Participar del secreto de la creación: los archivos de autor—el legado Valle-Inclán Alsina—

Margarita Santos Zas
Directora de la Cátedra Valle-Inclán de la USC

Los manuscritos de autor han pasado de ser objeto de ocultación a objeto de culto, fetiche y mito y, para quienes se dedican al estudio de la obra de un escritor, un auténtico tesoro.

¿Por qué los archivos privados de escritores son tan valorados, se estarán preguntando, si raras veces contienen una obra que supere las ya publicadas?
Hace casi 75 años el escritor austríaco, Stefan Zweig (1881-1942), respondía a esta pregunta, al tratar de explicar a un auditorio de 1.500 personas (¡cousas veredes!), que se agolpaban ante un teatro de Buenos Aires para poder escuchar su conferencia “El misterio de la creación artística”. Con ese título está hoy recogida en un librito aquella conferencia, que voy a tomarme la libertad de parafrasear para intentar exponer a los potenciales lectores de esta revista por qué los manuscritos de Valle-Inclán, que hoy custodia la USC, son para ella un orgullo, y para el Grupo de Investigación / Cátedra Valle-Inclán de esa Universidad, un lujazo disponer en exclusiva de este fondo.

Decía Zweig que toda creación tiene que materializarse para que la comprendamos: un cuadro ha de quedar pintado sobre un soporte, una poesía debe ser escrita sobre el papel real [o virtual], una escultura tiene que ser modelada en piedra, bronce, hierro… La inspiración de un artista tiene que plasmarse en formas tangibles. Y es aquí donde los que no somos artistas podemos acercarnos al proceso de la creación artística, pues es precisamente ese momento breve de la transición de la idea artística a su plasmación, el instante que a veces podemos observar. Ahí se nos abre una rendija para el estudio del artista y de la misma manera que las impresiones digitales del criminal ofrecen a la policía posibilidades para reconstruir el crimen, así hallamos la posibilidad de descubrir algo del secreto del artista mediante las huellas que deja al realizar su tarea. Estas huellas son sus trabajos previos: por ejemplo, los primeros bocetos que el pintor hace de sus cuadros; los manuscritos, los borradores del poeta o del músico. Este es el hilo de Ariadna que nos permite encontrar nuestro camino de regreso al origen en ese laberinto misterioso. Y por fortuna encontramos tales documentos en nuestros artistas más grandes. Un cuadro tan impresionante como El Guernica resulta para nosotros más fascinante cuando hemos visto sus bocetos, dibujos, croquis, cuando comprendemos por qué Picasso ha rechazado esto y destacado esta figura u oscurecido otra. En este caso no solo estamos ante la obra concluida sino que participamos en cierta forma del secreto de su creación, compartimos algo de las horas, de los pensamientos y visiones del artista y en lugar de gozar exclusivamente, participamos del tormento y la dicha del genio.

Y en este punto nos asaltan varias dudas ¿no es atrevido intentar “colarse” en el taller cerrado del artista? ¿No sería mejor —se preguntan algunos— destruir sus ensayos y mostrar solo la obra acabada? ¿No sería preferible olvidar que esas obras inmortales han sido hechas por hombres mortales con métodos humanos? ¿No deberíamos olvidar que esos escritores, músicos o pintores han sido hombres con defectos, pequeñas vanidades, debilidades, dudas, mezquindades, y nos situáramos ante sus obras como ante un paisaje maravilloso? ¿No echamos a perder el goce extremo y supremo cuando recordamos una y otra vez que esas obras no son fruto de la inspiración divina sino de la voluntad humana y que a veces han venido al mundo en medio de la más tremenda desesperación? (Zweig, 26 y 42)

Valle-Inclán nos da la respuesta, porque supo ver con lucidez la importancia de estos materiales “desechables” que nos ofrecen las huellas de la creación de un autor, y puso en boca de uno de sus personajes más emblemáticos su importancia y el interés de conocer ese proceso. Para mostrar esa conciencia de creador no tenemos más que recurrir a una reflexión, a la que he acudido más de una vez, que el escritor pone en boca del Marqués de Bradomín. El viejo don Juan le dice a Rubén Darío en la escena XIV de Luces de Bohemia:

