Francisco Martín Arán: «Crónicas de Sanchos y Alfonsos» II

Crónicas de Sanchos y Alfonsos II
Por Francisco Martín Arán
Publicado en la Revista ETC nº 6

ALFONSO II EL CASTO

760-842
Rey desde 791 a 842
Predecesor: Bermudo. Sucesor: Ramiro I.

A mí, Theudia, entre venturas y desdichas, me concedió el destino el privilegio magnífico de salvar a mi Señor.

No me avergüenzo de ser, como todos los hombres, una frágil mariposa a veces, o un vencejo infatigable, o un jilguero cantarín; pero me enorgullezco, siempre, de tener la fortaleza del oso, la crueldad del tigre, la resistencia del caballo y el ímpetu del toro; sí, del toro bravo y orgulloso, empecinado, valiente, y dispuesto a morir con dignidad en la batalla voluble con la vida.

Entre la calma y el desasosiego vivo en lo oscuro de profundos pesares y alumbrado a la vez por las alegrías más excelsas. Progreso a bordo del bajel vacilante de esta vida asimétrica y avanza mi pensamiento en un continuo zigzag, desde la orilla viscosa de la fatalidad cercana, desde lo ponderado y lo prudente, hasta las fantasías infinitas que solo la imaginación febril es capaz de penetrar; así camino, representando mi artificioso papel sobre la tierra obscena, y concibiendo, en lo profundo de mi alma, vidas ficticias que me reservo, que nunca muestro.

Un destello en alguna de las zonas ocluidas de mi mente me sugiere que combatí contra las fuerzas enigmáticas de la adversidad más arbitraria. Sé que extremé los cuidados en cada una de mis jornadas de amor; que en la lúbrica oquedad de mi esposa deposité, transido de gozo, las semillas de la vida al amparo de lunas menguantes o crecientes, de concretas temperaturas, de perfumes y sonidos sensuales y de las luces y las sombras más concupiscentes; que obedecí magias y brujerías vigorosas e ingerí pócimas con infalibles atributos afrodisiacos; pero que todo fue inútil: mi mujer, con una mórbida obstinación, solo alumbraría mujeres.

En uno de los alumbramientos, presa del desvarío, imaginé que sería el padre de siete espléndidas doncellas que, embellecidas con telas de raso brillante y vestidos vaporosos, crecerían entre el rumor

de flautas y laudes; siete niñas que no llegarían nunca a conocer el dolor de los amores desgraciados ni los abyectos placeres del libertinaje, que no penarían jamás por culpa de la frivolidad de sus sentidos; siete vírgenes que hallarían los motivos de sus risas y sus llantos solo en las conmociones de la felicidad; siete trémulas cariátides, al fin, que conformarían los pilares del robusto santuario de mi vida. Lamenté, con cada parto, la desgracia de no tener brazos musculosos que me ayudaran en mis guerras, ni viriles descendientes que protegieran los laureles de mi memoria. Me angustió la pesadumbre de saber que nunca llegaría a ser fortalecido mi legado de armas y blasonerías; pero me regocijé por la fortuna de tener junto a mí siete corazones indulgentes, por la certeza de que gozaría de la adoración de unas hijas que me colmarían con el elixir de la dulzura y el apego, con el amor leal y con las caricias más delicadas.

Me turbó el compromiso inquietante que mi devoción paternal me exigiría. Tuve miedo de los tiempos; de la codicia y la intriga de los hombres, de los demonios que vuelan escondidos en los vientos irascibles de la época. Me torturó un pánico terror; el espanto de que, entre tanta guerra y tanta represalia, el grácil encanto de mis hijas pudiera ser utilizado por la vileza y la ignominia como moneda de cambio para la repugnante satisfacción de abominables tributos.

En la embrionaria corte de Asturias, al mismo tiempo que mis hijas, crecía Alfonso, nuestro Rey. Protegido por la sombra de su tía Adosinda, esposa de Silo, cuando era todavía un joven inmaduro, cuando era aún una ingenua diversión en el seno de su casa, sufrió por culpa del Maligno la violencia inaudita de injusticias y taimadas venganzas familiares.

