Francisco J. Borrego: «Todo es como dicen»

Todo es como dicen
Por Francisco J. Borrego
Publicado en la Revista ETC nº 14

ETC nº 14

¿Todo es tal como lo cuentan? La suave ingravidez, la contemplación de nuestra propia muerte desde el cenit, el breve repaso de nuestra vida entera en el mismo instante en que concluye, la luz al final del túnel, los familiares esperando serenamente al otro lado… ¿Todo es cierto? Muchos pacientes me lo habían descrito así después de que me empleara a fondo con el desfibrilador para arrebatarlos de donde la Ciencia dice que no se vuelve. Ellos decían que es así, y yo ya no sabía qué pensar, por mucho que le pesara al director de mi departamento.

Recuerdo la gravedad de su mirada por encima de las gafas de cerca cuando cometí el atrevimiento de pedirle opinión respecto a un estudio clínico sobre las experiencias cercanas a la muerte.

—Vamos a ver, chaval —dijo. Hacía ya tiempo que había dejado de ser un chaval, pero el catedrático siempre me rejuvenecía cuando quería dejar constancia de su superioridad intelectual–. El Departamento que dirijo es un departamento serio, así que no quisiera ver a uno de sus profesores implicado en semejante extravagancia; y no solo porque los recortes presupuestarios de la Junta de Andalucía dejen poco margen para dispendios, sino también porque, por mucho presupuesto para investigación que quede disponible, preferiría verlo empleado en averiguar cómo prolongar la vida antes que en descubrir qué sucede tras la muerte. Tema, por otro lado, perfectamente estudiado. Son ya muchos los artículos publicados al respecto. La disminución del flujo sanguíneo provoca el característico efecto túnel, y las descargas de norepinefrina liberadas en el cerebro pueden explicar el resto de las alucinaciones, por no mencionar…

Mientras le escuchaba, pensé que podría mover algunos hilos en el Vicerrectorado que me ayudaran a conseguir la financiación de la Junta, pero lo descarté de inmediato; y no es que requiriese muchos medios, tan sólo un becario o un estudiante de doctorado que buscara candidatos en los archivos y me ayudara con las entrevistas, pero lo cierto es que no me sentía con derecho a usar fondos públicos. Debo reconocer que mi afán no era científico, sino personal, incluso podría decir que mis motivos eran de conciencia, de mala conciencia… La verdad es que si crucé la puerta del despacho del director fueparaoírargumentosquemedisuadierandeuninterésobsesivoquenohabíahechosino crecer durante los últimos meses. Mi obcecación comenzó hace poco más de un año. Hasta entonces, como cualquier cardiólogo que se ha visto en la necesidad de usar las palas directamente sobre un corazón y en un pecho abierto, he escuchado a mis pacientes relatar historias llenas de lugares comunes y, como cualquier cardiólogo, las he rechazado con suficiencia científica, pero, por supuesto, sin discutir. Cuando alguien cree haber estado al otro lado, no se le puede disuadir con argumentaciones basadas en estudios sobre la desenfrenada actividad eléctrica que precede a la muerte cerebral de los ratones.

Mi obsesión comenzó con uno de esos casos que, de vez en cuando, consigue conmoverte más allá de lo profesional. Aunque, para ser más exactos, la conmoción que aquel caso me produjo tuvo lugar meses después. Un día cualquiera, tras mis preceptivas horas de consulta en el Hospital Clínico, decidí tomar un almuerzo rápido en el bar de la Facultad de Medicina. Recorrí despacio la escasa distancia que separa el Clínico de la Facultad agradecido por la tibieza del sol. Antes apenas reparaba en el clima. Nunca la lluvia ni un día caluroso condicionaron mi actividad. Ahora, sin embargo, siento una especial predilección por los días templados de la primavera y el otoño. Sonreí al pensar que quizá era un síntoma de que empezaba a hacerme mayor.

En cuanto hube terminado de comer, subí la escalera que separa el comedor de la cafetería para tomar un café en la barra. No había dado el primer sorbo cuando una mujer se acercó a mí y preguntó si podía dedicarle unos minutos. La miré con curiosidad. Sin duda había visto antes esos enormes ojos grises.

