Mario Castillo: «Abril es el mes más cruel»

Abril es el mes más cruel
Por Mario Castillo
Publicado en la Revista ETC nº 14

April is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the dead land.
The Waste Land – T.S. Eliot

Esta noche he soñado con agua. No fue exactamente con su tacto húmedo y frío, ni con sus reverberaciones a diamante cuando la luz la rompe en cientos de trozos que se recomponen mágicamente en la superficie cristalina. No ha sido un sueño de inundaciones ni grandes olas que se acercan amenazadoras. Ha sido el sonido. El sonido del agua. O para ser más precisos, no el sonido de agua que rompe sobre agua, en danzarinas fuentes de la lejana Damasco o en el sigiloso discurrir de mansos arroyos. Tampoco el estruendo de grandes cascadas africanas o el silbido arrullador y atomizado de las altas caídas desde los tepuís sobre la fronda de la Amazonía. El agua puede sonar de mil maneras, tantas como trampas tiende el alma o el recuerdo. No. Ha sido algo más parecido al bullir sordo de burbujas de aire que ascienden a la superficie cuando escapan de la máscara de un submarinista. Pero no tan vívidas, no tan decididas ni multitudinarias. Recordaba más bien al último estertor de un ahogado.

Aunque no sería cierto si dijese que ha sido un sueño. Ha sido más bien una suerte de alucinación en el agotado duermevela de esta noche eterna que he pasado arropando a Rosa entre mis brazos. Esperando el alba. Sintiendo su respiración y mis latidos. Esta última noche a su lado no podía permitirme el sueño. Sólo a ratos me he dejado amodorrar en la calidez de su cuerpo y el olor de su piel. Ha sido en esos momentos de abandono, en el umbral de la inconsciencia, cuando me han llegado apagados, velados, los sonidos del agua. Burbujas grandes y redondas que ascendían despacio para romper como pompas de jabón.

Acabo de mirar el reloj en la mesita de noche y sus manecillas de verde abisal me indican que apenas nos queda tiempo. La mañana clarea entre las hendiduras de la persiana y una ligera brisa balancea levemente las cortinas de gasa blanca. El aire fresco y húmedo de abril enfría su piel desnuda. Se mueve inquieta y aprieta su cuerpo contra el mío, con fuerza. Ha abierto los ojos por un instante y ha encontrado los míos, insomnes, desvelados.

—¿Qué hora es? —susurra.

—Todavía no son las seis. Duerme un poco más.

No dice nada. Me besa despacio en el cuello y se deja marchar de regreso a la profundidad del sueño. Me quedan tres horas y no siento miedo. Apenas una ligera incertidumbre, algo parecido al desconcierto o a la incredulidad. Tres horas y estaré en sus manos.

El Enterrador me ha citado a las nueve de la mañana en la parada del once. A las nueve en punto, precisó, como si dudase de mi capacidad de compromiso con la palabra dada. Desde que me abordó, educado, ayer por la mañana en el despacho y me dijo lo que tenía que decirme, en pleno frenesí de clientes que iban y venían, entrando en los despachos, esperando en las grandes salas acristaladas de la notaría, lo que más me sorprendió de inicio fue que me citase en un lugar tan absurdo. Cuando lo vi por primera vez sentado en uno de los butacones acolchados de la sala junto al mostrador de recepción, sólo me llamó la atención su postura inquieta, de tránsito, como si alguien le hubiese dicho que sería recibido en unos minutos. No estaba retrepado, paciente, resignado, sino con las nalgas avanzadas sobre el borde del sillón. Parecía esperar un simple sello o una firma que le permitiera marcharse cuanto antes. Pasé en varias ocasiones a su lado, con escrituras ya visadas o anotaciones para incluir en un documento a la espera de firma. En una de esas ocasiones, cuando me hube girado para alejarme del mostrador, sentí que me seguía con la mirada mientras me alejaba por el corredor enmoquetado. Unos minutos después, cuando salía de la sala de juntas y volvía a pasar a su lado, me pareció intuirle un gesto diligente, de aproximación. Pero dudó al fin y no dijo nada. El oficial recibió de mis manos las tres carpetas para archivar. Me observó como si esperase de mi inmovilidad instrucciones adicionales que no llegaron. Cuando me giré para volver a la reunión en la sala de juntas, me lo tropecé a mis espaldas, de pie, a poco más de dos palmos. En su mano derecha asomaba una tarjeta de presentación blanca con ribete negro que me tendió con diligencia.

