Alberto González

Nací poco después de la primera mitad del siglo anterior. Es una forma bastante enrevesada de decir que nací en I954, pero es que no se me ocurre nada más preciso para expresar que tengo un alma a mitad de camino entre la ciudad de este lado y la ciudad del otro lado encima de una loma.

La ciudad de este lado donde nací es atravesada por un río que pace lento hasta llegar al fin de la tierra del otro lado de la frontera que da a un océano.

La ciudad de la loma tiene también un río chico que, en algún momento, hace frontera. Nunca me ha preocupado saber a dónde va a parar, si es que va a algún sitio. A lo mejor sestea por la llanura y muere de cualquier manera. No lo sé, pero creo que ya es hora de que aprenda la geografía exacta en la que se movió mi alma cuando iba a la escuela. El caso es que los dos ríos, el que aparece en los mapas y el que de vez en cuando se me aparece en sueños, tienen sus nombres propios y mis recuerdos.

Los del rio grande son recuerdos de baños en verano y de crecidas en invierno. De puentes que atravesar y de barcas en el embarcadero. Los recuerdos del río chico pertenecen a una excursión que hicimos mi hermano, mi primo y yo a lomos de tres bicicletas conducidas por tres ninfas.

Las dos ciudades tienen también murallas. A trozos, las de la ciudad de este lado; enteras las de la ciudad de la loma que colinda con otra loma con murallas gemelas y sin nada dentro porque fue un fuerte militar. También posee en las afueras un acueducto muy bien conservado donde se instala un mercadillo con mujeres muy viejas, de faldas negras y pañuelos negros en la cabeza. La tristeza agradable de la música que invade el mercadillo parece que viniera desde muy lejos.

En la ciudad donde nací hay un trozo de muralla con foso muy amplio donde instalaban un cine de verano que yo veía desde la terraza de mi casa, sentado en las sillas que subíamos después de la cena. Desde esa misma muralla en su parte de arriba se cayó un caballo en Navidad. Formaba parte de una cabalgata de reyes en la que iba mi padre haciendo de rey negro sin que yo lo supiera. Tampoco supo mi hijo, muchos años después, que yo era el rey que le habló con voz muy grave en la

fiesta de la guardería. No me acuerdo de qué rey hacía, pero no era negro. Lo único que sé es que me puse la túnica con su capa, la barba y la corona, me senté en una silla forrada de papel dorado, recibí uno por uno a todos los niños de la clase y mi hijo no me reconoció.

Algún día tendré que mirar donde las fotografías en papel. Aunque lo dudo. No sé exactamente dónde están las fotografías de cuando era en papel. Sé que están en algún lado oscuro de la memoria, pero creo que mi memoria no quiere que yo las encuentre. Es más, estoy seguro que mi memoria se ha conchabado con mi escritura para que no encuentre las fotografías y así no tenga más remedio que escribir.

Cuando veo, no escribo. La vista es muy absorbente. No deja nada a la imaginación y muy bien que hace. Cuando veo, es como si estuviera haciendo fotografías con las manos de teclear sujetando la cámara y dándole al botón y claro, así ¿cómo va uno a escribir si tiene las manos de la escritura puestas en la actitud de disparar?

Además no tiene sentido que uno grabe imágenes en la cámara y al mismo tiempo imagine cosas para escribir. Las cosas de escribir son de la imaginación y las cosas de ver pertenecen a la imagen y pan con pan, comida de tontos, que es lo que me decían mis padres cuando eran plurales en la ciudad donde nací.

Ahora tengo un padre en singular que se acuerda todos los días de cuando había que añadirle una maternal “ese” a su nombre común y solitario. Por eso juega siempre dos números a los cupones; el nueve que es el suyo y el trece, el de mi madre. Por eso va a donde el paseo, a encontrarse con otros hombres viejos y solos para hablar de cuando eran dos y por eso, a veces, cuando menos me lo espero, me dice “vamos a ver a tu madre” y allí que nos encaminamos los dos en mi coche; yo, con las manos de escribir y él, con su pañuelo en el bolsillo de limpiar la lápida…

Con los adelantos de hoy en día, no hace falta buscar fotografías en la caja de dulce de membrillo de mi madre. Tampoco  hay que ir al fotógrafo en blanco y negro de la calle en cuesta que desemboca en la plaza del Ayuntamiento donde trabajaron mis padres; ella de secretaria particular del señor alcalde, él, en diversos negociados, hasta acabar al final los dos juntos en un despacho pequeño; él dictando documentos y ella copiándolos en taquigrafía para pasarlos después a máquina y dárselos a firmar.

