Pablo Martínez Rosado: «¡Váyanse a paseo!»

¡Váyanse a paseo!
Por Pablo Martínez Rosado
Publicado en la Revista ETC nº 19

ETC nº 19

[UNA INVITACIÓN NO FIABLE AL RECORRIDO URBANO DEL COLECTIVO NOPRÓLOGO]

 

I

Billetes de autobús, algún número de teléfono, tickets de compra. Varias hojas de cuaderno, páginas de diarios, alguna pieza de ropa interior femenina, entradas ya canceladas a cines y museos. Un documento nacional de identidad caducado, según recuerdan.

Quedan enumeradas unas pocas de las piezas del botín.

II

A diferencia de los resultados de la libre competencia, aquellos objetos habían sido consecuencia de una de las prácticas más antiguas que se conocen: el trueque. Y sin embargo, no era ese el objetivo.

Los miembros del colectivo no se preocupaban del balance material de sus acciones. Es más, si algo les atraía de ellas, era su inmaterialidad, su proyección, lo que todavía-no- eran. Confiaban en su potencialidad.

Sostenían que las palabras sabían agitar. Convenía agitar la realidad.

III

Nada nuevo bajo el sol. Irrumpir en la realidad es uno de los sueños de cualquier escritor. El colectivo noprólogo, además, comprendió pronto que a la teatralidad de sus invasiones había que sumar su impacto estético. Las acciones de noprólogo alcanzaron, en ocasiones, cierta naturaleza pictórica. Si se tomaba la adecuada distancia, cada escenario parecía estar escrito con un pincel. La irrupción en una plaza de la merced (Málaga) sorprendida por la lluvia, todavía inmersa en los tiempos del botellón, y la toma de las palmeras de la también malagueña plaza de la constitución supusieron un alumbramiento, el despertar de este componente en sus acciones: otra luz.

IV

Partieron de un par de convicciones tácitas, rara vez explicitadas: 1) La calle es un espacio público que compartimos y que nos pertenece a todos, la ciudadanía; y 2) En la calle también podemos ejercer el derecho a imaginar.

Asimismo, los miembros del colectivo habían leído o discutido, en mayor o menor medida, acerca de los experimentos situacionistas, los trabajos de Duchamp, la importancia   de las vanguardias artísticas y las iniciativas del grupo italiano Stalker, liderado por Francesco Careri. Uno de sus miembros, además, recuerda algún pasaje travieso de la novela Los detectives salvajes, de Bolaño, que le resultó, sospecha, inspirador.

V

A estas alturas es de esperar que haya quedado claro de forma meridiana que los miembros del colectivo sentían un desprecio compartido por los prólogos. Los detestaban. Eran jóvenes y paladeaban cada sílaba, de manera que el nombre que habían escogido para su sello de activismo literario les pareció oportuno y musical.

VI

Paradójicamente, cada intervención del colectivo, desde sus inicios, venía acompañada de un texto explicativo caracterizado por su brevedad. El colectivo ofrecía sus obras, aquellas que pendían de La cuerda de los sentidos, a la lectura de un público indeterminado e infinito. Las instrucciones de uso –así llamaron al texto- observaban que, en caso de repentino enamoramiento de uno de los textos, el usuario podría descolgarlo de la cuerda y situar en su lugar algún objeto o pieza de papel que llevara consigo: el consabido botín.

VII

El verdadero botín era transparente. Los miembros del colectivo sentían cada intercambio como un posible alimento. La experiencia era literatura, visual, sugerente. Cada cuento podía generar otro cuento.

Incorporaron también poemas y obras plásticas. Algunos textos fueron ilustrados ex profeso. Y todos fueron completados por un público que, tan pronto como se detenía a mirarlos, devenía participante.

La plaza, cada espacio intervenido, parecía encarnarse en la palabra comunidad.

VIII

Junto a la transparencia del botín, los miembros del colectivo aspiraban a cierta invisibilidad. Soñaban con las libertades de sus obras y las versiones de sus posibles lecturas. Eran conscientes, por supuesto, del carácter político inherente a todas y cada una de sus acciones. Cada paso, y cada cuerda, fue política, pero nunca deseó ser un panfleto.

En un sentido amplio, dijimos antes, convenía agitar la realidad. Pero pronto el colectivo advirtió que cuanto hacía era intervenir la ficción que otros les habían vendido como el mundo real.