Su abuelo, Alfonso I, el Católico, había dejado el reino apuntalado con los frágiles alfileres que la despoblación y las insistentes acedías musulmanas permitieron. Su hijo mayor, Fruela, el padre de mi señor, le sucedió en el trono, y, acuciado por el miedo y una insufrible suspicacia, cuando la sedicia no era más que una hablilla pululante, hundió el acero de la muerte en el pecho de Vimarano, su hermano tornadizo; la nobleza recelosa y vengativa condenó la felonía, cumplió con su contestable deber y acabó con la vida del sádico homicida.

El joven príncipe, con sólo ocho años de edad, fue testigo accidental de todo el salvajismo y la rudeza de su padre; y fue a la vez el inocente destinatario de las consecuencias de aquel asesinato que, por línea dinástica, lo convertía en protagonista subsecuente de una herencia embarazosa. Pero la prudencia inesperada de un azar que enmascaraba la codicia de los nobles evitó su prematuro ascenso al trono envilecido, manchado aún con la sangre de Vimarano.

Después de Fruela, el reino fue gobernado por la torpeza de Aurelio, y luego por la indolencia de Silo y, a cuya muerte, su viuda Aldosinda ofreció el trono a su sobrino, un joven de solo veintitrés años aún, colmado de intenciones pero huérfano de apoyos que, con la fuerza quebrantada por la inmadurez y por la flotante agitación de la nobleza, pudo sostener, apenas durante un año, su efímero reinado; hasta sucumbir a una conspiración encabezada por su tío Mauregato, bastardo de Alfonso I.

Durante años la ineptitud de Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo y la sumisión con que encararon su enfrentamiento con los musulmanes condujeron al reino a un periodo de inestabilidad, a padecer sucesivas conjuras internas y a soportar la sublevación de los territorios vascos y gallegos

Por segunda vez, ahora con treinta y un años, Alfonso, conspicuo y temerario, asume el caudillaje y, siguiendo el rito de la tradición visigoda, es ungido rey. Logra el afianzamiento y la independencia del reino y avala la autonomía de la iglesia astur; consolida la monarquía, robustece la fuerza militar y solidifica la prosperidad económica. La reafirmación de su poder y el creciente vigor de las estructuras de su gobierno le permitieron suprimir el Tributo de las Cien Doncellas, aquella onerosa gabela que los ejércitos árabes exigían con la violencia de las armas y con la repugnancia de su inhumanidad. Los logros encadenados del rey, enfebrecido por los recios vientos de la voluntad y la decisión, hicieron las fronteras más firmes y más lejanas; con ellos, con la intensidad de su solvencia, el alfanje del moro

dejó de rozar la cabeza de mis hijas que, si bien, en un funesto orden casual, no serían las primeras obligadas a formar parte del injurioso séquito anual, no estaban a salvo de avatares accidentales.

La guerra, como todas las guerras, era demasiado larga; largas habían sido las razias sarracenas y ancho el territorio que había que liberar de los infieles para esparcir de nuevo sobre los campos la semilla marchita del credo cristiano; profundo era el sentimiento del Rey, y latente la conciencia de que solo los deseos unánimes hacen posible la fusión y la firmeza.

Pero ahora, como en todas las épocas, junto a la guerra morosa contra el concreto enemigo, bullía la connivencia y la ambigüedad de los opositores y de los ambiciosos; y la presencia, larvada o evidente, de la sangre, de los estupros y de la vileza; la maldición de los innumerables jinetes de un apocalipsis que, como una amenaza eterna, sobrevuela sobre la tierra y sobre la vida: el hambre desigual, la miseria variable, el pueblo irritado, la nobleza codiciosa, la fe, los obispos, los herejes, las ramas insatisfechas de los propios árboles genealógicos; y en la escabrosa distancia, al norte de las tierras de la Marca Hispánica, más allá de las montañas de navarros y vascones, el Emperador, el todopoderoso Carlomagno, dueño de un imperio unificado, construido sobre los pétreos cimientos que heredó del merovingio Clodoveo.

Alfonso, como todos los hombres que ostentan el mando sobre la parcela más preciada del poder, como todos los que deciden sobre la vida y el destino de los pueblos, fue el centro de una magnética diana que atraía los dardos de frecuentes desavenencias y los venablos inesperados de las desgracias fortuitas.

