Juan Lamillar: «Noticias de Córdoba»

Noticias de Córdoba
Homenaje a Pablo García Baena
Por Juan Lamillar
Publicado en la Revista ETC nº 11

Esas noticias de Córdoba que, recordando al poeta Ben Suhaid, no sabía a quién pedir Pablo García Baena en su poema dedicado a la destrucción de su ciudad (Antes que el tiempo acabe, 1978), nos las había ido dando él mismo en sus libros, pues el antiguo muchacho desgranaba una letanía de nombres, lugares, paisajes y personajes que dibujaban una ciudad que se resistía a perder su identidad en ese combate inútil entre conservación y progreso.

El mismo adolescente que se deja arrastrar por los nombres exóticos del atlas y sus imaginadas aventuras, que se pierde en los cuatro jardines que abre la primavera, es el que acude a los nombres de calles, plazas y huertas que frecuenta y nos los entrega como un signo de identidad y permanencia: “Plaza de los Aguayo, Piedra Escrita, / Tesoro, Hoguera, Mucho Trigo…”

Lejos siempre del “siniestro carnaval turístico”, la Córdoba vivida y escrita  por Pablo pertenece a lo íntimo, y es una delicia —por amistad, por poesía— pasearla con él de vez en cuando. Memoria viva de una Córdoba anterior a la guerra, nos va señalando lo que permanece aún y lo que hubo en el lugar de las modernidades más o menos acertadas como si nos revelara (y es una imagen que él usa hablando de su poética) “viejas fotografías iluminadas por un fogonazo de magnesio”.

En el álbum de fotos de nuestros paseos (algunas reales, otras conservadas en la memoria) veo a Pablo caminar por las calles de su infancia, que siguen conservando el encanto de lo popular, su autenticidad, lo mismo que esa casa céntrica que visitamos para saludar a unas amigas suyas que son como personajes de Henry James, rodeadas de tallas religiosas y disfrutando de un patio cuidado, florido e íntimo, que no se presta ni a exhibiciones ni a concursos. Cuando salimos, nos indica un rótulo “que parece sacado de uno de mis poemas” y, efectivamente, la tienda de artículos cofrades lleva el esdrújulo nombre de “La clámide púrpura”.

Pasamos las páginas que hacen presente el itinerario de las iglesias fernandinas, los conventos barrocos, las innumerables tallas de cristos, vírgenes y santos. Y cómo olvidar una mañana en la que paseamos, solitarios, por la exposición sobre Cántico. Los amigos muertos, sus libros, sus manuscritos, las fotografías. Con la mirada del superviviente, teñida quizá de melancolía, Pablo se reencontraba también con sus retratos juveniles, con los bustos de madurez, con los dibujos de los amigos… Una doble vida, personal y literaria, atrapada en vitrinas, y una actitud de entrega y distancia por parte del protagonista.

En nuestro último paseo acabamos en la iglesia de la Magdalena, ahora desacralizada y convertida en sala de exposiciones. Sus muros acogían una muestra, “The Kitchen”, que pretendía ser un homenaje a Santa Teresa, por lo de Dios y los pucheros. En las grandes fotografías se veía levitando y vestida de negro a Marina Abramovic, como una Mary Poppyns de la mística. Tan cercano siempre a las artes y las artesanías (cómo no señalar las filigranas de sus reposteros), Pablo contemplaba las obras  con una mezcla desigual de curiosidad y escepticismo, pero sí es verdad que en una de las fotos que le tomé aparece ante un fondo escueto, casi cartujo: una ausencia con el empaque de una vanitas.

Durante sus muchos años de residencia malagueña, a esa Córdoba rechazada por su moral asfixiante la redimía la ciudad viva de sus recuerdos, rescatada en sus versos, pero sin olvidar que “junto a las olas yo también soy libre.” Ahora, desde las cales y plazuelas de su ciudad nativa añorará la libertad del mar; desde el senequismo cordobés, el hedonismo malagueño, pero con la certeza del que sabe que es, como dejó escrito en una de las hojas de su calendario, “un hombre que camina despacio por la orilla del tiempo”.

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