Francisco Ruiz Noguera: «Pablo García Baena: Verdad y Belleza»

Pablo García Baena: Verdad y Belleza
Por Francisco Ruiz Noguera
Publicado en la Revista ETC nº 11

Pablo García Baena

Pablo García Baena en Málaga

Vuelve Pablo García Baena a las páginas de una revista malagueña. Vuelve a la que él llamó “Málaga, obelisco siempre de la libertad”.

La vinculación de García Baena con Málaga es un hecho desde hace, al menos, cincuenta años. En 2008, con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía, la Universidad de Salamanca editó ―al cuidado de Juan Antonio González Iglesias― una recopilación de sus poemas que lleva por título Rama fiel. Enlaza el título de esta publicación con sus dos libros anteriores, Fieles guirnaldas fugitivas Los Campos Elíseos, en los que esa vinculación ―a través del recuerdo de Bernabé Fernández-Canivell― es evidente, y es que Pablo García Baena es un poeta cordobés que ha pasado casi la mitad de su vida en el litoral malagueño; no es exagerado decir ―lo dijo él mismo― que aquí fue rescatado para la poesía y aquí ha escrito buena parte de sus libros capitales: a los dos mencionados, hay que unir Antes que el tiempo acabe, que, junto a tres libros anteriores de su juventud cordobesa ―Antiguo muchacho, Junio y Óleo―, creo que forman el sexteto imprescindible en su obra, y también en el panorama de la poesía española desde mediados del pasado siglo.

Así es que, como todos sabemos, el poeta cordobés Pablo García Baena es también un poeta malagueño. Entre 1965, en que dejó la campiña cordobesa en busca de los litorales mediterráneos, y el verano de 2003, en que volvió de nuevo a Córdoba, García Baena —que es el verbo hecho carne— habitó entre nosotros casi cuarenta años; incluso desde una década antes ―desde 1954 en que se conocen, en el Congreso de Poesía de Santiago de Compostela, los poetas de Cántico y algunos los de Caracola: Bernabé Fernández-Canivell, Alfonso Canales y Vicente Núñez―, los viajes de Pablo a Málaga se hacen frecuentes y aquí, en la Semana Santa de 1955, dará una lectura poética, en la Alcazaba, a la que asiste Dámaso Alonso. De manera que esos casi cincuenta años de relación malagueña se convierten en casi sesenta; por eso, como digo, el poeta cordobés Pablo García Baena es también un poeta malagueño: no es cosa de renunciar fácilmente a contar entre los nuestros el lujo verdadero de su nombre: uno de los nombres fundamentales de la poesía española contemporánea.

Esta valoración es algo que hoy nadie pone en duda, y que ya advirtió Guillermo Carnero, a mediados de la década de los setenta, cuando en su estudio sobre el grupo Cántico de Córdoba escribía que  “su maestría en el manejo del verso y de la palabra lo ponen a la altura de los más grandes poetas españoles del siglo XX”. Algunos jóvenes malagueños de principios de los setenta (José Infante, Pepe Bornoy, Fernando Merlo, Jacinto Esteban…) se habían adelantado, por cierto, en esta consideración y “redescubrimiento”.

Cuando Carnero escribe las palabras antes citadas, no ha salido aún el volumen Poemas 1946-1961 que, al cuidado de Bernabé Fernández-Canivell, publicó el Ateneo de Málaga en 1975, ni había aparecido Antes que el tiempo acabe, uno de sus libros capitales, que cimentó aún más ese lugar preferente que García Baena ocupa en la poesía española. Eran tiempos en que el conocimiento de la obra del poeta cordobés era cosa de pocos: un poeta de culto cuya voz brillante y verdadera empezaba a reclamar el lugar que, hasta entonces, había ocupado en exclusiva la poética realista de los cincuenta.

La espléndida escritura de García Baena seguía siendo, en buena medida, un rumor oculto a la espera de una nueva sensibilidad; a la espera de la hora propicia que abriese nuevamente los ojos al lujo del lenguaje. Cuando publica su Poesía completa (1982) en la colección Visor, esa hora ya había llegado; y así se rescata a un poeta que, en palabras de Luis Antonio de Villena, “transmuta en metal precioso cuanto toca”: un poeta en el que se funden la vida y las palabras. En una entrevista que mantuve con él con motivo del número homenaje que le dedicó la revista sevillana Renacimiento, decía García Baena: “Creo que la poesía no es más que un dietario riguroso y sincero. El poeta es el notario de sus días, y ese conocimiento y entrega llegará verdadero y palpitante hasta el poema”. Pablo es un poeta que bebe en la tradición romántica y modernista para hacerlas suyas, y que, en más de una ocasión, ha declarado que “en la palabra está la clave” y que la soledad es el camino imprescindible para el descubrimiento del propio yo “porque de la soledad nace la luz y, de ella, la verdad”.

Por eso, cuando en el año 2000 hizo una recopilación de su poesía en la colección malagueña Ciudad del Paraíso, eligió un término, Recogimiento, que, además de apuntar a la reunión de poemas, tiene que ver con la forma en que concibe su dedicación a la escritura; de manera que ese título se revela como una especie de brevísima y eficaz poética. Porque, en efecto, la escritura de Pablo García Baena es el fruto de una labor pausada e intensa, recogida e íntima —verdadero “paraíso entre muros”—: altísima poesía que aúna, como quería el romántico John Keats, la verdad y la belleza y, con ellas, la autenticidad de una ética no traicionada: su poesía es uno de las más claros ejemplos del compromiso serio con la verdad que un hombre asume como propia, sin permitir que modas de un momento desvíen la atención de lo que se estima como personalmente válido; de ahí la autenticidad que el lector percibe en un poeta que ha huido siempre de las prisas por estar y que, a la larga, ha terminado estando entre los grandes, que es su sitio.

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