Desde ese punto de vista, esos otros miraron siempre a otro lado. Nos situamos a mediados de la primera década de nuestro siglo: las ciudades eran supuestas balsas de crecimiento económico, y unos pocos papeles al aire no podrían preocupar a esos otros. A fin de cuentas, los miembros del colectivo sabían que, por mucho que ellos mismos consideraran a sus obras reales, el público —los participantes— las vería como dispositivos de ficción. Es decir, irrelevantes para la autoridad.

Es más, algunos lectores consultados al azar creyeron que las instalaciones de noprólogo formaban parte de alguno de los programas de entretenimiento alternativo que ofrecía el ayuntamiento de Málaga en su combate contra el alcoholismo juvenil, mientras otros aseguraban que debían tratarse de experimentos realizados por equipos de investigación social de la universidad.

El colectivo, por su parte, nunca aspiró a ser institucional. Uno de sus objetivos era precisamente el opuesto: demostrar que se podía hacer cultura sin el paraguas de entidad pública alguna.

IX

Resultar invisibles no les fue fácil casi nunca. La estrategia de trabajo, por el contrario, era sencilla. El colectivo reunía sus obras, a las que también sumó poemas de María Eloy-García —con su permiso, por supuesto—, y las fotocopiaba de acuerdo con las dimensiones del espacio que se pretendía intervenir. Un colmado chino les proveyó, desde su primera acción, de cuerdas de tender la ropa y pinzas, a cambio, por supuesto, de dinero. En alguna ocasión anunciaron sus intervenciones a través de una plataforma en internet llamada fotolog con la voluntad de crear intriga; en el resto las prepararon sin previo aviso. Tender los cuentos y poemas fue casi siempre cuestión de minutos, gracias también a la colaboración de amistades cercanas, quienes a veces hicieron fotos y registraron en vídeo todo el montaje y el desarrollo de sus actividades. Una vez instalada la cuerda de los sentidos, los miembros del colectivo tomaban una distancia necesaria con su obra –alguna vez se apostaron en algún garito cercano, curiosos- y procuraban desaparecer.

Y un buen rato después, volvían.

X

Todo había comenzado en la inauguración de una muestra de pinturas de Cabeza de Gamba, uno de los fundadores del grupo, en el espacio que ahora es conocido como La casa invisible en algún momento entre 2005 y 2006. A partir de ahí, el comando itinerante visitó la Plaza de la Merced, el Ceulaj de Mollina, la Plaza de la Constitución y la feria del libro, cuando esta todavía ocupaba la acera norte del paseo del parque.

Sus actuaciones tuvieron una trascendencia discreta en los medios. La fina mirada del poeta y periodista Lucas Martín se fijó en ellas, y las mencionó en un artículo que fue publicado en el diario La Opinión, mientras el recorrido de sus trabajos en unas redes sociales cuyo alcance no era comparable al actual, fue limitado. El colectivo, además, siempre prefirió no un segundo, sino un tercer plano, una presencia fantasmal.

La satisfacción del colectivo reside en la naturaleza de sus acciones, su carácter efímero. La cuerda de los sentidos ha visto lágrimas, atención, conversaciones; se ha mojado y multiplicado; ha dejado huellas y las ha sabido borrar. Permanece colgada, quizá, en algunos de los árboles o las farolas de la memoria de la ciudad.

Sus fundadores, Ricardo Varela Realpe, Cabeza de Gamba y Federico Montero, continúan haciendo de las suyas, leyendo, escribiendo y cultivando la amistad. Hace ya cuatro años descubrieron sus rostros en una lectura conjunta en el Liceo de Málaga, en una suerte de conversación que derivó, por momentos, en una performance.

Hace poco supimos que uno de ellos se había convertido en un personaje literario: ha recorrido el camino inverso, de la ficción de las calles a la del papel. O tal vez lo hiciera tan sólo su nombre. Tanto él como el resto del colectivo, en cualquier caso, saben que cuanto tramaron era, en definitiva, una invitación al paseo, un poco a lo Robert Walser, quizá, una disposición distinta al caminar en horizontal y en vertical –el caminar de la lectura-, una pequeña aventura urbana.

Así que, ya saben, dicho lo dicho: váyanse a paseo.

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