rapaz que no conoce aún
de la maldad ahíta, la camelia
y la punza.

Ha virado su cuerpo y te mira
tímido e incierto: eres tú: niño
y por ello inmanente, ansioso ya,
frágil y liviano.

Si te acercaras, huyo. Y si ahí quedas
mirándome, qué ternura, que lágrima
de cal, blanca como la luz.

IV

Mira al anciano el niño. Detrás, el azul
terso y radiante,
Y en sus ojos intuye
por qué la sumisión del perro ciudadano, y la razón del ave, en su vuelos difusos
e incesantes.

El anciano no ve
porque ya no comprende la oscura
dimensión de lo distinto, el mensaje
indiviso del que vive y aprende. La
inabarcable profusión del mundo.

V

Ya no queda lugar para el riesgo
sino sea el que estas pocas palabras
llevan consigo. Ni el peligro gustoso del
amor tampoco queda. Ni el ansioso palpar
por otra cosa.

Es tiempo de abstinencia y
míseros percances. Lugar para la bruma
y los recelos, certezas pocas y un turbión
de abandonos.

Ese temblor inciso
no tiene continencia, piedad, ni conjeturas.

VI

Levanta los ojos de la tierra y su brazo
al aire, y señala las nubes ya por ser
nada, ya desvanecidas. Así entre su pie
y su mano, el universo íntegro.

Y el rapaz
habla, hace uso del mayor milagro:
la comunión del mundo, el verdadero
sacramento.

No oigo, solo veo
la evidencia: ese jardín de poco, su poco
aliño y el mundo todo que real se mueve,
sólo con la brisa y lo escaso.

No me llega su voz de llama,
allí donde la vida tiene su nido y su
algazara. Y el que no oye, no vive,
no sabe qué es la sustancia, el fulgor
de la evidencia.

Si cuando escribo la palabra, su milagro
tiembla pero privado quedo de su música:
¿qué me queda, dónde acudo, a qué afán,
a qué anhelo ato mi corazón?

VII

Como todo tiembla y casi desvanece, sólo
resta seguir, mirar gustoso y lento el jardincillo,
y el rememoro de aquellos años de juventud
tan escuetos como luminosos, tan radiantes
como inadvertidos: por hermosos, fugaces.

Ni ansiedad, ni requerimientos, ni asombros
ni demandas: sólo el discurrir y preguntarse
qué incidencia tiene lo que fue con el ahora,
la pomada con la buba, el ardor con el
silencio.

El tropel de la vida, ese guiso
ya agrio de especias y rehogos, pasa
delante de ti como una estela.

VIII

El zagal, repentino,
abandona sus juegos
e indaga si es el aire el que atruena y
retumba.

El aire es terso y azul: no es el aire. Así
que
con el pie husmea la tierra por si es abajo,
allí en lo hondo, en lo profundo, donde
el sonido trema bajo el polvo.

Y allí es, sí, ahí zumba, aúlla
ese ruido impío, ese mugir constante,
esa insurgencia.

Allá, tras la avenida, tras el humo
y la inquietud de vecinos inhóspitos,
el anciano le hace gestos bravíos, abre
y cierra su boca, quiere decirle al niño
que esa turbación, ese fluir sin pausa,
esa luz que mantiénese aún en nublo:
es la vida, y lo que oye que tiembla es
la sal y el azúcar que lleva toda sangre
en su albedrío, allí donde reside
su belleza indomable.

Como el anciano sabe que en todo escaso
es ese jardín (incluso en su esplendor:
cuando la savia alza su plenitud ala altura)
y que, al igual, el tiempo que le resta a su vida
es ya poco y precario, al rapaz y a los filos
dorados de su taza de té, propone una doble
esperanza: ambas para vosotros dos y para
el mundo:

El pozo no sólo acoge la mayor probidad
y armonía, la insolente toda iniquidad
del vacío, el inmenso fluir, —(astral)—, allí
en lo hondo, inerte y amasado, todo el
pretérito tiempo en un instante, y un misterio
frutal y misionero, sino a su vez —(también)—
ofrece, un brocal que es pretil por el que el hombre
asoma su ignorancia —(al bolsillo la fruta del árbol
celestial)— e inicie la pregunta, la indagación,
aquello que le agranda y concreta su primitivo
natural, y hace mísera y poca su condición
mortal.

Y dijo la segunda esperanza:

Si el incunable hembra y la barroca hombre
en asenso y concordia. en ajuste de oro, en
humano conjunto, decidieran al sísuno, con
ímpetu y audacia, con tesón y porfía, unir en
una misma materia palpitante la tierra polva
que entre dos dedos cabe y una sorba de sangre
que entre los labios quepa y abrevara en el
lodo, y a todo ello junto y sólo unos instantes,
una flecha de sol todo lo iluminara; del verdín
y las aguas del hondón de la poza, nos naciera,
indemne y alta, más vida de la vida.

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