Muchas veces subí la calle de la cuesta hasta llegar a donde mi madre y, tras ser paseado y besado con estampación de carmín por todas las amigas de todos los negociados y secciones del excelentísimo ayuntamiento de la ciudad, nos íbamos a hacer la compra en el mercado de arriba, aprovechando la media hora del desayuno.

Otras veces me llevaba al fotógrafo a que me hiciera fotos de carnet, solo o con mi hermano. Y con mis primos también, pero eso ya era por las tardes, para las fotos familiares en que nos poníamos a mirar el inexistente pajarito del señor sin rostro con cámara encima de un armatoste de madera y paraguas detrás y nosotros, delante de un fondo de columnas con montañas y alguna nube; ellas con sus trenzas y sus vestiditos y nosotros con pantalones cortos, el flequillo tapando la mitad de la frente y una sonrisa obligatoria que nunca me salió.

En lo que se refiere a fotografías, siempre fui un niño sin sonrisa con cara de serio. Lo sigo siendo por fuera. Por dentro tuvo que venirme desde el océano lejano una brisa que hizo que me tomara las cosas con cierta distancia. Si no, no me explico esta conciencia de gota minúscula en la que me instalo con cierta facilidad cuando vienen mal dadas. Es más, creo que he aprendido a sonreírme con los ojos porque, extendiendo mucho la metáfora, una gota de océano podrá parecerse a un ojo pero jamás a una boca.

Escribo esto e inmediatamente debo escribir que me hubiera gustado sonreírme por la boca con sonrisa franca de mañana de verano en la que siempre pienso cuando voy a visitar a mi padre. Desde la habitación contigua, me levanto con la idea del desayuno afuera, le doy un beso de buenos días en la frente, en medio de la almohada interminable, me ducho, me visto en un periquete y salgo a recibir el primer frescor. Es el único momento en que lo dejo solo con su bandeja del café, el zumo de naranja, el pan con aceite, el ajo y las pastillas, que deja puestas la noche anterior sobre la mesa junto con la servilleta y el hule del desayuno.

El resto del día me incrusto con toda naturalidad en él y en su rutina. Visitamos a mi tía, perdida desde hace tiempo en la desmemoria, nos vamos a hacer la compra a unos grandes almacenes, tomamos café, compramos cupones y nos damos una vuelta por la ciudad antigua mientras me cuenta su historia. A cambio yo le hago fotografías. Desde que mi madre no está, no sé por qué, le hago fotografías con fondo de murallas, puentes, plazas o calles estrechas con fachadas desvencijadas.

Me gusta mucho fotografiarlo de espaldas con las manos atrás, como si fuera un señor que pasara en el momento del disparo. Todo menos ponerlo forzadamente a mirar a cámara posando para una posteridad de andar por casa.

Las fotografías de mi padre forman parte de un ritual que inicio con la primera fotografía en un bar de carreteras que tiene un jardín con árboles donde nunca hay nadie. Siempre paro en el mismo bar cuando voy a la ciudad donde vive mi padre y siempre experimento la misma angustia de saber si el bar donde decido parar es el mismo y no me lo he pasado. Hay que desviarse de la autopista y recorrer unos metros para que el bar aparezca como totalmente conocido e inconfundible. Una vez que desayuno en la barra, me voy  al jardín y me quedo quieto como un árbol, fumando un cigarrillo que comparto con la niebla cuando hay niebla o con la sombra que me sirve de refugio cuando aprieta el calor. Después hago las fotografías desde los ángulos habituales pensando en qué carpeta las voy a poner. No me aclaro nunca, porque me parece a mí que pertenecen más bien al viaje interior en que me adentro cada vez que voy a la ciudad de este lado de la frontera. Todas las carpetas con sus fotografías tienen nombres de ciudades, excepto una carpeta que es la caja de dulce de membrillo de mi madre.

La ciudad de la loma al otro lado de la frontera tiene también su carpeta correspondiente, llena de paisajes de la infancia, cuando mi alma aún no sabía que pertenecía  a las dos ciudades.

La ciudad de la loma del otro lado tiene un aire general de peluquería a donde nos llevaba mi padre a que nos cortaran el pelo. Allí nos esperaba el Bigotino. Como su propio nombre común indica,

el Bigotino gastaba bigote abundante y perfilado que promediaba un rostro enjuto y pelo muy negro rematado en espléndido tupé que le daba un aire inequívoco de barítono italiano.