Padeció el hostigamiento de Hishan, el hijo de Abd al Rahman I; y de Abd al Malik, que llegó a tras- pasar las puertas de Oviedo. Fue atacado por Abd al Karim, que ocupó Astorga y puso en fuga a los cristianos; que devastó los campos y redujo a cenizas aldeas y ciudades en una encarnizada persecución al Rey que, otra vez, abismado en la derrota, se vio obligado a abandonar Oviedo y a someterse a un humillante refugio en las montañas inexpugnables de su provincia; hasta que los motines y luchas internas socavaron el ímpetu del invasor y pudo recuperar de nuevo el poder menoscabado. Afianzado en el trono consolidó su control sobre Ira Flavia, ofreció ayuda a los mozárabes de Mérida y Toledo y conquistó Lisboa. Ayudado por las tropas del emperador del sacro imperio, que asediaban los territorios catalanes y los libraban a la vez de la rapiña y el pillaje de los árabes, derrotó de nuevo a los infieles.

En Oviedo, una vez reconquistada la villa, se propuso hacer la capital mucho más hermosa; ordenó levantar iglesias y monasterios, construir y dar forma a la Cámara Santa y edificar la basílica de San Julián de los Prados; un templo sencillo, erigido para dar cobijo al Dios principio y fin de todas las cosas, a un Dios infinitamente generoso que transmitió su luz a los constructores para que con la imaginación y con la delicadeza de sus manos alzaran sobre la tierra rigurosa de Asturias un prodigio de armonía y de belleza solo equiparable a alguno de los fragmentos de cualquiera de las circunscripciones más refulgentes del cielo.

El Rey era consciente de que la dependencia del clero astur de la diócesis de Toledo, aún bajo la dominación musulmana, interfería en sus aspiraciones y coartaba su autonomía plena.

En la sede toledana, las teorías del obispo Elipando, defendidas por el prelado con inflamada ferocidad, con excesivo apasionamiento y bajo amenazas de herejía y exterminio, sostenían que el Hijo de Dios lo era solo en cuanto a su consideración divina, pero no en cuanto a su naturaleza humana que obedecía en exclusiva a la benéfica prerrogativa de la adopción. Alfonso aprovechó el cisma para separarse de la iglesia dominante y someterse a la disciplina de la comunidad visigótica, a las normas de la diócesis carolingia de Urgel, dependiente del arzobispado de Narbona.

Mantuvo negociaciones con el poder imperial y, para dar cuentas de sus actos y recibir consignas de ineludible cumplimiento, envió emisarios a Aquisgrán y al concilio de Frankfurt. Combatió herejías y

desbarató intrigas y maquinaciones palaciegas; propuso la aceptación de los principios que cimentaban el ordenamiento del imperio galo y promovió la integración de su reino en las estructuras políticas que regulaban la eficacia de las instituciones que desde el corazón del continente irradiaban la eviterna centralidad que la geografía les otorga.

En el año 800 Carlomagno había sido coronado en Roma Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Como Emperador de Occidente ostentaba todo el poder terrenal, y como protector del Papa la tutela sobre el administrador de la gracia divina. Dueño de la fuerza y señor de la vida, decidía el des- tino de un vastísimo territorio y, con la eventual concordancia de su único criterio, dictaba las normas y establecía las leyes que regulaban las relaciones entre personas y entre provincias; unas reglas cuyo valor, más allá de su equidad, de privadas conveniencias o parcialidades interesadas, o de a quienes perjudicaban o favorecían, descansaban en la mera circunstancia de existir, de ser pauta y paradigma. En los fragmentos de la antigua Hispania el factor determinante era la inexistencia de lo unánime: reyes, caudillos, reyezuelos, taifas; sarracenos conversos y cristianos oprimidos, abdicantes unos y bajo el yugo musulmán otros; y en la lejanía un imperio fanfarrón y amenazante, siempre alerta para obtener su porción en el reparto de los despojos de nuestra bacanal fratricida.

