La vida en la tumba
El libro de la guerra
Stratis Myrivilis
Trad. Margarita Ramírez Montesinos
Ed. Nemosine

La vida en la tumba, de Stratís Myrivilis (Editorial Point de Lunettes, Sevilla, 2015) ha sido publicada por primera vez en castellano con traducción (excelente) de la catedrática de griego Margarita Ramírez-Montesinos. La obra es una novela antibelicista que condena la guerra con la convicción y la fuerza de quien la ha sufrido y ha perdido los ideales de juventud que lo llevaron a creer en ella. Stratis Myribilis (Lesbos,1892-Atenas,1969) describe con crudeza la vida en las tumbas que eran las trincheras durante la Primera Guerra Mundial. El propio autor publicó en 1917 el primer capítulo en el periódico Nueva Grecia de Salónica, y posteriormente fue dando la obra por entregas en el periódico Campana hasta su publicación completa en 1924 en Mitilene, hecho que lo consagra como primer prosista de los escritores griegos de la Generación del 30.

La novela se nos presenta bajo la técnica del “Manuscrito encontrado”. En el prólogo cuenta Myribilis que un día, buscando un documento oficial de su servicio militar en un pequeño baúl del ejército, encontró un grueso paquete de papel de estraza, atado en cruz con un cordel. Al abrirlo, encontró un montón de cuadernos y una anotación: “Manuscrito del sargento Andonis Costulas”. Eran los papeles, hallados en su mochila, de un muerto que intentaba hablar. Esta técnica permite dar mayor verosimilitud al relato haciéndonos creer que, en verdad, ha sido escrito por alguien diferente al autor. Ya la empleó Cervantes en El Quijote, como sabemos, o Cela en La familia de Pascual Duarte.

El sargento griego Costulas, un joven de veintidós años, que ha ido voluntario a la Primera Guerra Mundial, escribe un diario destinado a ser leído por su novia que ha quedado en su pueblo natal Mitilene, en la isla de Lesbos. El narrador, siempre en primera persona, se dirige frecuentemente a un narratario “tú”, “amor mío”, cuyo nombre no aparece. Es una muchacha que no necesita ser nombrada porque quizás es el símbolo de todas las mujeres víctimas de las guerras de los hombres. El relato comienza en Macedonia, cuando los soldados han llegado a las trincheras después de un viaje agotador, primero en barco desde Lesbos a Salónica, luego a Macedonia donde está el frente y la guerra de trincheras contra búlgaros y alemanes. Hasta ese momento la narración retrospectiva da cuenta de la ilusión por la revolución, por la libertad de los pueblos, del viaje en barco hasta Salónica y de la larga marcha de 300 kms, cargados con la impedimenta; dentro del casco “mis sesos se freían como en una sartén de cobre”. Han llegado y la montaña Peristeri ocupada por los búlgaros es “El ojo de Polifemo” que vigila incesante las trincheras y busca a los hombres con su dedo luminoso.

El relato avanza alternando la monotonía de la vida en la trinchera con episodios estremecedores o líricos que levantan la narración. Así, la constante de la lluvia, el barro, el hacinamiento, el miedo alternan con momentos de clímax como la descripción de los soldados ciegos, el episodio de los asnos destripados por los obuses cuando estaban en plena reproducción o la muerte de los soldados mientras beben agua de una fuente. También hay lugar para un intenso lirismo, por ejemplo el descubrimiento de una amapola entre la violencia y la destrucción, la nostalgia constante del Egeo con sus olas azuladas, gaviotas y barcos, el recuerdo emocionado y tierno de sus padres y de su amada, o el canto a la vida en contraposición a la muerte: “Jamás, antes de entrar en la trinchera, había sospechado el valor real de la vida”.

El entusiasmo juvenil ha ido dando paso a un escepticismo que describe la fanfarronería y estulticia de la mayor parte de los oficiales (sobre todo el general Balafaras), la abundancia de desertores, la camaradería entre los soldados, pero también su suciedad, sus piojos, su erotismo insatisfecho; la bondad de las gentes del pueblo que lo acogen enfermo, la sombra de la muerte que gravita siempre sobre ellos, la incomprensión exacta de lo que sucede como el gusano que Costulas descubre entre el barro y que muere sin entender qué le ha pasado… Y como epítome de la crueldad e inhumanidad de la guerra, los gases tóxicos que el enemigo emplea contra ellos.

En resumen, la novela (llena de recuerdos autobiográficos, porque Myrabilis también participó en diversos conflictos bélicos) es el testimonio de un pacifista convencido —la guerra es “un crimen organizado”—, una narración épica con momentos de un intenso y fino lirismo que potencia el canto a la vida. Por poco que cada uno de nosotros hayamos vivido, hemos acogido brevemente “el sol entero, inmenso, inmortal”.

No recuerdo obra tan profundamente antibelicista desde la película “Johnny cogió su fusil” (1973) del director Dalton Trumbo.

Facebooktwitterby feather

Publicaciones Similares

Deja una respuesta