Querido Rubén, los versos debieran publicarse con todo su proceso, desde lo que usted llama monstruo hasta la manera definitiva. Tendrían entonces un valor como las pruebas de aguafuerte.
Aquí está expresada de forma inequívoca la importancia que Valle confiere al proceso de escritura en todas sus fases, anticipándose al valor que la crítica hoy otorga a los manuscritos literarios contemporáneos. No fue don Ramón el único que comprendió el interés de estos materiales, otros escritores fueron también conscientes de su importancia y en algunos casos, por voluntad expresa del artista, sus archivos se incorporaron —bajo diferentes modos de cesión— a bibliotecas, fundaciones o centros de investigación que se ocupan de su custodia, conservación, estudio y difusión.

De este modo, lo que hace no mucho más de una centuria se ocultaba a ojos ajenos, porque constituía precisamente el taller de un escritor, es decir, contenía sus bocetos, esbozos, borradores, esquemas… las pruebas de aguafuerte, todos aquellos materiales, en diferentes estadios o estados redaccionales, que mostraban los tanteos, dudas, rectificaciones o reescrituras realizadas por el autor, y, por tanto, se interpretaban como las debilidades del genio, que parecía con ello perder su categoría de tal o, lo que es lo mismo, atentaban contra la concepción romántica de la creación literaria, asociada al concepto de inspiración.

La realidad es muy otra: un autor que no se deshace de los materiales previos a la obra concluida, indica que aquellos siguen teniendo para él algún valor o interés: ¿para reutilizarlos? ¿para completar en algún momento lo que dejó inconcluso? ¡Quién sabe! El caso es que incluso quienes expresaron su deseo de deshacerse de sus materiales de trabajo —Kafka es un ejemplo bien conocido— encargaron a otros su destrucción ¿por qué? La respuesta no es unívoca, pero lo que me importa destacar es que aquellos documentos sobrevivieron —felizmente— a su autor.

Es en este punto cuando desempeñan un fundamental papel los albaceas o herederos de un artista y hay quienes son plenamente conscientes del tesoro que les ha tocado salvaguardar y lo hacen con el mayor celo, y hay quienes —en el extremo opuesto— lo dispersan y convierten en moneda de cambio.

Paradigmático del primer tipo descrito y, consecuentemente, merecedor del elogio sin reservas han sido los Herederos Valle-Inclán/ Alsina, y beneficiaria de su actitud modélica la Universidad compostelana y, en concreto, la Cátedra Valle-Inclán.

La firma de un Convenio con los Herederos Valle-Inclán / Alsina daba acceso a la Cátedra Valle-Inclán de dicha Universidad a los fondos manuscritos del escritor en soporte digital para su estudio y posterior publicación en ediciones facsimilares en su propia colección, Biblioteca da Cátedra Valle-Inclán, al amparo del Servicio de Publicaciones de la USC. Este acuerdo, que impulsó entonces Dª Mercedes Alsina Gómez Ulla, a quien no puedo menos de recordar con emocionada gratitud, se hizo público el 28 de febrero de 2008, en un acto presidido por el Rector de la universidad compostelana. En aquel acto el nieto de don Ramón, Javier del Valle-Inclán Alsina, resumió la historia y avatares del archivo familiar, cuyo origen remontó a mediados del siglo XVIII, en que Pablo del Valle, procedente de Asturias, se asienta en Galicia y contrae matrimonio con Mª Antonia de Inclán. Desde entonces el archivo se transmitió a lo largo de la cadena familiar hasta llegar a sus actuales herederos, a través de Ramón del Valle Bermúdez, del que su biznieto destacó su voluntad expresa de legar e incrementar este patrimonio familiar, que heredó en su mayor parte Ramón del Valle-Inclán, que, a su vez, lo enriqueció con nueva documentación genealógica, su biblioteca personal y manuscritos propios y ajenos. Este legado, después de haber sido expoliado en la Guerra Civil española sin saber con certeza sus consecuencias, pasó, tras la muerte de la esposa del escritor, Josefina Blanco, a Carlos del Valle-Inclán Blanco, custodio de todo este archivo, que pacientemente amplió y preservó de su dispersión —tal fue su propósito— durante toda su vida. Su viuda, Mercedes Alsina Gómez Ulla, y sus sucesores siguiendo la misma pauta, han confiado a la Cátedra/Grupo de Investigación Valle-Inclán la tarea de sacar a la luz los manuscritos del escritor. A ellos les reitero nuestro sincero agradecimiento.