—¿El señor Ugarte? ¿Pablo Ugarte?

Las manecillas del reloj avanzan deprisa, vertiginosas. A diferencia del día de ayer, desde que el Enterrador fue al despacho a hacerme saber lo que había de saber y el día devino en una confusa, tensa y agónica espera en la que los actos más absurdos y extraordinarios llegaron a parecerme rutinarios, casi naturales, los segundos frenéticos de esta mañana fresca de abril se me amontonan en la garganta como racimos de uva. Rosa continúa asida a mí con ternura y firmeza. Pienso en levantarme, darme una ducha y acudir a la cita, pero me resisto; necesito un momento más junto a ella. Esa premura de permanencia es la primera sensación de angustia, el primer sentimiento que va más allá de la incertidumbre y me atenaza el pecho con el peso de una gran bola de plomo, el peso de lo que está por venir en esta mañana absurda que no comprendo pero acepto sumiso, entregado.

La parte de mi cuerpo que descansa sobre las sábanas me transmite un calor sudado e incómodo. Sin embargo, la piel que tengo en contacto con la suya me acoge con la calidez ciega y sosegada de cuando mi madre me arropaba antes de dormir; esos maravillosos instantes en que posaba con delicadeza la sábana fresca sobre mi rostro dejándome en una penumbra velada y  protectora, mientras sentía el peso de las mantas superpuestas conforme las iba añadiendo y cuadrando sobre mi cuerpo. El encanto de esos instantes mágicos, uterinos, que deseaba eternos, se rompía de pronto cuando mi madre bajaba el embozo y sentía el frío de la habitación en el rostro y el estampido de luces rosáceas, cegándome a través de los párpados cerrados. Me quedaba así, muy quieto, soportando el peso reconfortante de las mantas sobre los pulmones, las caderas, las piernas, que apenas podía mover. Esperaba con los ojos cerrados, muy apretados, hasta que me besaba suavemente en la frente, me apagaba la luz de la mesita de noche y la oía marcharse tras la puerta entreabierta por el pasillo iluminado. Entonces estaba seguro de que nada podría ocurrirme. Esa seguridad infantil entre mantas y sábanas que olían a detergente fresco me hace recordar ahora el sueño de agua de hace un rato. Ese duermevela de burbujas de estaño que rompen opacas, muy despacio, casi deletreadas. B-L-O-B. Ha sido esa seguridad amparada en el contacto del cuerpo de Rosa la que me trae de vuelta a la ensoñación del agua, espesa y cristalina. Una ráfaga de brisa fresca abomba el visillo de gasa casi transparente junto a la ventana y roza el lateral de la cama. Se mantiene así un breve instante, acariciándole las caderas desnudas y toma la forma redondeada y plena de una inmensa barriga de embarazada que se desinfla despacio cuando cede la brisa. Womb. Así es como llaman en inglés al útero materno. No el Uterus ginecológico, preciso, de los libros de medicina. Womb es el término que arropa mis recuerdos de mantas pesadas e infantiles, que incluye la redondez de una gran O, plena, pronunciada con la boca muy abierta y resonante. Junto a la O, como si le confiriese permanencia y la abrazase, una maternal M que hace resonar la palabra con la lejana letanía de tubas tibetanas. Abrazando a ambas, la voluptuosa W permite arrancar la O desde muy atrás, desde el fondo de la garganta, ahuecándola con un eco cavernoso que surge de las entrañas y pretende ser eterno. Y al fin, una B que me recuerda las burbujas de mi sueño y la explosión sorprendida de un alumbramiento. Un parto de aguas cálidas que se deslizan entre las piernas atónitas y desinflan el alma. WombWomb. Qué bellas son las palabras. Qué grandes dificultades hubo de afrontar dios para crear un mundo a la imagen y semejanza de las palabras que le barruntaban el alma. Womb, para romper aguas, para crear la vida. No es aire lo que se desinfla del vientre preñado de dios, como una gran ventosidad inerme y cósmica, sino agua. Agua cálida y viva.

