Fernando Arcas: «La muerte tiene la cara azul»

La muerte tiene la cara azul
Por Fernando Arcas

La muerte tiene la cara azul, de Rafael Ballesteros

José María Jover escribe que “una experiencia histórica —como una experiencia biográfica—, no está hecha sólo de eventos “externos” (batallas, medidas políticas, dificultades económicas, reajustes sociales), sino también de vivencias “internas” —utopías, sufrimientos, heroísmos; experiencias de crueldad propia o ajena, de menosprecio o exaltación de la condición humana”.

En su estudio sobre la obra de Ramón J. Sender Mr. Witt en el cantón afirma que en la novela “encontramos in vivo y con una insólita capacidad de comunicación componentes de humanismo, de sensibilidad, de utopía, de desengaño, que forman la textura de aquella experiencia histórica, que sería inútil buscar en fuentes convencionales y sobre cuya trama quizá se haga definitivo silencio cuando desaparezcan las últimas fuentes orales directas de aquellos años”.

La obra de Sender, sigue, permite “entender aspectos entrañables de la vida del pueblo español durante los años indicados, aspectos que, ciertamente, no registran los manuales ni las monografías de los historiadores profesionales”.

Como en Mr. Witt en el cantón, en la obra de Ballesteros hay para quien sepa leerla, un trasluz del mundo intelectual, mental y social de la España de los años 60 y 70, una exploración de las fronteras morales de esa España. Y en ambas, el tema no es más que el pretexto para reflejar el contexto vital e histórico de sus autores. Mr. Witt habla en realidad de las convulsiones de la Segunda República española a través de las circunstancias que rodearon a la Primera. Y Ballesteros, incluso remontándose a la intentona liberal del General Torrijos y sus compañeros en Málaga en 1831, está mostrándonos las claves de todo tipo que rodearon la lucha antifranquista y las bases de la transición a la democracia española.

También el hispanista Raymond Carr ha encontrado un lugar insustituible para la novela en la historia contemporánea de España. Sin ella, sin los escritores como testigos de los acontecimientos o, más bien, de su espesor significativo, de su atmósfera circunstancial, no podemos interpretar adecuadamente el pasado, llegar a percibir su valiosa función de comprensión del presente. Ese matiz único de la literatura y del escritor para la representación ficcional le permite al hispanista británico encontrar en Juan Marsé y en su personaje del Pijoaparte el perfil del emigrante andaluz a Cataluña y de su máxima aspiración a que se le respete. Y a señalar en la palabra “decente” una de los rasgos definitorios de la clase media española en el franquismo. Cómo sea la digestión que haga el escritor de su época, así será el valor de su obra para poder acercarse a ella como fuente para comprender mejor el pasado.

En La muerte tiene la cara azul, Rafael Ballesteros muestra un fresco sobre un tiempo convulso y duro para la oposición política española, al tiempo que despliega una narrativa rica y sugerente que bascula cronológicamente entre etapas muy alejadas entre sí de su historia contemporánea y que van desde la revolución liberal hasta los inicios de la democracia, y en espacios geográficos y sociales diversos.

Géneros diversos la literatura y la historia, el autor quiere diferenciarlos acudiendo a Beckett: lo relevante es que las cosas han sucedido, que forman parte de un pasado y están ahí para ser contadas, no para ser analizadas y sentirse prisionero de ellas. Ballesteros es un escritor en la historia de la España de la transición, alguien inserto en la generación de los sesenta y setenta del siglo XX que decide en un tiempo concreto cumplir con una pasión, “sobre lo más sencillo, levantar lo más complicado”, aferrarse a la verdad más evidente y fructífera: “mi salvación más intensa es escribir”.

De filiación netamente poética, sin embargo, el autor se sumerge en la narrativa al terminar una etapa decisiva de su vida –la política vivida desde la enseñanza primero, y con dedicación exclusiva después-, e iniciar una nueva en la que la literatura —narrativa y poesía— va a ocuparlo ya todo.

Para el historiador, para el lector, la literatura debe ir abriendo los contextos, situándonos en ellos para hacer comprensible el texto y así poder sacarle todas sus potencialidades creativas y humanísticas, para poder llegar a través de él al autor, a sus problemas, a sus planteamientos, a sus alternativas. En definitiva, para que el lector pueda sacarle partido propio, hacerlo suyo para entender finalmente algo mejor el mundo.

