Francisco Chica: «La sed y la palabra»

La sed y la palabra
Las Canciones de José Antonio Muñoz Rojas en el conjunto de su obra
Por Francisco Chica
Publicado en la Revista ETC nº 10

Rescatada del largo y voluntario silencio en que permaneció durante décadas, la obra poética de Muñoz Rojas crece en importancia a medida en que descubrimos el rico proceso intelectual al que obedece toda ella. Ha sido, en efecto, en los últimos años cuando ha ido emergiendo al completo el universo del escritor, un mundo pacientemente elaborado y abierto a saludables influjos culturales que lo realzan y lo ensanchan de forma notable. El resultado de su labor —digámoslo como punto de partida— no es una obra de una sola vertiente, sino un texto poliédrico cuyas caras remiten tanto al terreno puro de la poesía lírica como a los múltiples resortes sobre los que se apoya su activa palabra de creador. Estamos ante una obra que se bifurca al ritmo de las distintas actividades que desarrolla el autor, ya sea como prosista, teórico de la literatura, traductor o simplemente como el incansable y fino lector que siempre fue, territorios con los que su poesía dialoga de forma especialmente productiva. Es en esa “encrucijada” de intereses e interacciones distintas que refleja su obra donde adquiere todo su sentido la poesía de Muñoz Rojas, una voz que pasa por momentos bien diferenciados y que corre el peligro de ser mal interpretada si la vemos como un hecho aislado o dentro sólo de las corrientes literarias oficialistas de posguerra a las que se le suele ligar. Esencial resulta descubrirla en sí misma.

Fecundada por múltiples veneros, y atenta siempre a las lecciones del mundo natural, su palabra evoluciona siguiendo los profundos contrastes del tiempo histórico —doloroso y difícilmente sorteable a la vez— que le tocó vivir. Exponentes de la atmósfera de modernidad que trajo consigo la II República Española, las “torrenciales aguas” de sus primeros versos quedan retenidas después en el largo remanso meditativo que suponen sus libros de posguerra, una etapa plegada a las imposiciones del momento y de la que irá saliendo de forma lenta hasta alcanzar el grado de madurez y plenitud que muestran sus libros más recientes. Me refiero a Objetos perdidos (1997) y Entre otros olvidos (2001), obras en las que se impone la mirada visionaria del escritor y en las que el mundo de las cosas cotidianas –un universo que siempre fascinó a Muñoz Rojas- adquiere una rara y sorprendente dimensión metafísica. Ambas entregas cuentan, a mi parecer, entre lo más conseguido de la poesía española de las últimas décadas.

Hechas estas reflexiones de índole general, y antes de comentar la obra que hoy presentamos, veamos de forma rápida el camino que sigue el poeta hasta llegar   a ella. Escritas en fecha muy temprana, estas Canciones forman parte del primer momento del autor, un periodo que la crítica suele pasar por alto, y al que el propio Muñoz Rojas —muy alejado ya de las circunstancias vividas entonces— ha tratado de restar importancia en más de una ocasión. Según él mismo ha declarado alguna vez, y como disculpándolos, sus poemas iniciales (“ingenuos” y acompañados —dice— de un “aire de juvenil frivolidad”) responden sólo a las circunstancias ocasionales del momento en que se escribieron. No es esa, sin embargo, la opinión que despiertan hoy en nosotros sus primeros libros, exponentes precoces de una voz atenta a cuanto le rodea y capaz de conectar de inmediato (en un proceso similar al que experimenta poco después Miguel Hernández) con lo mejor y más granado del panorama poético español de aquellos años. Más allá del carácter primerizo de sus versos, lo que sorprende realmente en su caso es el brío de una palabra que integra rápidamente los presupuestos de la modernidad europea, gracias, desde luego, al fructífero e intenso diálogo que establece con los poetas del 27, grupo de “amigos y maestros” a los   que quedó unido desde el primer momento. En 1929 aparece en Málaga su primera obra, Versos de retorno, publicada con veinte años en la Imprenta Sur. El autor ha reconocido siempre la importancia que tuvo entonces para él su encuentro con Prados, Altolaguirre e Hinojosa, primeros mentores de su obra que pronto lo abren a la amistad de Aleixandre, Guillén, Salinas, Cernuda, Dámaso Alonso, y, en general, a los círculos más avanzados de la poesía española del momento. Fomentada en años sucesivos, la relación que mantiene con ellos marca la trayectoria que sigue su obra en un periodo que resulta decisivo para la consolidación de su vocación como escritor.