El Enterrador me dejó ayer colgado de su tarjeta blanca con ribete negro. Cuando hubo terminado de decir lo que había de decir, se marchó sin más. Simplemente se giró y salió por la puerta del despacho. Si no fuese por el tacto satinado del papel entre mis dedos, habría podido afirmar que se trataba de una alucinación o de una broma de mi mente agotada. Miré a mi alrededor en busca de confirmación en el rostro de los que me rodeaban. Quizás una mirada cómplice o igualmente sorprendida, de conmiseración a lo sumo. Simple solidaridad ante la desgracia ajena. El oficial había dejado de prestarme atención en cuanto le entregué las carpetas y ahora tecleaba rápidos golpes en el ordenador. Una señora a mi derecha dormitaba con el bolso apretado contra el pecho. Cuando giré la vista a la izquierda, en la sala contigua, un joven trajeado y con el maletín de piel apoyado junto a las piernas, me observaba indiferente. Debía parecerle muy ridículo, pensé, allí de pie, de espaldas al mostrador frente a la sala vacía y el brazo extendido mientras sostenía una tarjeta de alguien que ya se había marchado. Después de unos segundos volvió a hundir la mirada en la revista que sostenía en el regazo. Reaccioné y caminé despacio por el corredor hacia la sala de juntas. Pasé de largo ante la puerta en donde me esperaban y desde donde surgían acaloradas palabras de desacuerdo. Alcancé la puerta de mi despachó, la cerré y me senté en el gran butacón de piel con orejeras que tanto me disgusta. El padre de Rosa siempre pensó que debía disponer de un mobiliario de acuerdo con mi posición y me llenó el despacho, generoso él, de objetos que nunca me atreví a rechazar y que me hacían parecer un viejo anticuario o un prestigioso médico de posguerra. Coloqué la tarjeta del enterrador sobre el escritorio y la miré hipnótico. A las nueve de la mañana, había dicho. No lo propuso, no lo negoció. Se limitó a comunicarlo sin afección, como tantos oficiales de juzgado me habían entregado citaciones cuyo acuse de recibo había de firmar y era evidente que le importaba un bledo si acudía o no. El Enterrador me pareció por su indiferencia más un recadero, un simple mensajero que no espera, ni siquiera le importa, mi posible ira, mi desconsuelo, mi abatimiento o unas desconcertadas preguntas que al final no me atreví, no supe o no tuve ocasión de formular.

Ya casi ha amanecido. Beso los párpados dormidos de Rosa, sin la pasión de las largas noches furtivas, de gemidos contenidos para no despertar a Lucía, que duerme en el cuarto de al lado. Le beso los ojos como se besan las postales que en destino serán leídas con la nostalgia del amante lejano. Le beso los párpados cerrados a modo de despedida, con la delicadeza con que cerramos los ojos de los muertos que amamos. Ha llegado el momento. No puedo esperar más. Ha de ser ahora. Me siento a horcajadas sobre sus caderas anchas. Rosa abre los ojos y me mira risueña, divertida.

—Déjate de tonterías, Pablo —flirtea con la voz aún rota por el sueño—. Vas a despertar a la niña.