Las murallas invisibles que acotan lo útil y lo conveniente no soportaron las presiones que sobre ambos flancos ejercían, desde fuera, los enemigos recalcitrantes y, desde dentro, la contumacia de los conspiradores; Alfonso, como el brazo ejecutor que impone el orden embarazoso, fue derrocado. Yo, Theudía, entre la conmiseración y la pena, no quise ser otro más de los azares irresponsables que lo acuciaban. Miraba al rey y veía el fulgor de su boato, el brillo tenebroso de una corona de plomo que oprimía su cabeza, el trono fatigante, la abrumadora parafernalia. Lo veía como un náufrago abandonado en un océano de tristeza, como una brizna de paja a merced de los destellos fragmentados de un arroyo quebradizo, como un junco versátil; pero también como un olmo poderoso que afianza sus raíces en las rocas milenarias del subsuelo.

Vi en él a un esforzado navegante que, a merced de una galerna, se dispone a traspasar la emboca- dura de una ensenada inalcanzable. Lo vi a veces transido, ausente, como alguien que añora algo que en su infancia nunca tuvo. Lo vi también como un ser rematadamente obsceno que por alguna razón inconfesable se hubiera visto obligado a practicar la castidad.

No me importó ser vasallo, ofrecerle mi vida y poner mi espada a su servicio. Lo compadecí; supe que no es difícil enloquecer en esta época de razias y contrarréplicas, de lucha frenética y de amenazadora calma; quise ser un arbotante de su reino, una velada entereza que aliviara su soledad. Lo devolví al trono.

Ahora, mientras él gobierna, yo envejezco. Envejecen mi cuerpo y mis armas; unas manchas oscuras aparecen en mi piel y unas motas de óxido corrompen el filo de mi acero.

Como crece este reino de Asturias habrían crecido mis hijas; aquellas que imaginé en un sueño para que una, una cualquiera de las siete, pudiera tal vez haber sido desposada por el Rey. Pero no, no existieron mis hijas, fue falsa la quimera y misteriosa la castidad del monarca.

Avanzo a horcajadas sobre el tiempo, sobre los días del presente; acercándome al último minuto, al instante en el que desaparecerá el futuro y empezará a consolidarse mi pasado; me pregunto aún por la vida de mi señor, por su extraña continencia.

ALFONSO III EL MAGNO

848-910
Rey desde 966 a 910
Predecesor: Ordoño I
Sucesores: Garcia I, Fruela II, Ordoño II

Amanece entre la bruma y la perplejidad, entre el mutismo del firmamento y el silencio de los hombres. A lo lejos, una luz indecisa alumbra las ocultas murallas de levante. En la párvula amanecida que encubre las paredes que dan su cara al poniente miro una silueta que se dibuja sobre el gris cromado del cielo, veo las torres difuminadas, las almenas que, como un encaje de piedras minúsculas, festonean los recios muros.

¿Ciudad o persona, qué eres?

Sobre la mesurada colina te percibo distante, ahora que, como un oscuro peregrino, vuelvo a ti que tantos años fuiste mía; yo, que fui tu dueño, que te conquisté, que tanto amor te di, que gocé al amparo de tu hospitalidad y que sufrí sin continencia cuando tu cobijo fue para los otros. Fuiste morada y corazón y te ha convertido el tiempo en ramera; a mí, el tiempo invencible me ha convertido en un despojo de rey.

Mi esposa, Jimena, enarboló la espada de la rebelión e hizo enardecer contra mí la infamia de mis hijos. En el valle de Boides, en los verdes campos de Gijón, me vi forzado a repartir mi reino entre ellos; León a García, Galicia y Portugal a Ordoño y Asturias a Fruela.

García, tu rey de ahora, mi vástago primero, rechaza la espada que le ofrezco para luchar contra el sarraceno; sabe que mi brazo ha envejecido y no valora ya la destreza que exhibí en tantas batallas tortuosas. Me sabe vencido y desdeña mi generosidad.

Una veladura sutil se interpone entre mis ojos cansados y la antigua vehemencia de mi carácter, un frágil velo que impide que la humedad se concrete en una lágrima; ahora, cuando caído intento esconder el llanto, cuando deploro mi condición de rey que me obliga a lamentarme como una mujer y no me permite llorar abiertamente como los hombres.

