Juan Ceyles: «Ciligubedias siderales»

Ciligubedias siderales
Por Juan Ceyles

Juan Ceyles Domínguez | Imagen de Málaga Hoy

Lítotes y Afluentes & Co.

Hay una figura retórica apostada a mi puerta, con gabardina y sombrero de gánster, que es una manera de referirme a esa inmediación que me acecha; un gas que emana de las glándulas de la pacindaria: una lagarta adélfica que pulula por mi barrio y que –sobre todo en este tiempo de alta floración– produce una alergia tontaria que anuda mi pluma en la constipación perentoria hasta lanzarme su lengua puncular contra mi ojo. ¿Todo esto tengo que sufrir para, además, decir lo contrario? Podéis verlo en mi misma pantalla: las columnas de textos retorcidas como las salomónicas; lo malo es que no me solucionan ningún juicio: mis hijos mueren, una y otra vez, descuartizados. La calle entera está de botellón reclamando su maternidad. Debería cambiar el curso de este río.

Hoy se descubre la placa de un velero

Dicen que tuvo un andar tautológico por toda la ciudad a consecuencia de un mordisco de tortuga en el pie derecho y de un nido abisinio que le surgió en el cerebro al rato de desayunar. Incluso bajaba por los ascensores sin pulsar las teclas amarillas, y que llegó un momento en que todo el mundo lo reclamaba, y que sin él no había costumbre de inaugurar concierto alguno, aunque fuera de Plosh Grame. Llegaba, indicaba con sus brazos la dificultad de las contravenciones previstas, besaba los abanicos preferentemente azules de las damas y se confirmaba en el destino de sus espaldas.

Hoy, el alcalde de Confiterías, a las 14:15 p.m., descubrirá su placa inscripta de algoritmos frustrantes a sus antiguos modos y usanzas y la banda de cornetas y televines interpretará en su honor el himno suquio de los merenguillos.

Tenemos el placer, dulce y goloso, de dedicar esta glorieta de sentidos contradictorios en la que cada quisque podrá conducirse a su modo sin obligación de cumplir con señales ni gaitas. Para ello, quemamos en su honor el código de circulación y a la vez soltamos mil pollos argentinos. A tan insigne vecino, que tantas tortas dialécticas repartió sin distinción de piso ni letra impar en su incesante trasiego.

¿Quién es Usted?

Imagínense que invitan a su casa a un grupo de personas; viejos, rubios, lacayos (usted no sabe nada; sólo da nombres). A la mañana se inician los procedimientos, se saludan, toman café, se intercambian disparates. Albaquión se cimbrea porque cubre el ala veintinueve desde donde se controlan las pinta-rojas. Los tejados le caen vecinos a la universidad (allí saben: las cagadas señalan el camino). Pero ella se conduce de oídas y canta sin bragas. A las once se dan cita arriba; el ascensor está averiado y él le propone un adagio (miren que bonito). Comienza desabotonando su cuello con tal prontitud y protorpeza que los granos de porcelana contuberina caen en cascada por el hueco de la escalera. Entonces todos, con los ojos izados, levantan sus copas para brindar por lo que fuera. ¿Quién es usted? Todavía no nos ha dicho su nombre.

