José Infante. La Libertad del desengaño

José Infante LLD
José Infante. La Libertad del desengaño
Premio XXVIII concurso de poesía Ciudad de Zaragoza, 2013
Luis Martínez de Merlo

El espíritu no avanza más que si tiene la paciencia de dar vueltas 

sobre sí mismo, es decir, de profundizar

(E.M. Cioran)

Hace ya tres lustros (el lector encontrará la nota bibliográfica en el lugar pertinente de esta hermosa edición que ofrece la siempre acogedora Olifante, de la más reciente muestra de la Poesía de José Infante) tuve el honor de seleccionar y prologar una breve antología espigada de entre la ya muy copiosa y multiforme producción de quien fue, en cierto modo, uno de mis primeros mentores literarios. Dicha antología fue publicada en la colección “Trayectoria de navegantes”, suplemento de la revista cordobesa “Antorcha de paja”, y su estudio preliminar, titulado “La poesía ígnea de José Infante”, comenzaba (ahora mismo acabo de redescubrirlo) con la siguiente afirmación: “En el principio era el Paraíso”, y en ese paraíso se hallaba la auroral criatura de la luz.

¿Sería necesario añadir a la primera una segunda afirmación no menos categórica y axial en el mundo poético (vital y literario juntamente, se entiende) de nuestro autor: “y al poco tiempo apareció la serpiente”? ;  la serpiente era el Deseo;  y con el Deseo la aparición de lo Otro, del Otro (¿Es el Otro quien engendra el deseo, o es el Otro engendrado por el deseo mismo?: Víctimas del deseo, desterrados del paraíso, abocados perpetuamente a un “tira y afloja de cada instante entre la nostalgia del diluvio y la embriaguez de la rutina”).
Pero antes de esta misma nada, esta misma rosa, antes de la ceniza, el fulgor, antes del desconsuelo, el júbilo, el cauterio suave, la llama de amor viva, el Ángel y su dardo transverberante y aniquilador. Ese es el trágico destino de todo lo que arde y refulge, la consunción que es no menos una forma de consumación.

Solo permanece lo que era fuego.

Mas si llama ardió

Ceniza solo queda

Llevada hasta el final la alegoría de la llama, de la ignidad, que no me pareció un mero emblema ingenioso, sino una explicación que vertebraba la vivencia lírica de José Infante, la imagen nos conducía inexorablemente hasta su coherente culminación, El Fénix y su eterna renovación, de su eterno resurgir de las cenizas de la propia pira que el mismo se había construido para ofrecerse en holocausto.

Ceniza, sí, pero con sentido, con pálpito y bullicio de renacimiento. Esta circularidad, este eterno retorno, este impulso constante por “volver”, y esta continua experiencia del consumirse, del diluirse, de la aniquilación, se resuelve en una última imagen alegórica, la del laberinto donde Teseo y el Minotauro finalmente se abrazan en el propio centro del laberinto, el alma del poeta; cito la conclusión de aquel lejano prólogo:

Y esta última sabiduría es la única victoria que no defrauda. La victoria del eterno entusiasta, de aquel cuyo fervor, cuya fe no ha vacilado jamás, aún después de tanta derrota, y al que como se lee en las cegadoras paginas del Apocalipsis:

Al  vencedor le daré a comer del Árbol de la Vida, que está en el paraíso de mi Dios.

Todo lo antedicho, allá por 1990, hoy lo releo a la hora de enfrentarme con esta Libertad  del desengaño, con una ambigua sensación que bien se puede corresponder con las interrogantes que José Infante se formula una y otra vez en estos poemas; los mismos años que para él, han pasado también para mí, y de ahí mi extrañeza al enfrentarme con mis palabras de aquel entonces, como a él mismo con su cuerpo que le acompaña cotidianamente, y al que interroga una y otra vez (a estas alturas ya no hace falta el espejo, basta con tocarse, con palparse, con sentir la propia carnalidad que parece despojarnos más que la propia ropa) ¿quién eres tú? ¿quién soy yo? ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué azar o qué destino, qué mala elección o qué determinación de la sangre nos amarran el uno junto al otro, contra el otro, como galeotes que remaran en la barca de Caronte hacia la otra orilla (la imagen de Infante es más voraz: hacia la fosa)?
Entre los libros espigados en aquella edición cordobesa (y que coinciden aproximadamente con  los recogidos y estudiados minuciosamente por Francisco Ruiz Noguera, en su obra igualmente citada en la bibliografía, Poesía 1969-1989) y éste que ahora comentamos,  cuántos regresos, cuántos avatares del desconsuelo y el vacío, los días sin música, la arena rota, lo que queda (lo poco que va quedando) del aire… El poeta amontona, como Cioran, las invectivas, los exabruptos, los aullidos, la exhibición de sus desconciertos, la serenidad de sus meditaciones. Y antes de volver a ofrecernos de nuevo su rostro, SU CUERPO, con una insistencia como la de Rembrand en su autorretrato incesante, la sorpresa de su penúltima entrega, los  epigramas de El dardo en la llaga, compuestos con el estilo mojado en hiel como las sátiras de Juvenal o los epigramas de Marcial, en los que el fuego se ha convertido en sosa cáustica, y el Paraíso noche de Walpurgis.