Ballesteros aporta aquí una memoria, unas creencias, unas pasiones, unas visiones del mundo, unas heridas, vistas desde la ficción literaria. Mezcladas, eso sí, con una revisión del pasado cercano, aunque se inserten en él los recuerdos vívidos de la infancia. Tiempos mezclados pues, continuos flashbacks que tratan de ayudar al lector a situarse en su universo intelectual y vivencial más íntimo.

Aunque en el primer capítulo de La muerte tiene la cara azul haya una aproximación que se asemeja a la historia, con personajes que son históricos como Torrijos, Boyd y González Moreno, y en los otros aparezcan lugares concretos —la Axarquía, la carretera de Málaga a Almería, o Antequera en Málaga—, o líderes también históricos de la guerrilla como Ramón Vías, en su conjunto, la historia discurre entre uno de los objetos más recientes de la historiografía y que denomina las “personas corrientes”, un trasunto en este caso literario de lo que llamamos “historia oral”, un testimonio que rompe sus moldes completamente porque el principal protagonista —el autor— nos habla a través de sus personajes. Quizá este libro podría completarse con una entrevista a su autor en la que el historiador penetrara en sus recuerdos, en su memoria personal, y los llevase al libro o al documental como una historia de vida. Por otra parte, al lector le parece que los personajes —pero esto resulta en el fondo irrelevante— tienen toda la apariencia de representar un territorio concreto del entorno personal del autor. Una vez introducidos en la novela ya tienen otra vida, una vida propia.

Hans Magnus Enzersberger, que ha escrito de historia personal en el magnífico Hammerstein o el tesón, o en El corto verano de la anarquía sobre Durruti, acaba de ofrecernos los rasgos de la literatura en sus deshilachadas pero excepcionales memorias. A diferencia de la historia, aquella se caracteriza porque “deja muchas cosas abiertas. Un buen escritor dice más de lo que sabe. Cada lector entiende el texto a su manera. Por eso, el malentendido no puede evitarse; es más, se agradece”. Es la manera en que una obra literaria según él, alcanza la categoría de clásico, “porque contiene potencialidades abiertas que el autor quizá ni siquiera conozca. Nunca fue ni es dueño único del asunto. Debe tener, eso sí, traza, lo que significa que ha de estar técnicamente a la altura, pero al mismo tiempo necesita un resto de ingenuidad que escape al control de la teoría. La racionalidad y la espontaneidad son, en el fondo, incompatibles. Y es precisamente eso lo que le proporciona a la literatura su grado de libertad”.

Aunque el autor de esta obra abra el tiempo histórico a un juego infinito de perspectivas, y por tanto le deje al lector la libertad para experimentar aquel tiempo y el suyo, deja una propuesta escrita. En el primero de los libros, El peligro de la libertad, ya aparecen perfilados los temas fuerza de los ideales para el hombre —“es como saber volar”—, los valores que merecen la pena —valentía, generosidad, prudencia-, la fragilidad, la desnudez del ser humano, su sentido utópico —“la verdad es lo que se ve y lo que se sueña”, y, finalmente, el recurrente rechazo visceral a la traición —“cuídate de los traidores”—.

En Rencor de hiena el tema que concita es el de la lucha guerrillera de la posguerra con una exacta descripción o ambientación de los personajes en el ámbito rural andaluz. La politización domina el perfil de los personajes de Ballesteros, y el contexto en que los sitúa es extremo: están sometidos a la dureza de un tiempo áspero en el que la supervivencia no está asegurada y las situaciones son así límites. Quiere tratar de rescatar unos años de plomo, hambre y miseria, en los que ser persona y llegar a serlo para el escritor es sinónimo de tener ideas políticas, y estas están marcadas a fuego en el corazón. Y el verdadero hombre de esos momentos lo es en la medida de lo que quiera. Defenderlas no da tregua ni moderación a los personajes de la novela. La madre del Zagal, —un escondido después de ser dado por muerto por la Guardia Civil—, uno de los personajes, un modelo de las mujeres sufrientes y comprometidas con sus familiares en peligro, le inculca que sea duro, que no se reblandezca bajo ningún concepto.