Disponer del fondo manuscrito exclusivamente en soporte digital —así fue hasta el 20 de noviembre de 2009— permitía evaluar la trascendencia de los textos conservados y abordar su lectura, incluso hacer una primera transcripción, pero era un medio que planteaba graves dificultades a la hora de afrontar la edición de los textos. No obstante esta dificultad se resolvió al acordar el traspaso de los materiales originales a la USC. A partir de ese momento, Joaquín del Valle-Inclán, buen conocedor de la obra de su abuelo, y yo misma —lectora privilegiada— revisamos el inventario de los manuscritos y otros documentos, a fin de proceder a su depósito en la USC. De modo que desde la fecha indicada los manuscritos originales de Valle-Inclán están depositados en la universidad compostelana, al cuidado de personal especializado en fondo antiguo y su acceso ha quedado restringido a los usos previstos por convenio, bajo supervisión de la dirección de la Cátedra Valle-Inclán y la dirección de la BUSC.

El lector se estará preguntando ¿qué contiene este archivo Valle-Inclán/Alsina? Y también con toda probabilidad ¿cómo se afronta su conservación, estudio y edición?

No es la primera vez que describo este excepcional Legado y en sucesivas ocasiones he ido añadiendo, matizando e incluso rectificando puntualmente la información previa, de manera que, si bien hemos ido conociendo cada vez mejor sus contenidos, sería osado hablar en términos definitivos de lo que guardan aquellas miles de páginas.

Pues bien, en la cita antes mencionada de Luces de bohemia se llamaba a esos materiales pruebas de aguafuerte. Y esto es exactamente lo que contiene este archivo: los manuscritos de trabajo, “materiales en ebullición”, los define con acierto una de las principales valedoras de la crítica genética, Almuth Gresillon, no solo de obras literarias de Valle-Inclán editadas —primer eslabón de la cadena genética—, sino de textos —en distintas fases de redacción— totalmente desconocidos hasta hoy: vocabularios o listas de palabras, cuadernos de viaje, notas documentales, esquemas, bocetos, resúmenes, ensayos redaccionales varios, versiones textuales sucesivas de un mismo borrador, copias autógrafas… de poemas, de piezas teatrales, cuentos, novelas, conferencias; pero también numerosas cartas que ofrecen perfiles poco conocidos del escritor, al mostrarlo como amigo, padre cariñoso y atento, escritor consciente de sus recursos, hombre preocupado por sus finanzas, gestor de sus propios libros, faceta de la que también resultan elocuentes las numerosas facturas y cuentas, que nos hablan de los detalles de la vida doméstica del autor de las Sonatas.

Se trata, en suma, del taller del escritor: más de 5000 páginas escritas de su puño y letra, así como los “traslados” que su esposa, Josefina Blanco, hacía para la imprenta, pasando a limpio la «penúltima» versión, pues Valle-Inclán no daba nunca por finalizada la revisión de sus obras.