Abrazo su cuello. Mis manos lo atrapan y siento el pálpito desbocado de sus venas latiendo bajo mis dedos. Me mira fijamente, ojos sin órbita, como pintados sobre una máscara de carnaval. Se abren cuando descubre la agonía. Son ojos de sorpresa, al principio. A los pocos segundos asoma el pánico. No soporto verla sufrir y aprieto aún más mis dedos amoratados por el miedo. Sus piernas golpean el colchón como la Hidra decapitada. Sus uñas me arañan el torso. Trata de alcanzar mi rostro, de zafarse y vivir. Esquivo las dentelladas con indiferencia y espero. Espero una eternidad hasta que la duda le alcanza el brillo de sus ojos y se detiene. Posa sus manos sobre mi pecho y se rinde, resignada.  Observo la pregunta en su mirada, por qué, y poco antes de que la última mirada se le escape de las pupilas, ya vacías, frunce el ceño y los ojos se le humedecen. Sé que llora por mí.

—Duerme, mi cielo —le susurro—. Duerme.

Le beso los ojos sorprendidos y me levanto despacio, como si temiese despertarla. Su cuerpo titila con las primeras luces rotas. Acaban de dar las siete y los haces alistados que filtran las ranuras de la persiana blanquean el dormitorio, perfilando los contornos de su cuerpo, bañándolos de un aura acogedor y liviano. Miro a Rosa por última vez. Fugaz y libre.

Salgo del dormitorio, al fin decidido, y camino despacio hacia el cuarto de baño. Paso frente al salón en sombras y por un instante espero no verlo allí, tengo la esperanza de que no esté, que todo haya sido un sueño entretejido con los hilos confusos del agua que me barrunta los oídos y me apacigua la ansiedad de lo que está por llegar, de lo que he de abandonar. Pero después de adaptar los ojos a la penumbra durante unos instantes, lo veo ahí, como una gran crisálida, palpitante, al acecho. El ataúd descansa apoyado frente a la mesa del salón, entre la tele y el sofá. Lo vislumbro entre sombras y la tenue luz que llega desde el pasillo no me deja apreciar el brillante malva y dorado que cubre sus formas falsas y ligeras. Lo dejé caer despacio, ayer por la tarde, cuando lo traje sobre el hombro izquierdo desde la funeraria, frágil como parecía, con su textura acartonada y sus relieves de flores. Lo dejé allí con la oculta esperanza de que se dejase ver, que se hiciese notar. Esperé a que la niña dijese algo cuando vi que lo rodeaba para cambiar de canal en la tele mientras merendaba. Esperé el gesto asombrado de Rosa, cuando después de cenar nos tumbamos en el sofá, arrullados. Pero nadie dijo nada. Lo esquivaron con la naturalidad que ignoramos los objetos cotidianos, los que siempre han estado ahí. Lucía incluso se sentó sobre él durante un rato mientras garabateaba dibujos infantiles esperando a que su madre terminase de ducharse para darle las buenas noches e irse a la cama. El color malva y blanco de los bordes del ataúd iban a juego con las flores lila y los encajes de su pijama. Estaba tan bonita, con sus piernecitas columpiadas sobre la alfombra. Rosa la llamó desde el dormitorio, a la cama, le cantó con dulzura. Entonces dejó las ceras esparcidas sobre la mesa y acarició con ambas manos las flores malva junto a sus piernas como si descifrase atenta un mensaje en braille. Levantó la mirada y me observó unos instantes, frente a ella, sentado en el sillón de fieltro.  De un salto se abalanzó sobre mis brazos y me besó las buenas noches en los labios, muy despacito. Con los dedos ensortijados en su cabello supe que no podía abandonarla.

No sé cuánto tiempo pasé ayer recostado en el sillón de mi despacho, mirando atónito la tarjeta del Enterrador sobre el escritorio, repitiéndome sus palabras, frías e indiferentes. El zumbido del teléfono me hizo reaccionar.

—Pablo, es Rosa, por la dos ¿te la paso?

—Dile… -dudé- dile que la llamo dentro de un momento. Ah y hace rato que me esperan en la sala de juntas. Pídele a Luis que deje lo que esté haciendo y lo termine ¿quieres?

Necesitaba pensar. Después de recuperar cierto tono de normalidad, me sentí con fuerzas y marqué su teléfono.

—¿Podrías pedirle a tu padre que recoja a la niña?

—¿Pasa algo?

—No, tengo que… Comeré algo por aquí cerca y me vuelvo al despacho. No te preocupes, no llegaré tarde.