Albergaste a Veremundo, el mayor de mis hermanos, cuando cegado por mi espada, como Nuño, como Odario, como Fruela, huían todos de mí. Lo encubriste entre tus murallas y no te importó que fueran suyos los palacios que mi prodigalidad te regaló. Ah, si fueras indulgente sabrías por qué contengo estas lágrimas que, como ríos de polvo oscuro, quisiera que horadaran mis mejillas.

En lo que parece un acto de desprendimiento ofrezco mi acero y se desprecia; pero no es este el agravio que me hiere. Disueltos en la ambición y en el vértigo de los días, en la ineptitud y la torpeza, los hombres confiamos absurdamente en que el olvido nos perdone, pero un rescoldo, una huella oculta permanece en el corazón y el fuego se aviva sin clemencia cuando, como deudas omitidas, renacen las cenizas de la iniquidad y los agravios.

Veremundo, Nuño, Odario y Fruela, con los que había compartido juegos y niñez, mis hermanos que vertieron por sus heridas infantiles la sangre que nos donó nuestro padre, se rebelaron contra mí y, con un desmedido afán de venganza, los condené a la ceguera. La arrogancia de mi poder fue como una túnica de acero que ocultó la generosidad que Dios exige a los vencedores, pero que con tanta frecuencia por el exceso y la jactancia el triunfador olvida.

Cuando le diste tu amparo empezaste a ser ramera; pero ahora, tal vez demasiado tarde, cuando tú a mí quizá no puedas perdonarme, yo te perdono; y te agradezco, con una impúdica demora, que ofrecieras tu abrigo a la desgracia que a través del fuego de mi furia condenó a mis hermanos a no ver más el dulce rostro de sus hijos, pero también, para su dicha, a no reconocer en mi semblante las marcas del odio y el naufragio. No es perdón lo que demando, lo que pido es un muro, una montaña, una albarrada en la que se detenga mi voz, una pantalla en la que se remansen las palabras que calladamente emite mi garganta, una página en la que se conserven los argumentos que como un rey que trató de ser justo utilicé, pero que como a un hombre dominado por la necedad y la soberbia me fue tan fácil violentar.

El dictado de mi orgullo me sugiere que vuelva la mirada hacia lo más profundo de mi pensamiento, hacia los cientos de eslabones de una gloriosa cadena de sucesos que dan solvencia a mis recuerdos.

Hice que mi reino, aquel que con una humilde cruz de palo de roble en la mano presagió Pelayo, alcanzara una dimensión y una grandeza dignas de un imperio. Una inusual secuencia de victorias, en Toro, en Zamora, en Polvoraria, en Deza, forzó el retroceso de los árabes y puso freno a la yihad del omeya Ibn al-Qitt; fueron detenidas las ofensivas de al-Mundir, el hijo de Muhammad, que fue capturado en Valdemora y liberado solo después del pago de un oneroso rescate. Combatí con vehemencia el ardor guerrero de los infieles y, otorgando más valor a su fuerza que a su credo, me alié con quienes coyunturalmente me convenían. Consolidé la frontera del Duero e hice repoblar los campos con colonos de Cantabria y de Galicia, con vascones y navarros y con un número incontable de mozárabes; transmití a los hombres nuevos una fe, una esperanza y un sentimiento de pertenencia, una inquietud que más allá del mero término repoblar contenía el significado de hacer pueblo, de construir avenencia, más humano y más fraterno que la somera habitación. Concedí tierras yermas a monasterios, clérigos y órdenes religiosas; brindé mi protección a las comunidades monásticas, a cristianos que vivían en las tierras ocupadas por los árabes, a la nobleza fugitiva, a segundones y a una caterva de estrafalarios caudillos tribales que holgaban errantes y desvalidos, individuos singulares que vivían a veces en el filo del abismo, pero que poseían un sentimiento de ubicación mayor que los astures, siempre abstraídos en sus montes; gente al fin diversa y esforzada que aportó costumbres nuevas, técnicas desconocidas y estilos artísticos rutilantes.

Se ampliaron mis territorios, hasta el Ebro por el este y hasta los mares infinitos de Galicia por el oeste. Entre el Miño y el Duero ampuloso de las últimas leguas, con la ayuda del conde gallego Vimara Peres, establecí el condado de Portus Cale, un territorio privilegiado que se ha convertido en un aliado primordial y en el sitio de una estirpe valerosa.