En lugar de cantar, que hubiera sido lo suyo, el Bigotino enarbolaba las tijeras abriéndolas y cerrándolas con rapidez inaudita muy cerca de mi cara. Detrás de las tijeras, en primerísimo plano, su cara haciendo muecas de malo de dibujos animados y, en segundo plano, su compañero pelando a mi hermano con un par de fotografías de mujeres despampanantes al fondo.

Siempre que voy a la ciudad de la loma, al otro lado de la frontera que no divide, el tiempo se viene atrás con todas sus navidades tan iguales y yuxtapuestas.

Las mismas calles empedradas con sus comercios de toallas, sábanas y albornoces y la pastelería de la esquina, antes de llegar a la plaza con soportales en su parte izquierda y en la derecha con un arco único en cuesta que abre a otra plaza más grande donde se erige una iglesia sin historia.

Se me viene atrás el tiempo para decirme que me estoy convirtiendo en un ser rutinario que compra cupones los viernes, escucha la radio por las noches y pide una copa de vino en el bar de la ciudad del otro lado de una frontera que jamás me separó. (Si así fuera, el alma que me habita estaría partida a trozos como las murallas de la ciudad en donde nací y no la tendría perfecta como las murallas de  la ciudad de la loma que me adoptó).

Mi padre es un ser extremadamente rutinario desde que se fue de su madre y se vino a casar con mi madre de prisa y corriendo para que  no le pillara una ley extraña que le impedía trabajar por estar casada:

Se casaron antes de que la ley entrara en vigor porque no tenía efectos retroactivos y porque necesitaban juntar sus  míseros sueldos para sobrevivir.

Se casaron con el luto puesto de sus madres viudas de un carretero con mulas y de un guardia civil.

Se casaron para que me tuvieran a mí como hijo primero y volvieran al luto tras la muerte de la madre de mi padre un mes después.

Se casaron para tener casi inmediatamente a mi hermano segundo, tan igual, tan yuxtapuesto a mí, al que una mañana de domingo vendí mi progenitura por un plato de lentejas, porque en aquella época yo sabía de religión y mi hermano, creo, se puso muy pesado.

Se casaron para que viniera, pasado el tiempo, un tercer hermano que se crio único porque nosotros ya estábamos afuera estudiando en la Universidad y no íbamos a volver nunca más a la casa del padre y de la madre salvo en los tiempos oficiales y familiares y también en los tiempos inesperados y dolorosos de las rupturas, pero tiempos circunstanciales y fragmentarios al fin y al cabo; tiempos de ida y vuelta, tiempos de visitas y despedidas para siempre, quizás, como en los últimos tiempos de la vejez, tan llena de achaques, de mi madre, con un enano cabrón pateándole la espalda y yo acortando los días de estancia para que no tuviera que trabajar tanto en la cocina, porque a ella, en esas fechas tan señaladas, le gustaba cocinar para sus hijos y sus nietos.

Y se casaron, por fin, para que ya, en el último tiempo, antes de la postración última de mi madre, me fuera con la esposa a un hotel para aliviar su carga.

Fue allí, en la distante habitación, donde fotografié el río grande con su puente viejo, huérfano de barcas de cadera ancha como a la que me subí por última vez, en pleno invierno, un día de piarda. Nunca se sabe del tiempo último por venir ni cuándo será la última vez en que uno, con toda la ignorancia, se sube a una barca. Lo sabemos todo del tiempo que pasó a pesar de las entremezclas sutiles de lo vivido y lo inventado, como le sucedió a mi padre, que se cayó por un hueco del tiempo y llamó por tres veces a la niña con la que jugaba cuando pasamos por su balcón mucho tiempo después.

Pero del tiempo por venir no sabemos absolutamente nada; no sabemos si espera agazapado y último a la vuelta de la esquina o extiende su cola interminable un poco más. Tampoco sabemos nada del tiempo de la postración última, cuando le damos la vuelta al tiempo propio y nos ponemos, comunes y definitivos, del lado de quien ya nada puede contar.  Por eso escribo. Porque necesito fotografiar el tiempo. He hecho de la rutina de fotografiar a mi padre con plazas, murallas o calles antiguas al fondo, un ritual del tiempo. Se me va a ir y yo seré el eslabón próximo que se irá tras él por sucesión natural y por natural jerarquía con respecto a mis hijos.

Hace mucho tiempo que mi padre hizo de su rutina un ritual del tiempo, pero me parece a mí que no lo sabe. Lo sé yo y con eso basta.

