Prosas y Entrevistas para Juan Ramón

Antonio Moreno Ayora

Juan Ramón Jiménez. Por obra del instante. Entrevistas. Edición de Soledad González Ródenas. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2013.

Diversas, novedosas y oportunistas publicaciones están apareciendo en 2013 y 2014 con motivo de celebrarse este último el aniversario de Platero y yo, la universal obra de Juan Ramón Jiménez que vio la primera luz en diciembre de 1914. Una de estas novedades es la titulada Por obra del instante. Entrevistas, que de la mano editora de Soledad González Ródenas reúne casi cien textos de diferente naturaleza, la mayoría ciertamente entrevistas —aunque algunos también son encuestas, cuestionarios o cartas—, que constituyen un ingente volumen que suma la totalidad de quinientas páginas a través de las cuales el lector consigue una rica y plural información sobre el inmortal poeta onubense, a quien nos acerca su propia palabra y, en ocasiones, el punto de vista de su esposa Zenobia que aparece plasmado en el Anexo 2 que completa y cierra el volumen.

Para asimilar con mayor aprovechamiento el vasto mundo literario que hallaremos reflejado en estas prosas periodísticas no debiéramos pasar por alto el prólogo con que la editora nos las presenta, asegurando primero que “Probablemente ningún otro autor español tenga una biografía mejor documentada, y al mismo tiempo peor conocida”, y luego afirmando que en ellas “Juan Ramón asombra por su honestidad y su franqueza, alejada de conveniencias y diplomacias”. Sin duda, para inaugurar ese conocimiento biográfico del poeta moguereño se inicia el libro con una breve semblanza debida a Lorenzo N. Celaya (quien lo muestra interesado por una literatura nueva y moderna) y enseguida con dos conocidos textos de Rafael Cansinos Assens que sirven para prefigurar la ambientación literaria del Madrid de la época, en donde se mueven entre otros Villaespesa o  Antonio Machado. Muchos de estos capítulos son semblanzas, crónicas periodísticas o prosas de recuerdos que le  dedican amigos y conocidos suyos, como aquella que escribe Francisco Pompey con motivo de su visita a Moguer en 1911, año al que también corresponden las declaraciones de Juan González Olmedilla, que al tratarlo igualmente en Moguer descubre -qué bien viene recordarlo ahora en el aniversario de Platero- la pena que le invadió cuando murio su íntimo compañero, pues “De chiquillo, el niño de los Jiménez se iba montando en él hasta las viñas de su padre”. Ya el lector, en estos capítulos, va haciéndose una cabal idea de la personalidad, preocupaciones y aficiones del poeta, del que trasparece su verdadero conocimiento de la lírica española y su honda vocación al declarar, por ejemplo, que: “He sido poeta siempre, si —como dice Poe— para serlo es necesario entregarse a la poesía por entero”.

Es este un libro para degustarlo con tranquilidad, deteniéndose en innúmeros detalles que inesperadamente quedan realzados en tal o cual entrevista (“detesto cuanto lleve el sello de la ostentación o publicidad”, aclara el poeta para la revista Cromos de Bogotá en 1925), un libro que será imprescindible para los estudiosos del escritor de Moguer y del contexto literario que lo rodeaba, al que de tan múltiples formas recrea Juan Ramón en textos que —aunque estén publicados en otros lugares— aquí aparecen conjuntados entrelazándose unos a otros para conformar un complejo panorama de una de las etapas más florecientes de la literatura española como es la de la primera mitad del siglo XX, bien sea por referirse a tan insigne y único poeta (véase, como ejemplo, Juan Ramón Jiménez, de Gerardo Diego, págs. 163-167) bien a otros nombres por entonces ya sobresalientes (el caso de la entrevista a Juan Ramón sobre La literatura española hoy. Conversaciones con Juan Ramón Jiménez, págs. 182-185). Se trata, muchas veces, de conversaciones o charlas distendidas que con el alto poeta moguereño mantienen periodistas o críticos extranjeros de Hispanoamérica (Cuba, Argentina, Puerto Rico…) o de países europeos (así, sendos textos publicados en inglés, Young Spanish Writers Worth Watching, en alemán, Das Spanische Schrfttum heute, o en francés, Entretien avec Jiménez).