Tal como se ha venido repitiendo, Versos de retorno es un libro en el que se hace patente la huella directa de Antonio Machado, pero también —y el detalle es importante— los ecos de lo que había venido publicándose en los primeros números de Litoral y en otras revistas del momento (a ello aludía Giménez Caballero al referirse a los versos “de entorno” de Muñoz Rojas en la reseña que hace del libro en La Gaceta Literaria). La obra, en realidad, es una curiosa amalgama de elementos neopopularistas y puristas, corrientes que sirvieron de base a las primeras poéticas del 27. Más audaces son los textos que conforman la colección Poemas tempranos (1929-1934), grupo de composiciones en las que da paso al neogongorismo y a la asunción plena de los planteamientos de la vanguardia. La serie se cierra con un breve conjunto de textos (“Cuatro poemas”) cuyo lenguaje y exaltado erotismo remiten de forma clara a las formulaciones del surrealismo francés, movimiento al que Muñoz Rojas accede a través de la lectura de Gide y Lautréamont (Cantos de Maldoror) y de su acercamiento a los principios formulados en el Manifiesto Surrealista y en las revistas del círculo de Breton. A decir de él mismo, fue Aleixandre —a quien están dedicados los textos a los que aludo— quien lo introdujo en el conocimiento del surrealismo. Recordemos que el joven antequerano conoce al grupo de Litoral en el momento en que el colectivo toma partido a favor del surrealismo, operación en la que —como es sabido— intervinieron de forma directa Prados, Aleixandre y Cernuda. Próximo a todos ellos, no resultan raras las lecturas que realiza en esas fechas, como tampoco resulta sorprendente la huella que dejan en la obra poética que redacta por entonces. Eso al menos es lo que se deduce del libro que pasamos a comentar, Ardiente jinete, un grupo de poemas de claro aliento innovador y en el que los elementos vanguardistas y surrealistas adquieren un evidente protagonismo. Quemando rápidas etapas y en plena juventud, Muñoz Rojas conectaba así con las vertientes más activas y renovadoras de la poesía española de esos años.

Escrito en 1931 (el mismo año en que Cernuda redacta Los placeres prohibidos), Ardiente jinete es un claro exponente del apasionante clima al que acabo de hacer mención. Por desgracia sólo han llegado hasta nosotros una pequeña parte de los materiales –bastante abundantes al parecer- que formaron parte del libro original. Aún así, los veinticinco poemas que lograron salvarse de lo que fue un conjunto mayor son un elemento más que suficiente para demostrar la importancia intrínseca de una obra a la que apenas se ha prestado la atención que merece. Extraído de un verso de Garcilaso, y con resonancias de las novelas de caballerías, el título del libro nos pone ya en la pista de lo que constituye el tema central del mismo: el amor entendido como una misteriosa aventura regida sólo por el deseo y por la fuerza ciega de los elementos primarios e irracionales que lo desencadenan. Lleno de versos sorprendentes y de elementos simbólicos y metafóricos que remiten al mundo onírico de los surrealistas, la cerrada   y vertiginosa atmósfera emocional que el libro recrea recuerda muy de cerca las obras que escriben por entonces los poetas del 27 con los que mantuvo mayor contacto, entre ellos Cernuda, Aleixandre y Prados. Por lo demás, el erotismo libre y desenfadado que estos poemas celebran lo aproximan no sólo a esos nombres, sino también —y de forma quizás más evidente aún— a Moreno Villa y a José María Hinojosa, cuyas obras (pienso sobre todo en Jacinta la pelirroja y La flor de Californía) debió leer por entonces de forma muy atenta. Junto con estos títulos, Ardiente jinete figura, en mi opinión, entre lo más conseguido de la vanguardia poética española de esos años. Señalemos también la importancia que el propio autor concede al libro, algo que queda de manifiesto si tenemos en cuenta su decisión de presentarlo en 1934 al Premio Nacional de Literatura, galardón que finalmente recae sobre La destrucción o el amor, obra de Aleixandre que el propio Muñoz Rojas reseñaría en las páginas de Cruz y raya. No estamos, pues, ante un libro ocasional o puramente anecdótico como a veces se ha dicho, sino ante una obra llena de rebeldía vital e intelectual, consciente de sí misma y capaz de competir con lo mejor de la lírica española de entonces.