Así por ejemplo, gracias a mi padre, yo sé que el día en que partí de la ciudad de la costa para ir a la ciudad en donde mi madre me tuvo, el sol salió a las seis y cincuenta y ocho minutos de la mañana mientras que en la ciudad donde mi padre vive solo, el sol salió un poco después, concretamente a las siete horas y dos minutos. No sé qué significa esto que acabo de escribir, pero sí sé que, tal y como lo he escrito, debe significar algo muy íntimo, que no sé expresar con la exactitud con que mi padre toma nota todos los días del momento en que sale el sol en su ciudad y del momento en que se pone. Mientras me enseña con su letra abierta y grande el papel con las anotaciones que copia de su periódico de provincias, consulto en Internet la salida del sol el día en que salí de la ciudad de la costa para visitarlo y entonces me doy cuenta de que ese día la luz se hizo en mí cuatro minutos antes que en mi padre.

Y ahora que lo he escrito como si fuera una metáfora, me doy cuenta de que, efectivamente, es una metáfora que viene a significar que yo me he convertido en el padre de mi padre.

Es mi padre quien por las noches ha contratado a una mujer para que se quede en casa y lo vigile por si le pasa algo. Si yo estuviera solo por el día, con esta edad que aún tengo, me quedaría igualmente solo por las noches, pero mi padre es muy mayor y, aunque físicamente se conserva muy bien, por las noches le asaltan los terrores del niño que nunca dejó de ser y claro, es normal que busque a alguien que duerma en la habitación de al lado y deje sus zapatillas rosas cuando yo voy a sustituirla las noches en que me vengo a la ciudad de este lado de la frontera.

Digo frontera y el nombre me sigue quedando demasiado impropio, como si hubiera un tajo entre la ciudad de la loma y la ciudad donde nací. No puede haber separación alguna entre dos

ciudades sobre las que el sol amanece al mismo tiempo. Las dos ciudades son como el par de zapatillas rosas que la mujer nocturna coloca un poco separadas en el galán de noche frente a la

cama.

 

De siempre nosotros hemos ido a la ciudad de la loma a hacer la plaza en los tiempos en que allí estaba más barato y también a comprar pasteles, bizcochos, sábanas y toallas. De siempre han venido ellos a llenar el tanque de gasolina de sus mercedes desvencijados y a comprar bacalao, coñac y ropa moderna. La verdad es que tampoco me siento demasiado a gusto diciendo “nosotros” o “ellos”. Son nombres que sirven para establecer fronteras y poner puertas al campo cuando mi alma es un campo que no tolera puertas.

Los campos sin puertas sólo admiten manteles donde depositar comida y hormigas al lado de un río chico al que fuimos de excursión mi hermano, mi primo y yo con mi tía y dos amigas del trabajo. Los campos sin puertas sirven para que, sobre ellos, se extiendan ambas ciudades que son dos formas intrínsecas de ser que reconozco tan mías como las dos madres, mi tía y mi madre, tan hermanas, tan yuxtapuestas, que me aconsejaban y reconvenían por duplicado. Las dos con su laberíntica taquigrafía y su mecanografía de doscientas y pico pulsaciones. La una al servicio del señor alcalde de la ciudad y la otra al servicio del señor gobernador de la provincia. Las dos cumpliendo el oficio de pontífices, constructoras de puentes, entre la soberbia de uno y el orgullo del otro; las dos con sus dolores idénticos cuando vivieron simultáneas, debido a las infinitas horas que pasaron redactando cartas, actas y saludas; la una con un enano cabrón que le pateó la espalda por dentro hasta el final y la otra con un pecho numeroso que no se atrevió a disminuir y que hasta hace poco le pasaba factura cruel, pero que ahora ya nada importa en el tiempo último de su delgadez y desmemoria y las dos, siempre las dos, con sus aspectos tan iguales y sus máquinas de escribir tan pesadas y yuxtapuestas.

Desde aquellas máquinas suyas me predestinaron hasta que un buen día me puse a escribir con los cinco dedos de teclear. Sin la ayuda que en el tiempo debido me ofrecieron y que yo, en plena edad del rechazo, rechacé, obtuve mis cinco dedos de teclear en un curso solitario frente a la pantalla del ordenador, desprovisto ya del todo de sus amorosas voces. Así me convertí yo mismo en sumo pontífice entre mi escritura interior y la escritura exterior que miro en la pantalla, entre el niño que fui y el hombre que aparece en el espejo cuando me afeito. Soy un puente por el que pasan murallas, calles antiguas, fotografías, fronteras ficticias, ciudades yuxtapuestas que son formas de pisar el suelo y fijarme en él antes de que me haga definitivamente gota y vaya a parar al océano.

El fotógrafo del tiempo
Alberto González

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