Cancelé las citas del resto del día y salí despacio, palpando con los dedos las aristas cortantes de la tarjeta en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Caminé durante horas, largas horas de primavera. La brisa fresca sobre el rostro avanzaba una tormenta que no terminaba de romper. Quizá aún me diese una tregua para hacer lo que tenía que hacer. A las nueve todavía no habremos abierto, me dijo el Enterrador, será mejor que pase usted personalmente esta tarde y escoja el que más le guste. Aunque da igual, con tal de que sea ligero. Le espera una larga caminata por la mañana. Sea puntual, insistió.

Dos horas y todo habrá terminado. No es que me importe realmente, hace tiempo que sabía que tenía que ocurrir. Hace tiempo que siento que algo húmedo y voraz me crece dentro, como un río de lava helada que asciende derribando los diques de arena que mal me sostienen el alma. De alguna manera, la visita del Enterrador y su mensaje no me sorprendieron, por lo inevitable. Pero no de esta forma, no ahora.

Como me viene ocurriendo en los últimos años, esta mañana no reconozco la imagen que me devuelve el espejo del baño. Ese extraño que me mira a los ojos no tiene nada que ver conmigo. No es que me parezca prematuramente envejecido y me disguste en lo que se ha convertido. Simplemente no soy yo. No puedo serlo. No ése. Todos congelamos un momento de nuestra imagen, una instantánea que se fija en la memoria y nos acompaña el resto de nuestros días. Yo detuve el tiempo al poco de terminar en la universidad, calculo, en los veintitantos, ya compartiendo mi vida con Rosa. La niña aún no se había colado en nuestras vidas. Siempre que pensamos en nosotros mismos, recuperamos ese archivo oculto, inalterado, y lo proyectamos sobre nuestra conciencia, hasta que cada mañana nos sorprende en el espejo ese extraño, ese invasor. Como el retrato apestado de Dorian Gray, despacio, una sombra que nos trepa por las pantorrillas, oculto en la vorágine de los días tras los días, tras las noches, la imagen que vemos de nosotros mismos en las fotos familiares se va distanciando del que sabemos que somos hasta que distorsionamos tanto que nos volvemos irreconocibles. Mientras tanto el fantasma fresco que tan mal pactó una eternidad inalcanzable y mezquina, nos inunda con una falsa esperanza de juventud.

Esta mañana el extraño que mira desde el otro lado del espejo repite mimético mis movimientos, como si me siguiese, como si fuese yo mismo; abre el grifo de la bañera, se agacha y ve correr el agua entre los dedos. Súbitamente siento que esa es la gran diferencia. El joven que me ha acompañado hasta ahora siempre se ha sentido húmedo, como una esponja plena de agua y jugos. Al que ahora miro de reojo, con desconfianza, sobre el espejo del baño, es un desierto, tan árido que temo se diluya con la corriente de agua que me recuerda al que realmente soy.  Me meto en la ducha y regulo la temperatura. El agua tibia se desliza por mi rostro elevado hacia el cielo.

Escogí uno de cartón piedra. El interior tapizado en seda blanca, ligero aunque incomodo de llevar sobre los hombros. Las volutas de flores malva y de hojas de acanto se me clavaban en el cuello y apenas me dejaba respirar. Quise ver gestos de extrañeza en la mirada de los transeúntes. Cuando se cruzaban a mi altura se pegaban a la pared o bajaban el bordillo para hacerme sitio. Después de un rato descubrí que no era más que fastidio, una incomodidad indiferente al tener que alterar sus pasos y vadearme. Apenas si me miraban, simplemente soslayaban la mirada esquiva y culpable que usamos para ignorar a los mendigos. Después de cada trecho agotador, me detenía a descansar y dejaba el ataúd en vertical reclinado sobre la pared junto a los portales. Me sobresalté al recordar los muertos expuestos al sol en las películas del oeste, tras los duelos de los matinales de mi infancia, esperando no sé muy bien si el reconocimiento o la ignominia. La exhibición opaca de la muerte. La venganza y el escarnio. Así, verticales, como si se sostuviesen solos, rígidos maniquíes de escaparate. Muertos vestidos con trajes elegantes que nunca pudieron costearse en vida, cubiertos por el polvo blanquecino del olvido que les espera, polvo sobre los muebles de casas abandonadas. Los lienzos blancos sosteniéndoles la mandíbula como si les doliesen las muelas; los rostros arenosos y pálidos; la piel, momificada, ajustada a los pómulos angulosos y lívidos; los labios entreabiertos mostrando unos dientes secos y amarillentos; ojos vislumbrados tras los párpados sin mirada.