El Archivo Valle-Inclán/Alsina contiene, además, galeradas corregidas por Don Ramón, ediciones anotadas de su puño y letra y algunos mecanoscritos teatrales orientados a la representación escénica. A todo ello hay que añadir pequeños grabados y dibujos originales de artistas contemporáneos destinados al diseño gráfico de sus obras —es bien sabido el empeño del escritor gallego en supervisar hasta el menor detalle su original diseño y ornamentación, como quedó patente en la exposición de la obra ilustrada del escritor—, que exhibimos en el histórico edificio de Fonseca en 2009 (un amplio muestrario de esas ilustraciones puede verse en el Portal de la Cátedra Valle-Inclán: http://www.cervantesvirtual.com/bib/portal/catedravalleinclan/).

Este Archivo encierra las respuestas a muchos de los interrogantes que la ausencia de materiales manuscritos de Valle-Inclán suscitaba, ayuda a reconstruir la génesis de sus obras y a entender sus complejas estrategias de escritura, pero plantea otras incógnitas, que debemos resolver, y nos obliga a revisar numerosas cuestiones ya estudiadas. Estos documentos nos dan la oportunidad de comprobar que Valle-Inclán se documentaba, acudía a fuentes históricas y tomaba meticulosas notas; nos permite asimismo comprobar que preparaba sus conferencias, elaboraba glosarios, anotaba sus impresiones de viaje en pequeños cuadernos…

Pero los autógrafos proporcionan además informaciones diversas y complementarias de las que se obtienen de su lectura. Nos importa el tipo de papel que usaba don Ramón: blocs de diversos tamaños, pequeños cuadernos verticales o apaisados, cuartillas con o sin membrete (piénsese que Valle-Inclán vivió en diferentes domicilios o desempeñó diversos cargos y sus papeles timbrados, por ejemplo, son la huella de esos cambios domésticos y laborales), hojas sueltas dobladas por la mitad, de modo que las convierte en cuatro paginitas. Utiliza papel blanco, rayado o cuadriculado, escribe en recto y verso, en el que a menudo realiza otras anotaciones; reutiliza, asimismo, sobres y facturas cuyo anverso en blanco sirve como espacio gráfico. Valle-Inclán usaba de forma habitual lápiz negro o pluma —que a veces combinaba—, y con menor frecuencia recurría al lápiz rojo y/o azul para numerar las páginas en el centro de la plana, particularidad que está relacionada con la costumbre del escritor de paginar en el ángulo superior izquierdo antes de empezar a escribir; de modo que, cuando se ve obligado, pongamos por caso, a reescribir una página o a intercalar nuevas entre dos numeradas previamente, recurre a una re-paginación consecutiva y lo hace en el centro de la plana con números de gran tamaño. No olvidemos que era manco y que, por tanto, para escribir necesitaba apoyar el papel o el cuaderno en una superficie estable y que no podía sujetarlo más que con la mano con la que escribía, y al hacerlo con pluma requería, además, tintero… La escritura, por su parte, no suele presentar graves problemas de desciframiento, siempre y cuando se tenga cierta familiaridad con su grafía, ortografía y sistema de puntuación —bastante arbitrario, por cierto—; no emplea códigos secretos ni abreviaturas; y el uso que hace del espacio gráfico presenta anotaciones en los estrechos márgenes, signos localizadores, numerosísimas tachaduras, reescritura de líneas, párrafos o páginas completas… Lo cual nos indica el afán de perfección y la constante búsqueda de soluciones artísticas satisfactorias. Leyendo los manuscritos, viendo sus múltiples rectificaciones e incansable rescritura se comprende perfectamente por qué decía Valle que se sentía poseído por la fiebre del estilo.

No obstante esta facilidad de lectura es engañosa: es verdad que leemos y comprendemos literalmente cada unidad redaccional, pero estas no están aisladas sino que se integran en conjuntos de amplitud variable, que tienen sentido unitario y estos, a su vez, dialogan entre sí. Ahora bien, los manuscritos no están fechados, de modo que ordenarlos coherentemente resulta tarea harto difícil, y de hecho en la ordenación original, empresa que afrontó Carlos del Valle-Inclán Blanco, faltan engarces entre las unidades que conforman un conjunto, lo cual no significa necesariamente que se hayan perdido, sino sencillamente que pueden estar desordenadas.