En Verás el sol, el compromiso sin ambages llega a los hondos dilemas de una elección permanente y forzada por las circunstancias. Y el autor se decide por lo más difícil, por lo más arriesgado como la mejor garantía, aunque sin la esperanza de acertar porque siempre ocurrirá el arrepentimiento y la duda de la equivocación. Ballesteros hace una disección de la voluntad y la fortaleza revolucionarias en este tiempo de extremos de la clandestinidad y de la lucha armada.

La variedad interna de la guerrilla antifranquista permite el debate político entre las grandes opciones de la izquierda en la II República y en la Guerra Civil. El “partido” entra como otro personaje de la novela, con el socialismo, el comunismo y el anarquismo, es decir, la riqueza de la variedad frente al monolitismo de la corriente mayoritaria comunista de la guerrilla española.

Y en el binomio entre luchadores y fuerzas del orden público, la traición es la consecuencia inevitable de los efectos demoledores de la detención y la tortura. Ballesteros entra en el mundo carcelario y policial, una memoria personal enriquecida con su capacidad descriptiva y el trabajo concienzudo sobre las fuentes documentales. “El Seco” y “Reverte” son las dos caras de la resistencia antifranquista. El primero que no la soporta y se convierte en delator, y Reverte —un recuerdo del Andreu Nin muerto sin abrir la boca de El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura —, que aguantó sin decir siquiera su nombre. “Ruzafa”, en La imparcialidad del viento, dice que una vez que te han torturado y no has podido soportarlo, “contarlo da paz”. “Cetme”, sin embargo, será implacable hasta el final. Nunca ha experimentado la tortura ni ha sido detenido y por eso ni la admite en la delación de “Bandolé”, ni, sobre todo, la traición de “Rancho”, de quien sueña poder vengarse el día que salga de la cárcel y lo hace finalmente.

Los espacios, lugares, ambientes, tanto urbanos como campesinos, ponen una atmósfera precisa a la acción y a los personajes. En unos casos pertenece a los propios lugares de memoria del autor —el olor a zotal de los cines de posguerra—, en otros a su capacidad narrativa. En Miss Damiani el protagonista tiene nombre de arma de fuego, aunque es aquí donde Ballesteros da pie en mayor medida a la presencia femenina, a su visión de las relaciones entre sexos en el ambiente opresivo de la lucha clandestina durante el franquismo, un ambiente de soledades y desesperación por los obligados encierros y, al mismo tiempo, para la manifestación más extrema de la ternura y el abandono.

“Cetme” da paso a la presencia campesina andaluza en el norte, a una preciosa descripción de la vida rural en el campo andaluz, a la áspera y sólo en apariencia ruda sobriedad emocional y humana de sus familias, el cierre de los horizontes vitales y el forzado abandono de una tierra y cultura ancestrales que de pronto se han quedado sin presente. El campo, donde “la gente sabe poco pero cierto”, frente a la ciudad inmensa inaprensible. Es el campo el que le mete a “Cetme” “el odio” hacia sí mismo, la dureza, el desprecio hacia los que van de felices por la vida. A “Cetme” los “blandos” le dan asco, “los mataría”. Es un combatiente de una guerra perdida pero vivida como tal en cada instante. “Cetme” se está vengando, mientras que “Rancho” se defiende, dos maneras de entender la lucha política en la posguerra. “Que les den duro a los fascistas”, dirá uno de los personajes, una abuela a quien no le afecta el paso del tiempo para reblandecerse ni un ápice. La única debilidad que admite “Cetme”, este personaje de perfiles cortantes y letales para bajar la guardia es el amor, el fraternal y dulce de una hermana o el tórrido y envolvente de la amante.

Leer La muerte tiene la cara azul es sumergirse en un universo temporal y humano que cabalga desde los años 50 hasta el siglo XXI. Un mosaico repleto de claves que van desde la ideología y la emoción política, desde el núcleo de la razón política y el compromiso, a las coordenadas mentales, sociales y sentimentales de varias generaciones de españoles en un tiempo de silencio y de plomo. Una novela pues con todas las características para poder reconstruir, desde la literatura y la ficción, una parte esencial de la historia de la segunda mitad del siglo XX. O quizá una novela, para volver a Jover y a Sender, de más amplia dimensión al presentar el drama humano “a través de unos personajes lo suficientemente complejos y coherentes como para significar la escueta condición humana por encima de circunstancias concretas de tiempo o de lugar”.

Este estudio de Fernando Arcas se encuentra publicado en la Revista ETC Nº 20. Puedes consultarla desde este enlace.

ETC nº 20

 

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