Homenaje a Pablo García Baena

ELOGIO DE LA LENTITUD. PABLO Y HORACIO

Celebro la lentitud de la escritura de Pablo, sabiendo que la  lentitud es central en su poética. Todo poeta trabaja con lenguaje y con tiempo, más con tiempo que con lenguaje. Y eso se aprecia más aún en los poetas que trabajan el lenguaje hasta el límite máximo. Pablo es uno, el primero entre nosotros. Es el que posee un vocabulario más rico en calidad y cantidad. Es el que talla los versos, las estrofas y los poemas. La lentitud de Pablo me hace pensar en la lentitud de Horacio. La prueba más visible de ese ritmo pausado es la distancia entre libros, a veces de décadas. Tenemos también los datos que él mismo ha compartido. Cuando Bernabé Fernández Canivell le pidió a Pablo un poema que tratara sobre él (no sólo dedicado a posteriori), Pablo tardó veinte años en entregarle Rama fiel para Bernabé. Al leerlo, Bernabé dijo “ha merecido la pena esperar”, una fórmula que hacen suya para toda la poesía de Pablo todos  sus lectores.

El recorrido largo de la creación artística tiene luego su propia continuidad. Ese poema, como era casi inevitable, acabó teniendo una gran proyección. Dio título a dos libros de Pablo. El primero, Los Campos Elíseos, parte del verso final: “cuando Bernabé sube a los Campos Elíseos”. El segundo fue la antología Rama fiel, que se publicó con motivo del premio Reina Sofía. No son raras en Pablo estas autocitas demoradas. Así surgieron, por ejemplo, los poemas "Antiguo muchacho" o "Venecia". Años después, como en una pleamar, a veces después de un naufragio, vuelven sus propias palabras y dan lugar a un nuevo poema o a un nuevo libro, en una suerte de amplificación que despliega a la vez que concentra.

 La lentitud creativa está en otros géneros literarios o artísticos que Pablo también cultiva. En el género epistolar , es famosa la carta con la que respondió al envío del primer libro de Luis Antonio de Villena. Pablo acusó recibo veinte años después, cuando la revista Litoral dedicó un número de homenaje a Villena.

    Lo mismo vale para los dibujos. Si uno mira el número de Litoral dedicado a Felipe Benítez Reyes, descubre en dos dibujos frente a frente. El que Felipe regaló a Pablo, y el que como respuesta, Pablo regaló a Felipe . Aparentemente uno sucedió al otro de manera inmediata , en unos días, incluso en unos minutos en alguna sobremesa compartida. Pero si se mira con detenimiento la fecha de cada uno, están separados por una década. La cortesía de Pablo es una variante de la eternidad.

    En sus belenes, que forman parte de su obra creativa más genuina, he podido presenciar también como la lentitud poética daba frutos. En 2007 Pablo recibió por Navidad una traducción de la Bucólica cuarta de Virgilio en la que el poeta romano anuncia el nacimiento de un niño maravilloso. Pablo me dijo que incorporaría a Virgilio en el próximo belén. Eso suponía dejar la respuesta artística para el año siguiente, pero acabó aplazándola dos años, porque Virgilio no tenía cabida en el belén napolitano, sino en el popular, y a esa alternancia tuvo que esperar el autor de la Eneida. Un diminuto San Pancracio, al que Pablo despojó de su aureola, acabó convertido en el gran poeta romano en medio de la multitud de figuras del nacimiento.

    Esa lentitud es escultórica. Es propia del poeta que talla. Lo dice Horacio en su Arte Poética, en la que no cesa de comparar la poesía con la escultura. A pesar del éxito que ha tenido el ut pictura poesis, Horacio en realidad ofrece dos tipos de poetas, los que modelan en barro (más retóricos) y los que tallan en mármol (más poéticos, que sí puede precisarse así). Pablo es de los que tallan. Es horaciano, por ejemplo, en el poema "Delfos", tanto en las estrofas alcaicas de la primera parte como en los versículos largos de la segunda. Todo él es una oda horaciana. El horacianismo de Pablo le viene de Góngora, y eso no hace más que intensificarlo todo.

    Lo que se elabora muy lentamente se saca del río apresurado del tiempo. Así talló Horacio sus odas y así talló Miguel Ángel su David y su Piedad. Así ha tallado Pablo su David y su Piedad, que los dos a su modo están en su obra. Lo que se hace sin prisa es clásico porque pertenece también al futuro y al pasado. Cuando Horacio recomienda dejar pasar nueve años entre el borrador y la publicación, estaba pensando en poetas espléndidos como Pablo. Horacio propone a cada poeta que se pregunte  si sus nuevos versos merecen ser ungidos y perfumados con aceite de cedro. Toda la obra de Pablo lo merece. No es casual que en su magnífico Himno del cedro llame a ese árbol, bíblico y clásico, “suave negrura perfumada “. Esa lentitud, cuyo fruto es la calidad que hoy se llama excelencia, es también una enseñanza de vida, en esta época de prisas que deterioran todo el lenguaje, no sólo el poético. La lentitud de Pablo esconde bajo su esteticismo aparente una ética de largo alcance.

 

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