¿Qué nos deparan estas miles de páginas autógrafas? Raramente un escritor deja entre sus papeles una obra de igual o mayor relevancia que las ya editadas, salvo que le hubiese sorprendido la muerte mientras ultimaba una obra o estuviese preparada para la imprenta. No siendo así, en un archivo de autor topamos esbozos, esquemas, borradores en diversas estadios de elaboración e incluso textos completos o en fase redaccional muy acabada de obras, que han desembocado en libros o, por el contrario, han permanecido inéditos, porque el escritor no tenía voluntad de publicar. Así la alegría es mayúscula cuando topamos pasajes de obras editadas, que nos revelan el proceso de escritura de textos tan emblemáticos como El Ruedo Ibérico, en el caso de la narrativa, o páginas de textos dramáticos, con igual sentido paradigmático del quehacer del escritor, como Luces de Bohemia, La Rosa de Papel o La Cabeza del Bautista; pero también fragmentos de La Lámpara Maravillosa y textos poéticos conocidos, como el poema “Testamento”, en una nueva versión.

En el Legado Valle-Inclán / Alsina hallamos ejemplares de algunas ediciones de obras del escritor gallego con correcciones o anotaciones manuscritas, tal sucede con Romance de Lobos (1908) o Una tertulia de antaño (1909), que en el primer caso están relacionadas con la versión escénica de la “comedia bárbara”, asociada a la voluntad autorial de estrenarla; y en el segundo caso remite al proceso de reelaboración de esta obrita, que tiende puentes con la serie de La Guerra Carlista y la de El Ruedo Ibérico. Hallamos asimismo galeradas, que en algunas ocasiones confirman la tendencia del escritor a la reescritura de sus textos o reutilización de materiales para editarlos bajo nuevos títulos.

Como eslabón entre la obra editada y la inédita, vale el magnífico manuscrito de La muerte bailando, publicado íntegro en la edición Valle-Inclán inédito (2008), que ha preparado Joaquín del Valle-Inclán. Esta edición reúne cuatro textos desconocidos (además del citado, Sevilla, Bradomín expone un juicio, y La marquesa Carolina y Bradomín), relacionados con el proceso de escritura de El Ruedo Ibérico, y un rico muestrario del epistolario del escritor (alrededor de 150 cartas). Si estos textos recientemente editados los utilizamos como bisagra con los todavía rigurosamente inéditos, advertimos un amplio abanico de apuntes y notas del escritor, esbozos, borradores más o menos acabados de títulos desconocidos. Ante esta descomunal aportación se entiende el paradójico lema, “Tengo lo que di”, leyenda heráldica familiar, que preside la antes citada edición, Valle-Inclán inédito, en homenaje a quien Don Ramón escribió una de las cartas más entrañables de ese epistolario, su hijo, Carlos del Valle-Inclán Blanco.

Al margen de la emoción que suscita leer por vez primera textos absolutamente desconocidos, versos ignorados, títulos cuya mención habría provocado la incredulidad del más optimista (El Beato Estrellín, El Rey ciego, Caminos y destinos, Auto de Don Juan, El Nigromante, Terremoto, El Soldado de África, El Yerno de Galvez, La muerte bailando, Sevilla…), estos manuscritos, más allá del hallazgo, la confirmación o rectificación de las teorías que hasta aquí hemos barajado, permiten entrever en los blancos de cada cuartilla y de cada hojita los silencios y dudas del escritor; vislumbrar ante los cientos de tachaduras, rectificaciones y reescrituras al incansable perfeccionista, al eterno insatisfecho; atisbar al creador en el instante mismo en que la idea se hace realidad artística… Cada página es un descubrimiento y todas forman un fascinante puzzle que hay que reconstruir pieza a pieza, tarea indispensable para proceder de forma paulatina a la edición facsimilar de los manuscritos en la Biblioteca de la Cátedra Valle-Inclán.