Así llegamos a Canciones, el libro que hoy presentamos, un conjunto de vibrantes composiciones juveniles agrupadas bajo este título por Cristóbal Cuevas, autor de la amplia edición de la obra poética de Muñoz Rojas aparecida en Málaga hace unos años. Acompañado de un excelente prólogo, el volumen rescataba el grueso de su poesía, ordenada cronológicamente y salvada, como en el caso que nos ocupa, del olvido en que habían permanecido hasta entonces ciertas parcelas de su obra. Escritas entre 1933 y 1940, estas Canciones vuelven a aparecen ahora en forma de libro independiente, escrupulosamente cuidado por su editor y acompañado en esta ocasión por unas bellas ilustraciones —trazadas con enorme gusto— del artista antequerano Jesús Martínez Labrador. El libro viene encabezado por unas breves palabras del autor en las que se nos da la filiación de los poemas y el nombre de los lugares (Cambridge, Madrid, Antequera) en que fueron surgiendo. Quizás el único aspecto discutible de esta hermosa edición sea la inclusión en ella del poema que figura a su frente, un texto inédito redactado en fechas muy posteriores y cuyo tono distinto rompe en parte con la unidad que el libro quiere tener. Se trata, en fin, de una minucia que no desmerece en nada el magnífico trabajo realizado por Francisco Javier Torres y Fernando Mateo, responsables de una colección exquisitamente cuidada y que cuenta ya con títulos de sumo interés.

Como ya hemos señalado, Canciones no constituye un libro independiente, sino un grupo de poemas de temática diversa cuya relativa coherencia proviene sólo de la proximidad cronológica a la que responden todos ellos. Acabadas de redactar en 1940, estas composiciones cierran de hecho el periodo juvenil del autor que hemos reseñado. En muchas de ellas se sigue respirando el mismo dinámico aliento, la misma intensidad de vida que advertíamos en sus escritos inmediatamente anteriores; otras, sin embargo, nos abren ya al tipo de reflexión, de carácter más hondo y meditativo, que desarrollan sus libros de posguerra, producto en parte de un exilio interior que no siempre debió ser fácil de sobrellevar. Al primer grupo pertenecen de forma clara títulos como “Canción”, “Dulcísimos navíos” y “Amor, ¡oh pluma!, ¡oh vilo!”, composiciones cuyo contenido amoroso y refinado esteticismo verbal suponen ya una superación del surrealismo en aras de las poéticas que desarrollan Guillén y Salinas en sus libros Cántico y La voz a ti debida respectivamente. El mismo espíritu parece latir en el poema “A una ciclista”, texto cargado de resonancias futuristas y personal homenaje del poeta al ideal de la mujer moderna de esos años. En el segundo grupo quedarían encuadrados poemas como “La madre”, “Mayo”, “Epitalamio” o “Yo sólo sé decirte”, texto, por cierto, del que se ha extraído el verso que da título a la amplia selección de la poesía del autor aparecida recientemente en Salamanca, Yo sólo sé nombrarte. Esta segunda sección, en la que abundan los sonetos y las formas clásicas, adelanta ya el camino que seguirá su poesía futura, abierta a (y recluida en) temas esenciales como el transcurso del tiempo, el lento fluir de la cotidianidad o la presencia de lo divino, tema este que el autor tiñe de un peculiar panteísmo que tiende a interiorizar los mecanismos del mundo natural y que procede en gran medida de sus minuciosas observaciones sobre los ciclos del tiempo y sobre la infinita capacidad generadora de   la tierra. El fondo de esta meditación está alimentado, sin duda, por la rica experiencia que supuso el paso de Muñoz Rojas en 1932 por la Universidad de Cambridge y por las traducciones de poesía inglesa que comienza a realizar por entonces, entre ellas las dedicadas a Gerard Manley Hopkins y T.S. Elliot, a quien llega a conocer en 1936.

Digamos, para finalizar, que Canciones, el libro que hoy presentamos, recupera una etapa poco conocida de la poesía de Muñoz Rojas y seguramente una de las de mayor interés. Recomendamos, pues, la lectura de unos textos alejados aún de las renuncias en las que luego abundaría el autor y que rescatan, en suma, un modelo natural de vida sometido en la actualidad a no pocos peligros.

(*) Texto inédito leído en la Presentación del libro Canciones (Ediciones de aquí, Benalmádena, 2003) durante la Feria del Libro de Málaga 2004. Al acto asistieron el autor y el editor).

Facebooktwitterby feather