—Soy la madre de un paciente que usted operó hace seis meses. Si pudiera dedicarme unos minutos.

Mi querido don Antonio, el que fuera director de mi tesis, y uno de los mejores médicos que he conocido, era también un tipo muy divertido. Él siempre decía: <<Odia la enfermedad, compadece al enfermo, y huye de los familiares>>. Mi propia experiencia me ha hecho reconocer la sabiduría de esas palabras, pero la asertividad nunca ha sido mi fuerte, así que pedí otro café y nos sentamos en una mesa apartada.

—Usted dirá —dije resignado.

—Mañana se cumplirán seis meses desde que usted operó a mi hijo: Santiago Medina. ¿Lo recuerda?

Por supuesto que lo recordaba. Un niño de ocho años con una cardiopatía congénita. Era ya la tercera operación a la que el pequeño se sometía para lograr la salud que a otros la naturaleza nos da sin esfuerzo. El pronóstico, a priori, no era malo, y la operación transcurrió sin problemas, sin embargo, cuando ya me disponía a permitir que mi residente se encargara de coser, el paciente entró en parada. Cuatro minutos, cuatro minutos eternos con el pecho de un niño abierto y un corazón detenido.

—Claro que lo recuerdo. ¿Cómo está su hijo? Tenemos una revisión la semana que viene, si no estoy equivocado.

—Mi hijo estuvo muerto, ¿verdad, doctor?

Exhalé con cierto fastidio. Preferiría no haberlo hecho, pero no pude evitarlo al reconocer la deriva de la conversación.

—Su hijo estuvo en muerte clínica, pero hay una diferencia con la muerte…  —Usted no lo comprende —me interrumpió—.

Otro lugar común: nosotros los médicos no lo comprendemos porque no sabemos lo que el paciente sabe, porque él estuvo allí y nosotros no. Miré el reloj. Por suerte tenía una clase en veinte minutos.

Con sus inmensos ojos grises humedecidos, me describió una escena similar a la que esperaba oír: mi paciente me había contemplado mientras me afanaba en hacerle regresar a la mesa del quirófano, pero él estaba lleno de paz y dispuesto a partir sin atender a mis esfuerzos ni a los del resto del equipo. Sin embargo, alguien lo detuvo en su marcha al otro lado: otro niño le pidió que regresara al cuerpo que había abandonado sobre la mesa de operaciones. Aquel niño aparentaba su misma edad y era físicamente idéntico a él. La madre estaba convencida de que se trataba de un hermano gemelo nacido muerto y del que nunca, nunca —se encargó de remarcar— habían hablado al hijo supérstite. Según ella, esa era la prueba irrefutable: su hijo no podía haber sufrido delirios en los que apareciera su hermano muerto, por la sencilla razón de que ignoraba su existencia. Su hijo, indiscutiblemente, pertenecía a esa minoría que vuelve de la otra

orilla con la noticia de nuestra pervivencia. Para concluir su relato —o al menos eso creí yo—, la conmovida madre me contó que mi paciente recibió una recomendación de su hermano gemelo antes de regresar a la mesa de mi quirófano: <<Dile a mamá que debe pasar más tiempo con el tito Daniel>>.

Por supuesto, aquella historia no quebró mi habitual incredulidad. Su hijo pudo sorprender alguna conversación de los padres, ser informado por otro familiar, quizá por un abuelo disconforme con que al niño se le ocultara el fallecimiento de su hermano.

—El oído es el más persistente de nuestros sentidos. Durante la fase más crítica del posoperatorio, el niño pudo escucharles hablar a usted o su marido sobre su hermano gemelo e incorporar esos comentarios a sus pesadillas…

—Sigue sin comprenderlo, doctor.

—Comprendo más de lo que usted cree, señora: somos el único animal que sabe que va a morir. Eso da mucho miedo, lo admito. Necesitamos de religiones para sobrellevarlo, y, llegado el momento, necesitamos de alucinaciones que suavicen el tránsito, pero no va a convencerme de nada más, y no entiendo por qué usted necesita convencerme a mí de algo.