Me sojuzgó la ciudad incipiente de León y quise distinguirla con el honor de hacerla capital de todos mis do- minios; en conmemoración, como votivo desagravio, doné a la iglesia de San Salvador de Oviedo la Cruz de Pelayo, aquel crucifijo de palo de roble que mandé recubrir de oro y piedras preciosas y que fue designado por el pueblo como la Cruz de la Victoria.

En esta hora temprana de la aurora, en este tiempo simultáneo que encubre el nacimiento cotidiano del sol y el ocaso vertiginoso de mi vida, deambulan mis recuerdos entre el delirio y la realidad, entre lo apocalíptico y lo fantástico. Viene a mí, e este viejo felino extenuado, la presencia eviterna de los insobornables y la nausea consistente del vestigio mugriento de los traidores, vuelven las algaradas y los remansos de paz, el ruido ensordecedor de las espadas y el silencio de las noches afligidas, las voces reclamantes y la pétrea serenidad del sepulcro del Apóstol; roza mi piel la mansa humedad del río Órbigo, la dulzura hospitalaria de Castrogeriz y el altivo padecimiento de San Esteban de Gormaz.

Como un destello, como una evocación peregrina y extravagante recupero el desconcierto que provocó en mí aquella irrespirable polvareda del sur que se acercaba morosa, y la perplejidad de que, concatenados en su seno, contuviera la perspectiva de la muerte y una necesidad imperiosa de vida; rescato del fondo de mi alma la insólita conturbación que me produjo aquel polvo vigoroso; y la complacencia de encontrar luego en él tanto placer y tanta dicha.

Delante de la nube semoviente, de aquella bruma ribeteada de un polen sucio y ocre que se diluía en el cielo fuerte de la meseta, sobre una yegua alazana de porte venerable y cabalgar majestuoso, venía

Muhammad, mi mortal enemigo, aquel moro que tantas veces quiso matarme y al que tantas veces quise matar yo. Tras él, ocultos en el aire polvoriento, una ralea de asesinos; tras ellos, detrás del polvo, el vacío. Mis embajadores y los de Muhammad habían establecido los pormenores de un convenio de paz y, para su formalización, decidieron concertar una cita entre el moro flagelante y yo, Alfonso, por la gracia de Dios, rey de la cristiandad.

Mi aspecto era formidable.

Era… soy alto, fornido, de vientre plano, brazo musculoso y piernas recias; mi voz y mi silencio poseen la fuerza enigmática de la seducción; mi nariz es proporcionada, mis ojos glaucos, y mi cabello, que se ex- tiende terso y abundante desde la frente hasta la nuca, del color dorado oscuro de un sol muriente. Acudí al encuentro con el árabe convencido de mi superioridad, con arrogante altanería, seguro de que mi encanto personal conseguiría insospechadas prebendas y fastuosas sinecuras. Esperaba en él una piel cetrina, una mirada apagada, un tamaño corriente y una ordinaria fealdad.

Pisando con firmeza se adelantó la yegua alazana. De su grupa descendió un moro apuesto, hermoso, con una figura tan magnífica como la estampa orgullosa de su caballo; sacudió sus faldones de seda púrpura, se apretó el talabarte con desafío y batió levemente los hombros para acomodar la túnica; rozando el cabello, su mano derecha fue eliminando algún rizo molesto y protuberante; se cambió la fusta de mano para, con un ademán provocador de la izquierda, acariciar su barba turgente. Su mirada y la mía se cruzaron en el aire benévolo. Los dos nos mantuvimos firmes, él plantado como una garza, yo, presa de una sorprendente estupefacción, sujetando con fuerza la espada. Lo vi igual a mí, sólido, obcecado, con un encanto singular. Intuí que la batalla iba a ser dura, pero también noble y sincera.