Botones, protones, neutrones

Para Eu, el ojo de una vaca era una especie de bola de cristal en la que podía leerse (o rumiarse) el futuro. El futuro, para él,–enfatizaba– no estaba en aquella dirección, ni en aquella otra, sino justamente donde estábamos en cada momento: una especie de segunda espalda que se movía con nosotros sin que pudiéramos verla: pegada como una lapa; “para verlo, necesitábamos un juego de espejos”; lo pronunciaba con tanta precaución juuueeeegggoooooo, que la dejaba suspendida sobre nuestras cabezas, flotando como una nube de algodón dulce. Mientras, la vaca nos miraba desde fuera del tiempo y nosotros nos mirábamos en su ojo como en un gran angular (ojo de vaca, ojo de pez); como en aquel espejo convexo de Jan van Eyck (bajando la voz y pegándose a mi oído, me confiesa que fue Rimollesco quien le descubrió la técnica de escudriñar en los ojos de los animales) donde se reflejaba el matrimonio Arnolfini, como en el ojo del tiempo, “ese tremendo animal” enfatizó más, si esto fuera posible). Hay una larga historia de botones mágicos que Eu me iba detallando; me aseguraba que podíamos viajar yendo de uno a otro a lo largo de toda la historia, y que, de esta manera, algún día podrá resolverse el enigma del tiempo: cuando descubramos todos esos botones. Me puso ante los ojos aquel que pintó Quentin Metsys, “El prestamista y su esposa”, sin duda inspirado –me aseguró– en un original perdido de van Eyck. La obra (el cuadro) es un botón, dentro del cual descubrimos un botón; dentro del cual, si somos capaces de mirarlo, hay otro y, detrás, otro, hasta contenerse todo el mundo; el mundo comprendiéndose a sí mismo, en sus propios fundamentos. Llega un momento en que el botón deja de ser botón, se desaprecia, suelta amarras y se cuela en el otro ojo que lo mira: es el botón definitivo. Esa es la metáfora –decía Eu– que nos enseña la vaca, aparentemente vacua, perdida, como flotando en otra dimensión, fuera de todo. Por eso fue tan apreciada en aquella época, esta técnica miniaturista, que permite demostrar la curvacidad del tiempo. Esta obra, la de Metsys –que es como una llave– llegó a buscarla con denuedo el propio Rubens y que no descansó hasta conseguirla, maravillado o dislocado en aquel precipicio: entre su propia y consustancial exhuberancia libérrima y aquella otra incontenida y vortiginosa meticulosidad; la verdad expresada en medio de dos imposibles contrasentidos. Eu logró meterme allí adentro, en aquella burbuja espacio-temporal; nos veíamos a nosotros mismos en una lejana conversación; aquel matrimonio mezcló su vida en las disquisiciones tecnológicas de Eu, que cada vez hablaba con mayor entusiasmo; a mí me observaban con cierto desafecto calvinista. Me hablaba (nos hablaba) de una increíble tecnología que hacía posible que las vacas, mientras rumiaban en el prao, fueran capaces de tejer, a través de unos filamentos invisibles de pluradmio (algo así como el concepto virgen en su fulgor material) una malla virtual capaz de traducirse en macrovoluntades estereoimanadas y de alcanzar –simultáneamente– una densidad similar a un sellado sin fisura, para que, mientras se desencadenasen las complejas operaciones algebraicas de tantos corazones (teóricamente todos), los efluvios de los correspondientes millones de toneladas de basura (teóricamente todas) no contaminaran el ambiente mientras tanto. Y evitar así que el tiempo se convirtiera en un interminable “pensamiento asqueroso”. Me aseguraba, que aquel proyecto, ingenioso y tecnológico, cuyas dimensiones superaban las de cuatrocientos millones campos-luz de fútbol australiano, cambiaría definitivamente su vida (nuestras vidas).

Eu tenía los papeles guardados/escondidos en el fondo de la heladera, envueltos en plásticos oscuros con olor a petróleo. Me contó que pasó con ellos por treinta y tantas fronteras, incluida la etrusca, sin sufrir registro alguno y que, llegando a Lepe, lo paró la Guardia Civil. Se quedó ronco de repetirlo: que eran de su propiedad; que los había comprado a un ingeniero de la pampa mandruga, como podía comprobarse, con sus correspondientes sellos y rubricaturas; que tenía cita prevista con el ministro de Oncenajes aquella misma tarde; que los llevaba ocultos sólo porque el papiro era particularmente sensible a la luz y que se dañarían las coordenadas de seguir expuestos a los focos inmisericordes de aquel acuartelamiento. Intentó hacerles una demostración con boñigas de burro, una canica, y el ojo de la cerradura, que era lo que tenía más a mano. Los picoletos se miraron el uno al otro, y con gestos desconocidos le hicieron recoger sus bártulos, y le dijeron: “Anda, tira p´adelante; y que Dios te coja confesao”. Así que había salido de allí que se las pelaba.

El picoleto que permaneció sentado, le preguntó al otro, que lo despedía en la puerta: –¿Qué tiempo hace?

El de la puerta le respondió: –Tranquilo. (Y, a su vez, le correspondió la pregunta) ¿Qué hora tenemos?

El que permanecía sentado se quedó enganchado en el verbo: –¿Tenemos?

Eu desaparecía al fondo del panorama cerrándose un círculo sobre él, como en el final de las películas de Chaplin.