Alcanzar esa fase editorial comporta tareas tan invisibles como imprescindibles, sucesivas o realizadas en paralelo al trabajo de estudio y difusión de estos documentos originales.

En primer lugar, acondicionar, de acuerdo con las normas de uso para la conservación de esta clase de materiales —tipo de papel, carpetas, formatos, etc.—, la totalidad del archivo valleinclaniano depositado en la USC, fue la primera medida, que en este caso tomó la dirección de su Biblioteca Xeral, dirigida por Mª Isabel Casal, que encomendó esa tarea al personal responsable del fondo antiguo de dicha Biblioteca, en cuya caja fuerte se custodian estos materiales.

Segundo, contar con financiación (proyectos de investigación subvencionados, en este caso los sucesivos del Ministerio FFI2011-24130) ha sido requisito imprescindible para proceder a la nueva y completa digitalización de estos documentos, acudiendo a medios profesionales, que garantizasen su fiel reproducción. Así se digitalizó la totalidad del fondo valleinclaniano que conforma el Legado, con vistas a las ediciones facsímiles. Esta tarea concluida ya, en la que se emplearon 4 meses, arroja un total de 14.618 imágenes (recto y verso). En este caso se ha respetado escrupulosamente la ordenación original.

Tercero, con estos materiales digitalizados se está procediendo a su paulatina catalogación e indexado en una base de datos relacional, creada ex profeso, que implica la creación de una ficha por página/imagen digitalizada, que define los campos que contienen su descripción, susceptibles de ampliarse y modificarse, así como su transcripción siguiendo normas específicas para la codificación y transcripción de manuscritos. Esta base de datos permite búsquedas cruzadas, de acuerdo con los criterios y objetivos previamente definidos y una vez terminada, se incorporará al Archivo Digital Valle-Inclán, que contiene el fondo documental que hemos reunido en estos 20 años de trabajo (80.000 imágenes digitalizadas), que corresponden a toda la obra del autor (ediciones anteriores a 1936) y materiales procedentes de la indagación en prensa local, nacional y extranjera (ediciones, versiones de textos sueltos o seriados, entrevistas, conferencias, cartas, noticias varias e iconografía del escritor).

El estudio y edición de estos materiales y su difusión en revistas especializadas y en congresos es una tarea primordial y compatible con las antes descritas. Pero debo advertir que afrontar su estudio no ha sido un proceso sencillo ni lineal, ya que en ocasiones nos hemos visto en la tesitura de tener que rectificar lo ya hecho por razones varias: inicialmente no dispusimos del fondo documental en condiciones de lectura y transcripción fiables, y hubo que esperar a tener las condiciones idóneas con una buena digitalización. Este proceso ha supuesto una ralentización del optimista plan de trabajo inicial, que se ha ido desarrollando en paralelo. Pero hay otro aspecto que explica nuestros tropiezos, me refiero al proceso de aprendizaje específico que requiere afrontar con la metodología y recursos adecuados la problemática teórico-práctica del estudio y edición de los manuscritos literarios contemporáneos, que en el caso de Valle-Inclán carece de antecedentes, si exceptuamos la edición del autógrafo del cuento Mi Bisabuelo, que se cotejó con las versiones impresas del relato de acuerdo con criterios propios de la crítica textual. Su edición facsimilar inauguró en 2007 la Biblioteca de la Cátedra Valle-Inclán, y el manuscrito original fue depositado posteriormente en la USC por voluntad de su propietario y editor, Jorge Devoto Valle-Inclán.

Es decir, la transcripción, estudio y edición de los manuscritos exige una formación específica orientada a la adquisición de los conocimientos instrumentales y métodos idóneos para afrontar con rigor la edición de estos materiales “inestables”.