Bajo la presencia notarial de las armas y las tropas, firmamos los documentos de la paz; y nos dispusimos a luego celebrarlo con alcoholes y matanzas. Él me ofreció un vino de los campos de Córdoba, dorado y seco, oloroso; yo le obsequié con un vino rojo de la comarca del Bierzo, afrutado, untuoso, aromático, temprano. Junto al calor humeante de unas brasas reparadoras nos sirvieron cochinillos y jamones del lugar, morcillas chorreantes, morcones y chorizos generosos; pero todo, como si procediera de las calderas más profundas del infierno, fue despreciado por Muhammad que solo mostró ojos, manos, boca y una ansiedad descomunal por unas finísimas chuletas de cordero lechal seccionadas tal vez de mamoncillos apacentados en las verdes praderas del cielo por algún pastor divino. El caldo, la sangre, los lechales y una exquisita mazamorra hicieron que nos envolviera una mágica simbiosis, una alegórica oquedad, una fraterna confusión; hasta que se nos hizo francamente tarde.

Desde arriba, llenos de gloria y regocijo, Dios Padre y Alá bendecían nuestra alianza y aquella farra sobrevenida; los dos, al unísono, con un suave retintín de envidia, entonaban un salmo de clemencia: “No necesitan perdón; saben cumplidamente lo que hacen”.

Junto al fuego, con una voz grave y pausada aquel guerrero feroz me leyó versos hasta el alba; me trasladó el enigma, la densidad y la emoción de unos poemas que hablaban de la oscuridad de la existencia, de las raíces profundas que conectan al hombre con la tierra y de las ramas relucientes que lo elevan a la entelequia de los espacios celestes. Con cada sorbo de vino los versos se tornaban más excelsos, cada trago fue como un soplo rutilante de vida, y, con cada uno, se hacía más débil la mezquina urgencia de matarnos que ambos padecíamos.

Me habló de su padre, Abd al-Rahman II, de su hijo Al-Mundir, de sus maestros, los sabios alfaquíes, del encadenamiento de batallas ganadas y perdidas, de efímeros avances y de coyunturales retrocesos, de las revueltas de clérigos y muladíes; y, con una rabia bíblica, de las rebeliones internas de sus hombres de confianza. Me mostró después su aprecio; me dijo que valoraba la constancia y la franqueza de mi leal enemistad, que alababa en mí la hidalguía de encarnar a un adversario confiable.

Yo le hablé de mi padre, Ordoño I de Asturias, de mi abuelo Ramiro, de mis hermanos sediciosos, de los condes rebeldes, de las fuerzas externas que nos asedian y de la centrífuga estupidez que nos agravia, de los enemigos inesperados y de los aliados infames que nos infligen las súbitas derrotas del corazón, mucho más dolorosas que las de la carne; le hablé de las guerras de saqueo, y de las inconmensurables rapiñas de botín, tan inmundas y tan execrables.

Le describí la proporción y las medidas de la abadía de San Miguel de Lillo, la capilla primorosa que sobre Oviedo mandó construir mi abuelo Ramiro I; le hablé de Santa María del Naranco, de San Salvador de Valdediós, de San Julián de los Prados, de Santa Cristina de Lena; de algunos de esos templos recónditos que para la eternidad enaltecen las tierras de mi reino.

Él me habló de Tarub, una odiosa concubina que atormentaba la vida de su padre y yo le hablé de Jimena, mi convenida esposa vascona; coincidimos ambos en que un hombre debe tener una mujer junto a él y en que una mujer debe tener un hombre a su lado; pero, ante la eventualidad de no haber elegido con acierto el objeto del amor sincero, nos preguntábamos los dos: ¿es necesario vivir eternamente juntos? Muhammad era un hombre culto y emotivo; dejó en mí la impronta de un creador exigente. Conocí a través de sus palabras la seducción que ejerce el territorio sobre el ánimo de los hombres; me trasladó con su verbo primoroso el perfume, el duende y la cadencia de las noches mágicas de Córdoba; y el arrobamiento de un instante en el que, entre paredes de blanco brillante y flores aromáticas, se percibe la melodía inefable de una cítara bajo la luna silenciosa; me permitió conocer la generosidad, la entrega, la comunión y el temblor que deambulan entre las líneas ocluidas de los poemas más excelsos y me hizo saber por qué se impregnan los versos del olor de la tierra y del brillo de cielo que nos cobija.