¿Hay algo de este espíritu corrosivo que se ha deslizado en estos poemas recientes de José Infante? ¿algo de aquel impulso demoledor vuelto contra él mismo, como unas uñas enconadas, como un sarcoma que va descubriendo sus desolladuras? En algunos de sus textos, los más contundentes, el poeta doliente se nos parece como un Job que le grita a su implacable y sordo Dios “Oh, my God” ”Oh my God”, o refuta los falsos consuelos de sus amigos desde lo alto de su muladar, que es ya su único trípode, pero que incluso por momentos parece que le fuera a fallar bajo sus pies descarnados:

Pensaste que había un  fondo 

al que llegar en el oscuro abismo, pero ¿Dónde

está el fondo?¿A qué pozo asomarse para saciar 

a la desgracia y al infortunio?

Y de nuevo los nuevos interrogantes, los nuevos remordimientos: “tener el vicio del escrúpulo, ser un autómata del remordimiento”. Otras citas del aciago demiurgo de Cioran nos ayudarán mejor que mis palabras, a esclarecer alguno de los más sombríos territorios de este breve cancionero de la quejumbre y la perplejidad:

Lo que se llama fuerza del alma es el coraje de no imaginarnos de otro modo nuestro destino

Mis dudas no han podido acabar con mis automatismos. Continúo haciendo gestos a los que me es imposible adherirme. Superar el drama de esta insinceridad sería renegar de mí y anularme.

Se martiriza uno, se crea a golpe de tormento una conciencia; y después advierte con horror que no puede deshacerse de ella 

(reservo un último aforismo del rumano ululante para concluir esta crítica).

Y así se van amontonando las angustias, los miedos: a la senilidad, a la locura, a la soledad, a las pesadillas, y a los insomnios, a la pérdida de aquello que ya dábamos de antemano por perdido, en una especie de voluptuosidad del abismo en que incluso rechazaríamos como un insulto una gota de agua que cayera de pronto desde el cielo hasta nuestros labios.
Pero hoy recibo la última fotografía de un Pepe sonriente, feliz, con una desafiante claridad que la lectura de su breviario (y la meditativamente triste imagen que lo acompaña) parece contradecirnos y contradecirle (o desenmascararle).
Entendámonos: los que conocemos a José infante desde antiguo sabemos que él no es un impostor, un poseur de la desventura, sabemos que todo lo que dice o clama va perfectamente en serio, pero sospechamos que en el  fondo de sus ojos que él ve ya sin luz, o de su corazón que él ve como un baudeleriano bloque de hielo, hay algo que se resiste a aceptarse a sí mismo. Ya en el prólogo de la antología cordobesa hablaba yo de que había en la poesía de Infante un proyecto soteriológico, dudoso a través del amor, ¿indubitable a través de la poesía?.
Dos son los rasgos me parece apreciar que bien pudieran deconstruir en buena parte su discurso patético: el primero de ellos es el propio título del libro; a estas alturas de su vida y su obra, el término desengaño no parece ser el más intenso, el más relevante para constituir el sintagma que rotula su libelo, y por encima (y por delante) el poeta ya nos parece hacer una declaración de principios con esa luminosa, y no tan prodigada palabra en sus versos: Libertad; la libertad o más bien, la liberación, la redención, la salvación, en suma, a través de la palabra desengañada.

El segundo aparece como confundido en una larga introspección sobre la identidad del cuerpo y del alma:

¿Cuál es 

en realidad el cuerpo que me alberga?

¿el deteriorado y viejo, o el que yace dentro de él,

aún con la curiosidad y el corazón despierto?

Recurro por última vez a la muleta de Cioran para cerrar estas notas, no sin dos breves reparos, en ningún caso estéticos: el primero la brevedad del recueil aquí ofrecido, ese dejar, si no con la miel, con el acíbar en los labios y hacernos desear aún más. Aún más exaltación de la agonía (aunque bien mirado, tal vez sea esta propia brevedad lo que nos haga soportable la intensidad de sus latigazos);  en segundo lugar, su renuncia radical a retornarnos al Paraíso, porque en suma ¡qué  es el Paraíso sino una fantasmagoría que levantamos en nuestros corazones, donde no hay teléfonos que interrumpan el éxtasis,  para que el alma se recree y se reconcilie con la vida ineluctable, también ella de pronto desmemoriada?)

Concluyo con el Cioran anunciado:

‘soy insuperablemente libre’ esta frase ese día al mendigo que la pronunciaba por encima de los filósofos, de los conquistadores y de los santos, ya que ninguno de ellos, en la cumbre de su carrera osó invocar semejante logro”.

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