No albergamos dudas sobre el interés de publicar los documentos inéditos del archivo de un autor —cualquier autor—, que no haya dejado preparados expresamente para la imprenta y que, por tanto, estén en distintos grados de elaboración, porque su valor documental es incuestionable. Pero también sabemos que no se pueden tratar como los materiales impresos o ultimados para la imprenta. Es decir, la preocupación de quien se enfrenta con estos documentos estriba en saber los límites que imponen al editor para que no se arrogue el papel de autor. En este sentido, la edición de los manuscritos inéditos —materiales de trabajo del escritor— ha de ser escrupulosamente respetuosa con cada signo ortográfico, letra, palabra, frase y párrafo del autógrafo. Es decir, el editor de estos documentos no puede “suplantar” al autor en las decisiones que este no pudo o no quiso tomar, de forma que el editor no debe arrogarse las decisiones que solo competen al autor, porque estamos ante documentos que —salvo en casos que nos conste— no sabremos nunca qué pensaba su autor hacer con ellos. De ahí nuestra decisión —que responde también a los términos del convenio firmado con los Herederos Valle-Inclán Alsina— de realizar ediciones facsimilares, que pongan al alcance del lector los borradores o ante-textos autógrafos inéditos, lo cual no excluye compatibilizar esta con otras modalidades de edición, que pongan al alcance del lector curioso este tesoro único e irreptible.

Para adquirir esa formación específica y afrontar con rigor esta ingente tarea, hoy se cuenta con la experiencia teórico-práctica del ITEM («Institut des textes et manuscrits modernes») de París, el centro más cualificado para el estudio de los manuscritos literarios contemporáneos, que edita la revista SIGALES, promueve congresos y organiza regularmente seminarios de trabajo sobre estos materiales primarios, propiciando un intercambio muy fecundo, que ha cristalizado en proyectos concretos en colaboración y en estancias de investigación bidireccionales muy provechosas entre la Universidad de Berna y la USC. Hemos participado en Workshop dedicados al tratamiento digital de los manuscritos literarios (2012 y 2013, el próximo, finales de mayo de 2014, será en Londres y Oxford); hemos organizado seminarios impartidos por especialistas en el tratamiento de manuscritos literarios (2009, 2013 y en breve celebraremos el tercero) y asistido a congresos, donde hemos tenido ocasión de dar a conocer ese fondo y exponer nuestras aportaciones (2008, 2009, 2011, 2012 y 2013). De estas intervenciones han nacido diversas publicaciones en revistas especializas o en libros colectivos, hemos publicado estudios que son avances de investigaciones de mayor calado sobre Romance de Lobos, La Cabeza del Bautista, El Beato Estrellín o el Cuaderno de Francia, cuya edición facsímil y anotada, acompañado de un amplio estudio preliminar está en estos momentos en prensa.

En suma, en mi experiencia personal al frente de un grupo de investigación con un bagaje de no pocos años en el estudio de la obra de Valle-Inclán, confieso que la fascinación y estupor inicial, casi paralizante, ante la responsabilidad de afrontar tamaño proyecto editorial, ha dado paso a su paulatino y sopesado estudio, a partir de un conocimiento mayor del terreno que pisamos y en aplicación de la metodología crítica que cada manuscrito/ borrador/ dossier genético requiera. Sin duda la tarea que deparan estos nuevos documentos para los próximos años es enorme, pero en nuestro caso no es ajena a las líneas que nuestro Grupo viene desarrollando en los últimos casi 20 años. Estamos seguros de que todo este material de primera mano abrirá nuevas y fecundas vías a la investigación valleinclaniana y es un privilegio para la Cátedra y el “Grupo Valle-Inclán” de la USC poder contribuir a ello. Y, si nos honra disponer en primicia de estos materiales y nos estimula el trabajo que llevamos a cabo, no es menor la responsabilidad que comporta cumplir nuestro primordial compromiso: impulsar una colección de facsímiles que pongan al alcance de estudiosos y lectores, en general, este material con el rigor que requiere. En ello estamos.

Participar del secreto de la creación
Margarita Santos Zas

Una versión en galego de este trabajo puede verse en Minerva.
Repositoiro institucional de la Universidade de Santiago de Compostela
(http://hdl.handle.net/10347/10044).

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