Me sorprendieron mis palabras. Jamás discuto con los pacientes, y menos con los familiares. Siempre antes otorgué con mi silencio. Me sentí avergonzado de inmediato. Yo no era quien para minar la esperanza de que su hijo muerto perdurase eternamente en un lugar mejor.

—Le ruego me disculpe. No me corresponde a mí…

—¿Animales con miedo a morir? ¿Eso es lo que cree? Yo pertenezco a la Orquesta Filarmónica de Málaga. He interpretado, he sentido en mi interior la música de Mozart, de Beethoven…. ¿Debo creer que ese sentimiento es el fruto de un mono bajado de un árbol? No me mal interprete. No soy una fanática religiosa que se oponga al darwinismo. Pero también sé hasta qué punto quiero a mi hijo, y no se atreva a decirme que ese amor es un mecanismo de la especie para asegurar la supervivencia de la siguiente generación. No soy una estúpida, doctor, pero no puedo creer que un ser capaz de amar, de crear arte es una broma cruel de la evolución, un ascua, una pavesa que se eleva para apagarse un instante después.

—Créame que lo siento…

—Por favor, no se disculpe. No creo que mi hijo pudiera tener un médico mejor, y yo sólo puedo sentir agradecimiento hacia usted. Quizá por eso necesitaba compartir esto con usted. Le ruego un poco de paciencia —con una breve sonrisa borró toda la tensión que había comenzado a interponerse entre nosotros—. Permítame acabar mi historia.

Prosiguió explicando que, además de la grave dolencia cardiaca de su pequeño, la vida le había sometido a otra prueba muy dura: dos meses después de que yo operase a su hijo, su hermano Daniel fue diagnosticado de un cáncer de pulmón. Uno de esos casos despiadados, con una metástasis tan galopante que en tres meses fue arrebatado, esta vez sin vuelta atrás, del mundo de los vivos. El mensaje que su hijo muerto le había transmitido sobre el tío Daniel había cobrado todo su sentido, y ella, inicialmente arrasada por el dolor, sentía ahora el inconmensurable alivio de saberlos reunidos al otro lado.

—Quería que usted lo supiese —concluyó.

Llegué tarde a mi clase, y, una vez allí, continué ausente hasta que el conserje me hizo la seña habitual para indicar que la clase había concluido.

Como ya he dicho, este fue el punto de inflexión para mí, el momento en que mi interés por las llamadas experiencias cercanas a la muerte se volvió personal. A partir de ese momento, me permití, aunque solo fuera como hipótesis de trabajo, contemplar la posibilidad de que la vida perdurase más allá de la muerte, y no porque me preocupase en demasía anticipar un conocimiento que, sin duda, alcanzaría con el tiempo. Lo crucial para mí era la posibilidad que los muertos conocieran el porvenir de los vivos, de la misma manera que el niño muerto anticipó el futuro de su tío Daniel. Y si ello era posible, ¿por qué no el pasado? ¿Y si en ese repaso de nuestra vida entera del que los muertos regresados afirman haber sido espectadores, también contemplamos aquellos hechos que ignoramos, pero que determinaron nuestra vida? Aquellas conversaciones a las que no fuimos invitados por nuestros jefes, pero en las que se decidió nuestro ascenso o despido. ¿Y si podemos asistir a los momentos en los que fuimos ayudados tan desinteresadamente que nadie se arrogó el merito ante nosotros? ¿Y si podemos conocer la deslealtad que alguien supo ocultarnos hasta nuestra muerte?

