Massimo Gezzi

Massimo Gezzi (Sant'Elpidio a Mare, 1976) ha publicado dos libros de poesía, Il mare a destra (Edizioni Atelier, 2004) y L'attimo dopo (Luca Sossella Editore 2009, Premio Metauro), que aquí en España publicó la editorial cántabra Quálea, como El instante después; más la plaquette trilingüe In altre forme/En d'autres formes/Ina andere Formen, con traducciones del francés de Jacqueline Aerne

y del alemán de Mathilde Vischer (Transeuropa, 2011). Sus poemas  han sido también traducidos a inglés, francés, alemán y croata. Ha preparado el volumen L'autocommento nella poesia del Novecento: Italia e Svizzera italiana (Pacini Editore, 2010), la edición crítica del Diario del '71 y del '72 de Eugenio Montale (Mondadori, 2010) y Poesía, de Franco Bufroni (en prensa en Mondadori). Traductor del inglés, actualmente trabaja como profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Berna. La selección de poemas que aquí presentamos forma parte del poemario El instante después (Torrelavega: Quálea, 2012).

HALLAZGOS

En la tierra se leen muchísimos
acontecimientos, me doy cuenta mientras voy por
un sendero de campo que no había
vuelto a recorrer: los troncos sesgados a la par
del terreno resisten por siglos;
a veces reaparece un objeto
que parece extraterrestre, tanta es la distancia
que lo separa del presente. Un día, por ejemplo,
he encontrado en el pequeño jardín
de delante de mi casa una máquina
de coser en miniatura, trastería o juguete,
negra y desconchada pero del todo
conservada, que al limpiarla habría dado
una elegancia démodé a un mueble
antiguo. Más raramente se encuentran
confetis de papel, a veces de periódicos pornográficos,
otros de marcas y escrituras impronunciables,
desteñidos por las babas o recortados
por quién sabe qué mandíbula paciente.
                                         Yo también sé decir
dónde están sepultados mis dos perros, blancos
y poderosos, enterrados por mi padre
después de años de paseos vespertinos
y de caricias. Quién sabe qué resiste, ahora,
de aquellos cuerpos, si los largos filamentos del pelo
o los colmillos caninos, o si es como
si hubieran transitado para nada
por aquella tierra, extintos del todo, devorados por insectos
que tal vez habré pisado sin demasiada
atención, no entendiendo que en el cric
de aquellos esqueletos retumbaba el latido
familiar de mis perros, la saliva que dejaba
minúsculos globos más oscuros en el cemento,
breves constelaciones evaporadas
en un segundo, en seguida desaparecidas en otras formas
ellas también.

 

LA MEMORIA DE UNA TIERRA

Esta tierra está cargada de memoria:
desde los edificios de la costa se cuentan
los claros perfiles de las colinas, hacia el oeste,
y los años que fluyen no cambian
paisaje, la retina permanece fatigada
por la luz o por el medio cono de sombra
observados desde siempre — cambian por estación
las voces de los pájaros; por años las luces
que esclarecen la concha semioscura
entre la casa y el paseo marítimo, corredor
de nieves balcánicas y de albas.
Hay sabiduría en esta
duración de la tierra, en la muda decisión
de las cosas que quedan. Hasta en el peso
que envejece las facciones, hay sabiduría:
pasan los hombres, se rinden ante el espacio,
en el hacerlo se convencen
de que pasar es su único motivo
para estar en el mundo. Es increíble que todo
nos sobrevivirá: la tierra trabajada
perderá cualquier apariencia y será
otra vez maleza, como el automóvil del abuelo,
que se quedó a la intemperie, en los faros escondía
dos nidos de avispas, y los convólvulos
llegados desde el huerto le entrelazaban
las ruedas en el claro,
la reclamaban para ellos.

 

LA SEMILLA DEL TILO

Mientras esperaba el autobús miraba
las oleadas de semillas de los tilos
llover sobre el asfalto después de un vuelo
de pocos metros: no arraigarán,
las ruedas de los autos las aplastarán
en polvo finísimo que la tierra
absorberá, con las lluvias de septiembre.
Me asombraba de su ingenio, del pequeño
aeroplano natural que tienen encima
y las acompañan, en la bajada hacia un tiempo
que no verán nunca.
Al atardecer regresando a casa en automóvil
he sentido algo resbalarme
de los cabellos: y en un brazo me ha aterrizado
una de estas semillas, con las alas
aplastadas y el pedúnculo doblado.
Lástima que no fuera
un bisonte de pradera, o un antílope
que a saltos atraviesa las montañas:
en un pronto de la carrera habría depuesto
la semilla anidada en mi pelo
en tierra fértil. En cambio soy un hombre
de ciudad, y de poco ha servido
su breve travesía, si ahora
abandono aquel grano en la terraza,
esperando algo más útil
que yo, un viento.

 

INSOMNIO

Una noche malgastada es poca cosa:
si la miras al trasluz es solo un punto
entre tantos, y un punto
pierde consistencia en el fondo
del tiempo. Por eso sería hermoso
tragar una pastilla para partir
el cansancio del trabajo y estar
fijos en la terraza para dividir el viento,
que bate los postigos no sujetos
de la casa de enfrente —
y escudriñándonos fijamente contemplar
el equilibrio de quietud de la sala,
los diodos de los standby que queman
la oscuridad — pero entender especialmente
lo que dice una golondrina
que pasa y chilla a las tres
de la madrugada: qué fin del mundo
hay en ese grito, y el instante después
qué silencio.

 

LA TEMPESTAD

Es sólo una tempestad semiveraniega:
el estruendo es del trueno,
la multitud que parece de piernas
aterrorizadas por el granizo se precipita
a la terraza por el viento — las sirenas,
lejanas o más cerca, son los bomberos,
que desalojan un tronco de una carretera
o absorben la salida de purines
de una cloaca — ¿no lo crees?, intenta alargar
la mano en lo oscuro, lo ves, no es sangre
que baja del cielo, es agua fresca,
y no es el silencio del terror
que escuchamos: es lo de la gente
protegida en su cubil y que quizá, como tú,
está buscando un abrazo — es solo
la tempestad de una noche occidental:
podemos dormirnos olvidados
de todo, soñar el mar abierto
desde la orilla de la cama.

Massimo Gezzi
Poemas
Traducción de Juan Carlos Abril

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