Mientras me dejaba descansar junto al ataúd vertical, hombro con hombro, compadres de resaca, y rememoraba mis muertos matinales del oeste lejano, me alcanzaron a la memoria los escasos retratos del Che ajusticiado. Asociación de ideas, espejismos de la memoria, simetrías maravillosas del recuerdo. El Che amortajado con improvisación sobre una mesa de madera, creo, en una casucha de la sierra boliviana. Recordé el impacto que me produjo verlo así, cuando de adolescente descubrí las fotos en una edición barata de sus diarios. Y me impactó porque ese muerto reciente no se asemejaba en nada al guerrero altivo del póster que había decorado mi cuarto durante años. La foto de Alberto Korda forzada con un claroscuro de sombras profundas y luces cegadoras, ecuatoriales, ocultaba una mirada infinita, desafiante y orgullosa. Vivo. Pensé que como a los pistoleros expuestos al sol de mi infancia, al Che amortajado no le habían arrancado la esperanza sino el alma. Ayer por la tarde, descansando junto al ataúd malva de camino a casa, descubrí al fin que lo habían disecado a balazos y por los agujeros coagulados, negros y polvorientos de su cuerpo se le había escapado el agua que le daba la forma, la vida, la consistencia. En la visión de esos muertos recuperados por la memoria reconocí al invasor que cada mañana se asoma como un mimo patético y triste al otro lado del espejo. Ese extraño simétrico y desdibujado me recordó a mis muertos momificados, secos ya, camino del polvo.  El viento. La erosión. El olvido.

En uno de esos descansos de ayer por la tarde, ya a pocas manzanas de casa, el cielo plomizo se derrumbó como había venido anunciando toda el día y gruesas gotas de lluvia me devolvieron la urgencia de ocultarme junto a Rosa. Allí donde el Enterrador no pudiese alcanzarme. A salvo entre las risas frescas de Lucía. Mi refugio.

La lluvia en el rostro me devolvió a la vida y ahuyentó la sequedad de los despojos de la muerte. Respiré profundamente el olor mojado y azufre de los truenos. Me sentí reconfortado y oí desde las cavernas de las entrañas el suave aleteo de miles de mariposas inundándome los pulmones, rozando sigilosas las llagas internas del pecho. Espuma que me indicaba el camino. El que me ha traído hasta aquí. El que me queda por recorrer. Escaso. Definitivo. Eterno.