Ordené a Dulcidio, esclavo de Dios y siervo mío, cronista a la sazón y escribano de los códices que yo le dictaba, que, con su esplendente letra gótica, redactara un pergamino que recogiera las cláusulas del documento que habíamos firmado. Aquel monje a mis órdenes escribía mis crónicas y le daba forma a mi historia y a la de mis antepasados; desde la época confusa de Roma, al tiempo hegemónico de la estirpe visigoda, y, con un especial énfasis a los hechos recientes, para dejar constancia de la evolución cercana de los reyes godos ovetenses. En el monasterio de San Martín de Albelda, el trabajo paciente de los clérigos hizo posible la concreción en códices de los sucesos más sobresalientes. Sebastián, obispo de Salamanca y sobrino mío, con su admiración y con su generosidad, dio solvencia a los textos, mejoró la redacción y los dotó de un lenguaje más erudito y más nuevo.

En la distancia, en los caminos que conducen a las cálidas tierras ocupadas, se alejaba una nube de polvo que envolvía a Muhammad y a su séquito licencioso; en la lejana polvareda el rey moro, sus vasallos y su jaca alazana eran solo uno; un tumulto en retirada.

Supe que romperíamos la paz. Lamenté que ni él ni yo, reyes poderosos, pero plumas al fin a merced de los vientos del odio y la ambición, briznas de paja supeditadas a la vileza que se esconde en las humanas tempestades, podríamos mantener el compromiso de un tratado colmado de voluntad y de principios, pero sometido a los albures de la fuerza y de la arbitrariedad. Temí encontrarlo alguna vez entre el ruido y el polvo, exigiendo el galope desenfrenado de su yegua alazana contra mí y contra mi pueblo; y que, como fieles continuadores de las querellas de sus padres, henchidos de las razones infernales de la codicia, se enfrentaran nuestros hijos en el campo de batalla.

Quiero pensar a veces que en los actos de los hombres elegidos hay una intención que se fundamenta en la voluntad, un deseo que radica en la abnegación y un sentimiento que descansa en la filantropía, pero sé que a todos nos domina el desequilibrio del mundo, y que el manto del azar y de la estulticia es más poderoso que la razón y que la prudencia. Sé que todo queda reducido a polvo, y que el tiempo cubre de suciedad lo más profundo de la vida, el origen de los hechos y el auténtico significado de las palabras; que hay una impureza sideral, una cósmica inmundicia, que oculta los códices y los tratados, que enturbia nuestras intenciones y que difumina las líneas esenciales de nuestros actos; que nos iguala y nos hace, segura, vilmente más humanos; una neblina indulgente, reparadora a veces.

Por el tiempo y por el polvo, porque la verdad es solo apariencia y porque la memoria es inventada renuncio al propósito de entender el por qué de los hechos y debo tal vez resignarme solo a saber que sucedieron; y a soportar sobre mi alma todo el peso de la realidad que mis ojos subjetivos percibieron. Solo puedo renunciar, revelarme sin esperanza y morir cien veces para enterrar cien veces a este corazón gastado que, como una satánica paradoja, conserva más amor por mi enemigo recalcitrante que por mis hijos, mi esposa y mis hermanos.

Frente a mí, ramera universal, exhibes tu perfil y tus murallas. A voz en grito te llamo prostituta pero no puedo ocultar la pena por el amor que te profeso. Lloro por lo que me ocultaste, por lo que nunca tuve de ti. Te rebelaste contra mí, a tus hijos, que eran mis hijos, los convertiste en mis enemigos. Pediste ayuda a tu padre, Nuño Fernández, para acabarme. Rociaste mi corazón con la simiente del odio, pero no, Jimena, las semillas no germinaron.

Detrás de aquellos muros lejanos que te envuelven, bajo el airoso campanario, en un húmedo sótano sin luz nos espera nuestra tumba, un severo retiro frío como los témpanos de hielo que descienden en invierno por nuestros arroyos.

Allí delante, en la ciudad de Astorga, descansarán nuestros cuerpos. Seremos un artificio deformado por las crónicas; hasta que al fin, la eternidad impasible nos haga justicia convirtiendo nuestros huesos en polvo y en olvido.

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