La pervivencia de la traición, ese quería que fuese el verdadero objeto de mi estudio. Esa era mi auténtica preocupación, puesto que, quizá ha llegado el momento de admitirlo, yo soy un hombre tan absolutamente enamorado como desleal, y, como cualquiera puede comprender, esa combinación de elementos no ayuda a descansar por las noches. Sin ningún ánimo de justificar o atenuar mi culpa, diré que soy un hombre atractivo y, como ya he reconocido, escasamente asertivo, por lo que nunca he encontrado la manera de decir no a las mujeres que han buscado mi compañía a lo largo de mi vida. Afortunadamente, siempre fui discreto. Ese podría ser mi precario orgullo: nunca me vanaglorié o lamenté de mis conquistas ante ningún amigo, siempre fui cuidadoso con las coartadas y con todas las enojosas mentiras que penosamente he arrastrado para mantener mi doble vida. Ese ha sido mi precario consuelo: siempre tuve la tranquilidad de que ninguna de mis infidelidades han hecho sufrir a mi esposa, de que yo he sido el único que ha penado y se ha maldecido por mis flaquezas. Así que la posibilidad de que mi querida Silvia conociera en el momento del tránsito definitivo que yo había sido otro distinto al que ella había conocido, y que ese descubrimiento marginara el recuerdo de hasta qué punto la he amado, era una idea que me atormentó desde el momento en el que aquel niño fallecido hizo que me planteara lo que los muertos saben o ignoran.

Yo contaba con llevarme mi culpa al tanatorio, y que mi vileza fuese esparcida con mis cenizas. En ningún momento contemplé la posibilidad de aligerar mi conciencia con una confesión, ni ahora ni cuando el paso de los años me llevara a presentir mi muerte. Ella no merecía que yo redujera mi pesar a costa de su decepción. Pero desde aquella conversación con la madre de mi paciente, sentí que todo estaba en peligro, y que, si Silvia moría antes que yo, ni siquiera podría estar al final del túnel para suplicar su perdón.

Este era mi verdadero y único interés por la otra vida y por aquel trabajo de investigación. Un deseo de saber que no era justo que pagara la Universidad. Por tanto, después de la conversación con mi director, no hice más intentos para financiar la investigación. Opté por quedarme en mi despacho a deshoras los suficientes días y semanas seguidos para que los conserjes de la facultad dejaran de interesarse por si permanecería en el despacho después de la hora del cierre. Trabajé solo un par de meses hasta que una becaria deseosa de hacer méritos se ofreció a colaborar y fuimos dos para grabar las entrevistas con los pacientes retornados. Ese fue el feliz nombre que di a los sujetos de mi estudio. Si bien mi colaboradora me hizo avanzar a mejor ritmo, también provocó algunas discusiones. Lógicamente, la joven aprendiz de científica no podía entender que yo me empeñara en recopilar más y más testimonios similares cuando no idénticos, y que persiguiera los detalles más mínimos, incluso nimios, sobre los hechos de sus vidas que los pacientes afirmaban haber visto como si se tratara de uno de esos resúmenes con los que las series de televisión nos recuerdan lo acontecido hasta ese momento. Mi colaboradora echaba de menos que me interesara por los aspectos neurológicos y por la actividad química y eléctrica presente en el cerebro de los moribundos. Sus reproches científicos eran tan impecables, y el peso de mis réplicas tan débiles que opté, una vez más, por ceder al interés no académico que la becaria mostraba por mí. Es cierto que, a partir de ese momento, ella parecía más feliz y se mostró más dócil con respecto a las débiles y acientíficas líneas de mi investigación, pero yo me sentí más preso, si cabe, de mis contradicciones: dedicaba mis noches tanto a averiguar si debía preocuparme por el pesar que en el más allá provocarían mis acciones, como a aumentar el dolor post mórtem de mi esposa con aquella nueva infidelidad.

Afortunadamente, todo mejoró para mí una tarde de mayo. Era domingo, y mi mujer y yo habíamos comido acariciados por el sol en el jardín. Después del café, le di una pequeña sorpresa: sin hacer el menor comentario, deposité sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel de regalo. Silvia desbarató divertida el envoltorio. Se trataba de un clásico de Hollywood que ambos habíamos visto dos décadas antes, cuando apenas teníamos veinte años. La semana anterior, en la tertulia que siempre acompaña a nuestras comidas de los domingos, habíamos rememorado con nostalgia aquella película. Ella se había lamentado de que probablemente estaría descatalogada. No era así, por lo que pude comprarla y proponerle que la viéramos para rematar nuestra tarde de domingo. Silvia agradeció con un beso el detalle y dijo que no era necesario que renunciara a mi preciada siesta. Podíamos verla después de cenar con una copa de vino. Al fin y al cabo, ella no tenía turno en el hospital hasta el martes y yo no tenía clase hasta las once del día siguiente. Ninguno de los dos necesitábamos madrugar el lunes.