Esta mañana, al salir de la ducha, me he anudado el lazo de los zapatos y he sabido que eran los zapatos de un muerto. Como esos miles de zapatos desperdigados cada día en las cunetas, o junto a los restos calcinados de aviones, o entre matorrales que ocultan cuerpos violentados y ensangrentados. Zapatos que, al despertar la mañana que habían de morir, los calzaron sus ocupantes sin saber que estaban vistiendo a un muerto. Zapatos inútilmente abrillantados y encerados con esmero. Zapatos que serían fotografiados, recogidos de entre la maleza, ignorados algunos. Meticulosamente anudados horas antes de que los viesen ojos extraños, horas antes de que salieran despedidos por el impacto. Zapatos que descansaron la noche de la víspera en la oscuridad de los armarios o bajo la cama, siendo ya los zapatos de un muerto que dormía plácidamente sobre ellos, que hacía el amor apasionadamente o pasaba su última noche desvelada. Zapatos agazapados, esperando en la penumbra su cadáver. En cambio yo sí lo sabía y quise imaginar quiénes descubrirían mis zapatos y verían mi nudo doble de hombre ordenado, quién los recogería junto a mi cuerpo y los metería en una bolsa negra de plástico, cuando ya hubiesen cumplido su función y hubiesen llevado a su muerto hasta la cita definitiva. ¿Cómo me verán los otros? Temo, ahora aquí tumbado en mi ataúd y sintiendo el arrullo de la brisa que me llega del mar, que me expongan momificado como los cuerpos polvorientos de las películas de mi infancia. Ellos se  creerán ante los restos de lo que fui. Pero ya no estaré allí. Sólo verán un eco remoto, un holograma, vacío e intangible. El agua. Eso es. El sueño del agua, la lluvia sobre el rostro. El agua. A la que he de volver. Lo que he sido. Lo que siempre seré. Volver a la inmortalidad del agua. Recuerdo que de niño, al terminar los cumpleaños y recoger los restos desinflados de los globos de colores sobre el césped, siempre creímos estar ante lo evidente. Qué equivocados. Los globos seguirían flotando libres después de explotar entre nuestras manos infantiles, blob, en el parto simétrico de la muerte, fundiéndose con otros millones de globos invisibles. Sólo teníamos que mirar hacia arriba y veríamos el cielo cubierto de esferas de colores sin forma, de todos los cumpleaños que han sido, de todos los que están por venir.

Son más de las siete y media. Ya es hora. El eco acompasado de las gotas de agua sobre la bañera llena reverbera cristalino entre los azulejos blancos. He traído a Lucía hasta el baño, desmadejada por el sueño, entre mis brazos. A salvo. Su carita escondida contra mi cuello, arropando el calor que aún conserva de las sábanas. Después de mirarla por un instante, he besado su frente y la he dejado descasar bajo el agua tibia. Con mis manos he cubierto su rostro diminuto y sus ojos espantados me han mirado a través de la superficie cuarteada en mil cristales. Entre mis grandes dedos que esconden sus labios han surgido burbujas redondas como perlas, ensartadas una tras otra hasta alcanzar la superficie. Cada una traía escondido un grito amortiguado, una súplica, y al romper se han desvanecido en el aire como ecos lejanos en la niebla. Para calmarla, le he susurrado melodías calladas. Para que se durmiera, mi niña, y se dejase ir despacio. Las mismas canciones que siempre le he dejado recostadas junto al oído las noches inquietas, apenas pronunciadas, hasta que la envolvía de nuevo el sueño. Cuando el pánico de sus manos ha dejado de romper la superficie del agua y se ha calmado, la he dejado reposar en el fondo, como una ninfa desmadejada. Me he levantado y le he mirado el pelo ensortijado flotando sobre su frente. Ahora camino por el pasillo con los brazos empapados. Las gotas que dejo caer desde mis manos piadosas mojan el mármol frío, gotas de rocío sobre pétalos helados de lilas que brotan de la tierra muerta. La misma piedra que sonará cripta cuando cierre la puerta de casa, retumbado en los oídos, tras mis pasos. Entreabro el dormitorio para ver a Rosa, apacible y dormida, por última vez. Está girada, boca arriba. Tiene los ojos muy abiertos, aún sorprendidos, como si estuviesen desvelados, y  unas torpes lágrimas le surcan el rostro, bordean el lóbulo de la oreja y le mojan los mechones de cabello junto a la nuca, para descansar al fin sobre la almohada. Mojada. Rebosante de largas noches de humedad, de felicidad, de palabras, de semen. Sábanas empapadas de sudor. Líquidos que se nos han ido escapando por los agujeros de bala. Igual que al Che. Como a los muertos  polvorientos de Ok Corral. La gasa blanca de la ventana se mece irregular sobre sus piernas. Ofelia flotando entre nenúfares. Agua sobre agua. WombWomb. La dejo reposar sobre el lecho mojado y fresco. Vuelvo al salón y arrastro el ataúd de cartón piedra. La puerta blindada suena definitiva, blob, como rompen las burbujas de esta vigilia dulce y esperanzada.