Observamos que algunas de estas prosas descubren opiniones o posicionamientos socioliterarios de Juan Ramón, como ocurre cuando este responde a la cuestión sobre si el escritor debe “tomar partido desde su obra”: “El poeta no puede estar, ser obligado `en poesía` a nada. Pero puede obligarse él mismo a todo si lo hace con noble entusiasmo y alta fe”. En una línea claramente sociopolítica de la investigación se orienta igualmente el artículo El credo estético y la actitud política de Juan Ramón Jiménez, situando el posicionamiento de un escritor al que se definía como hombre que “Cree en la república-democrática. Lamenta que los militares no apoyaran al gobierno que tenía esa tendencia político-social”.

Aunque este es un libro denso que, como decimos, debe ser examinado sin prisa, no es un libro farragoso sino de evidente agilidad expositiva y gran versatilidad, a lo que sin duda contribuye tanto la extensión de los capítulos —muchas veces de solo dos o tres páginas— como su estructuración desglosada en pregunta y respuesta o su frecuente división en parágrafos. En sus páginas, tienen una oportuna actualidad las frecuentes referencias y explicaciones al libro de Platero y yo: “Platero es un libro de niño y si tiene alguna poesía es la verdadera que ofrecen el paisaje, las cosas a los ojos iletrados de los niños” (pág. 223); “Platero es en realidad un recuerdo de mi juventud. (…) al escribir este libro mezclé mis recuerdos de juventud con la figura simbólica de Platero, el burro gris” (pág. 229). Igualmente podemos calificar de oportunas cuantas citas, apreciaciones o comentarios traen a colación la persona de Antonio Machado, del que Juan Ramón dice que “es el poeta español que en el ambiente hace poesía que es espíritu”, y lo incluye en el grupo de sus admirados al decir que “aun cuando yo crea que los mejores siguen siendo Unamuno y Antonio Machado”.

El párrafo precedente nos confirma que con cierta asiduidad hallamos en los textos de estas entrevistas alusiones y requerimientos sobre las preferencias literarias de Juan Ramón y sobre sus  ideas estéticas, algo que de modo muy concreto advertimos, por ejemplo, en Invitación a un juicio sobre la poesía actual. Respuesta a ‘Caracola’ de J.R.J. (págs. 405). Él nunca eludió pronunciarse con sinceridad y así, por ejemplo, al margen de lo que pensara sobre los escritores españoles —entre los clásicos, decía, “los que más me interesan son: Góngora, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz”— en varias ocasiones declaró su alta estima de los poetas ingleses, pues “creo que la poesía lírica inglesa es la más grande del mundo”. Esto, desde luego, no es óbice para que paralelamente manifieste su enraizamiento en lo español, defendiendo por ejemplo el alto magisterio ejercido ante él por Rubén Dario y Bécquer (pág. 290). Es en todo este mundo de confesiones donde el escritor se dibuja con su carácter, sus aficiones, su inmenso amor a España, sus momentos de enfermedad, su tristeza y derrumbamiento tras la muerte de Zenobia (en pág. 420), su entrega a la poesía, sus influencias literarias y su búsqueda de un camino lírico personal con su correspondiente hallazgo definitivo: “Aludo a la Belleza. No he hecho, desde que escribo poesía, otra cosa que buscarla buscándome. El dios de la Belleza, he ahí mi religión, si puede hablarse en tales términos” (pág. 317).

El titulado Llegó ayer y nos habló de poesía un gran poeta español (pág. 288 y stes.) es capítulo que ahora nos podría servir para sintetizar cuantos aprendizajes hemos hecho con la lectura de este intenso volumen de entrevistas, en las que en alguna que otra ocasión se reproduce también alguna charla o alguna carta en donde contesta por escrito a cuestiones que previamente se le habían propuesto (sería el caso de Carta de J.R.J. a Guillermo Díaz-Plaja). En uno de sus últimos renglones se hace una constatación que puede ser el balance efectivo de todo este libro, del que se concreta que “Es la comunicación íntima de un espíritu generoso, atento a la réplica, deseoso de comprender y de que se le comprenda”. Y así, la morosa lectura que hayamos ido haciendo deberá concluirse recordando la primera e imprescindible observación que nos hacía Soledad González Ródenas: “Cuanto más indagamos en la figura de Juan Ramón Jiménez más compleja y atrayente nos resulta su personalidad”. Además, el lector tiene que advertir que en todo momento se califica al poeta como un hombre conversador y amistoso (así lo define Lezama Lima en su contribución El momento cubano de Juan Ramón Jiménez), y que de él con frecuencia se describen rasgos de su personalidad que ayudan a conocerlo incluso en su concreto ambiente familiar en el que Zenobia Camprubí fue tan determinante, pues también por ella “su recuerdo perdura en nuestra existencia como un gran rayo de luz”.  .

Prosas y Entrevistas para Juan Ramón
Antonio Moreno Ayora

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