—Anda, vete al sofá, yo recojo la mesa y, después, leeré un rato aquí fuera. Me ofrecí a recoger entre los dos.

—Déjalo, te lo has ganado —dijo señalando el DVD—. Además, no hay más que ver la cara de sueño que tienes.

Entré en la casa, me tendí a leer en el sofá y no creo que el suplemento del periódico tardara mucho en caer abierto sobre mi pecho. Soñé que paseaba por una playa de El Palo con mi padre, un pescador que murió antes de sentir el legítimo orgullo de ver a su hijo convertido en médico y profesor universitario. Sin embargo, aunque el sueño transcurría en el presente, mi padre sabía de mi trabajo como cirujano, se interesó por mis clases, por Silvia, y yo fui feliz hasta que un dolor agudo me golpeó el cráneo. Me resistí a despertar e intenté incorporar el dolor al sueño: le dije a mi padre que no me sentía muy bien, le pedí que nos sentáramos un momento en unas rocas. <<Tranquilo>>, contestó. <<…. no te resistas a la brisa>>.

<< ¿Qué no me resista? >>, tardé en preguntar. Miré en derredor y la playa estaba repentinamente desierta, la temperatura había bajado bruscamente y el viento levantaba olas de arena. Mi padre sonrió para tranquilizarme, pero no lo logró. Una fuerza invisible me golpeó el parietal y noté que un líquido caliente resbalaba por mi oreja. Acerqué la mano al lóbulo izquierdo. Mis dedos se mancharon de sangre.

Abrí los ojos sobresaltado: Silvia estaba de pie junto al sofá, observándome con una dureza insólita en ella. Fue entonces cuando comprendí que mi esposa era mi verdugo; y me sentí aliviado porque ya no tenía que preocuparme por ser descubierto; y me pareció justo que fuese ella quien me hiciera pagar veinte años de mentiras y debilidades. Después llegó la profunda sensación de paz, la contemplación desde arriba de mi cuerpo desmadejado en el sofá, y, desde el cenit, pude ver que mi mujer no estaba sola. Mi amigo Eduardo presionaba mi carótida para asegurarse de que estaba muerto. Eduardo, mi mejor amigo, mi compañero de estudios en la universidad de Granada. En primero de Medicina, los dos estábamos enamorados de Isabel. Fue en segundo cuando Isabel me escogió a mí, y Eduardo conoció a la que sería su esposa. Muchas veces nos reímos los cuatro recordando aquellos amores juveniles, pero nunca más bromeamos sobre ello cuando Eduardo enviudó.

Una vez se hubo asegurado de que carecía de pulso, dejó caer al suelo una pequeña barra de metal ensangrentado. Les oí repasar planes, discutir detalles mientras sus voces se hacían tenues y confusas.

Fue entonces cuando contemplé una sucesión de imágenes de mi vida: el cachorro que me regalaron cuando tenía cuatro años, las hogueras de San Juan brillando en la playa de mi infancia, a Silvia la primera vez que me dijo tal vez… En efecto, cuando morimos también conocemos lo que no supimos, pero nos atañe: pude ver cada una de las veces que dejé un cabo suelto en mis patrañas, asistí a la tristeza de Silvia cada vez que fui descuidado, contemplé el llanto de mi esposa, pude ver como el desencanto se convirtió en un odio que no podía ser compensado con un simple divorcio, y escuché la conversación en la que, dos semanas antes de mi muerte, Silvia exigió a su amante una rigurosa prueba de amor… Y todo me pareció comprensible, incluso razonable. Y vi el túnel, y la luz en el otro extremo. Y las siluetas de mis familiares esperándome. Pero ya no sentí paz, sino un miedo atroz que mordía mis tripas, porque ellas seguían siendo las tripas de un científico, y sabían que cuando la tormenta eléctrica de mi cerebro cesara, cuando la norepinefrina se agotase, yo me extinguiría para siempre como una de esas pavesas de las hogueras de San Juan.

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