El asfalto aún brilla con la lluvia de la noche. Me coloco el ataúd sobre el hombro y camino pasos sigilosos calle abajo. La parada del once, me indicó el Enterrador. Qué absurdo. La ciudad parece aún dormida a pesar de la luz difusa que asoma ya entre los edificios. Calle abajo. Calle abajo y a los tímpanos anegados aún me llegan nítidas las gotas que forman círculos concéntricos sobre la superficie de la bañera inundada. Lágrimas y burbujas ahogadas. Algunos coches despiden regueros de agua sobre la acera y las salpicaduras me calan los bajos de los pantalones. Como bien dijo el Enterrador, me espera un largo camino esta mañana. Un largo camino que dejo pasar bajo los pies mojados. Un largo camino a casa.

La parada del once está en una gran alameda junto al mar. De entre las fachadas de las casas señoriales llega una brisa salada que mece las ramas de los plátanos y sus hojas descargan gruesos hilos de lluvia sobre el ataúd cerrado que resuena cavernoso y huero. Dos pasajeros esperan sentados en el banco metálico. He dejado el ataúd junto a la marquesina, ahora tumbado sobre la acera, y tomo asiento junto a ellos. Pasados unos minutos, los dos pasajeros suben al autobús que acaba de detenerse frente a nosotros. El tráfico es escaso y los coches aún mantienen los faros encendidos, destellos que centellean sobre el asfalto mojado. Apenas veinte minutos para las nueve. He llegado antes de la hora fijada por el Enterrador. Estoy cansado, muy cansado. Levanto la tapa del ataúd y siento vértigo ante la añoranza de lo que está por venir. Necesito tumbarme y descansar. Descansar toda la eternidad. Me recuesto sobre el satén barato que recubre el interior del ataúd y dejo la tapa abisagrada abierta.

Desde el interior sólo puedo ver las ramas de los árboles meciéndose como largos brazos en una danza ágil y siniestra. Algunos rostros se asoman curiosos, me observan y desaparecen. Otros se mantienen durante unos segundos como si oteasen la luna reflejada en las profundidades desde el brocal de un pozo. Estoy cansado y cierro los ojos.

Faltan dos minutos para las nueve. Me levanto sobresaltado y salgo de mi ataúd de cartón piedra. Al fondo de la alameda, entre los setos de los jardines y los alcorques, el Enterrador se acerca con paso seguro. Cruzo la calle y huyo hacia el mar. Él se detiene un instante y me mira sorprendido. Antes de volver la esquina, me giro. Está de pie junto al ataúd vacío. Se diría que esperase el autobús. En su mirada ya no hay sorpresa. Me observa, y en sus ojos creo ver un sesgo de satisfacción. Me alejo con paso apresurado y al dejar las casas atrás, el mar se abre infinito ante mis ojos. Parece sucio y opaco. Las olas que sobreviven al temporal de anoche rompen contra la tierra negra. Sin embargo, algunas se desmoronan lejos, sobre los bancos de arena, y las crestas blancas desbordan hebras de espuma y algodón.

Me descalzo con cuidado y dejo los zapatos, pulcramente anudados, junto a la chaqueta de tweed que tanto me gusta. Me acerco a la rompiente y el agua que retorna me socava la arena bajo los pies y siento que me hundo en arenas movedizas. Avanzo. Con el agua a la cintura, me detengo unos instantes y miro el horizonte quebradizo y gris. Cuando ya me cubre el rostro, cierro los ojos y bebo a pequeños sorbos el agua salada. Womb. Vuelvo a sentir el acogedor abrazo del agua y me siento arropado, en casa. Home, curioso, ahora con la aspiración susurrada de la hache y la terminación de labios prietos y resonantes. Siento que el agua me devuelve al hogar, al inicio, a la protección de los párpados cerrados y las mantas infantiles, cálidas y maternales. MomMom, resuena el agua y la espuma.

Desde las profundidades aún me alcanza el estruendo amortiguado de las olas. Voces lejanas que gritan tu nombre.

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