Diligentia non excusat

El orador llevaba cuatro horas seguidas sin resuello perorando sobre la Teoría de Colas; la garganta era un áspero simulacro de relinchos muertos y, con lágrimas en los ojos, suplicó un vaso de agua. La azafata más próxima, que había llegado desde Pontedeume, única fémina de una familia de catorce, se fue disparada hacia el refrigerador, cogió una botella velada y llorosa y la vertió hasta el borde del vaso y, dando un respingo de emoción, retornó hasta el estrado ofreciéndolo con dignidad al estoico ponente. Éste suspiró y cerrando los ojos con la cabeza alzada hasta el cielo, vació sin respirar el líquido elemento hasta –como castizamente se dice– verle el culo al vaso. Si antes había dejado asomar lágrimas de agonía, ahora los ojos parecían dos turbinas acuosas descompuestas. Su rostro, que parecía pálido por naturaleza, adquirió un rojo zanahoria con tintes berenjena, se convulsionó haciendo aspavientos con los brazos y dejó escapar un alarido que más parecía el caballo del llanero solitario. La de Pontedeume miró la botella, que todavía sostenía entre sus manos, y pudo ver que la etiqueta no correspondía a agua de Vichy catalán precisamente, sino de Ginebra Lirios.

La teoría de Colas no pudo hallar mejor colofón que esta aria bufa y espasmódica con retrato estupefacto de sílfide de Ares, tal cual quedó ella.

La draga mágica de Emmanuel Schikaneder

Emmanuel nació en su pueblo (ciudad, si lo prefiere); una localidad cuyo nombre no conviene meter en agravios. Mozart (Wolfgang Amadeus) no sabía siquiera, cuando lo conoció, que era el autor de aquel libreto; tropezó con él en el tranvía de Düsseldorf en unas vacaciones con su suegra. Los caballos se encabritaron en una sinestesia poco habitual, pero el descarrilamiento trastocó tanto los papeles, que los animales acabaron con velos y sombreros negros y, las damas, configuradas soberbiamente en top-less anacrónico (no podía ser de otra manera). La cuarta estrofa, que ya estaba encarrilada, requería la entrada del oboe, pero éste –patidifuso– no lo hizo, en cambio, entró un relincho del caballo, que compungió el ligamento de cuatro corcheas seguidas, de tal forma, que Emmanuel, que en ese momento ayudaba a incorporarse a una de las señoras, tuvo que abandonarla de nuevo y tomar las bridas del asunto: Si vuesa merced no lo remedia, el libreto será pasto de este perisodáctilo neurotizado por la música de los ancianos salzburgueses, y mis donosas sopranos se volverán cabareteras del mesozoico ofreciéndose en este carromato a las hordas roqueras.

Fue entonces cuando un halo feérico se interpuso entre ambos, y –ambos– se adentraron en él sin dudarlo; como si fuese la ocasión que hubieran estado aguardando durante toda su vida.

Fin del primer movimiento.

Maullidos

No hemos inventado la razón; la razón estaba allí, como una medusa entre-tenida en el agua, flirteando con los erizos y al albur de la metamorfosis de las metáforas.

Una inmersión profunda, aguantando sin respirar, esperando en el fondo su momento.

Pasaban por encima las panzas de los acorazados, las galeras que iban y regresaban con los gritos de los negros, las pateras arrastradas por las algas hacia la eternidad, las lanchas rápidas de los cuatreros saltando como ranas mecánicas.

Los lobos marinos y los tiburones la rozaban para comprobar si era un ser vivo.

Allí estaba, porque en nuestro mundo es imposible que algo exista sin que lo nombremos.

Cuando, por fin, alguien pronunció su nombre, primero se quedó inmóvil durante todo el mes de setiembre, luego se dejó llevar por un leve impulso, pero suficiente, hasta la superficie. Allí la aplaudieron los delfines. Y ella, sin dejar de ser lo que era, dejó escapar un gesto como de “ya veremos…”

Después de nombrarla, comenzaron a cargarla con preguntas y preguntas, de tal manera que se fue hinchando hasta tal punto que casi no podía flotar y comenzó a descender, otra vez, hacia el fondo. Los erizos se reían porque pensaban que les estaba gastando una broma.

Lo único que sé desde entonces es que, justo en aquel lugar donde se hundió, colocaron una boya con su nombre, por si en algún momento decidía regresar, y que ella misma pudiera reconocerse.

Lo cierto es que, ahora, en algunos países remotos, aún se la nombra accidentalmente. Y solo responden los gatos callejeros, estirándose sobre el lomo y bostezando con pereza.

 

Estos relatos de Juan Ceyles Domínguez se encuentran publicados en la Revista ETC nº 3. Puedes consultarla a través de este enlace.

ETC nº 3

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