El escritor sin historias. Pablo Bujalance

El escritor sin historias
Alberto González
etclibros

Resulta revelador el modo en que durante el último medio siglo la literatura de ficción ha hecho de su propia génesis su material predilecto. Recursos como la autoficción, la autobiografía fantástica y demás confluencias entre el registro veraz y la proyección de la imaginación ya venían resultando familiares al lector desde mucho antes; lo singular es el modo en que la novela, género nacido como signo de la ambición por contar el mundo, ha ido prescindiendo de todo lo externo a su propio procedimiento hasta considerarlo prescindible. El escritor contemporáneo es consciente de que el mero hecho de sentarse a escribir contiene, cultural y simbólicamente, recursos más que suficientes para contar prácticamente cualquier cosa. La acción viene determinada por la propia escritura, y el proceso termina siendo tanto o más relevante que el producto. En este contexto, El escritor sin historias, la primera novela de Alberto González, encierra algunas claves tan necesarias como inéditas. Su título no llama a engaño: todo lo que aquí se cuenta nace del impulso de vencer a la página en blanco acudiendo a lo que se tiene más a mano. Lo importante no es sobre qué escribir, sino escribir: y aquí, González, en muchos sentidos, le da la razón a Flaubert, que en su momento habría excitado las mismas polémicas si hubiese presentado al público El escritor sin historias en lugar de La educación sentimental. Sospecha el lector, a medida que lee, que entre las estampas cotidianas ambientadas en el espacio doméstico, el supermercado o un rodaje en México (el Alberto González actor responde con la cadencia exacta a las exigencias del Alberto González escritor), surcadas por personajes deliciosos como Madame Brun, las nietas ucranianas, la cajera como trasunto de las musas y el porquero mitológico como trasunto del mismo escritor, se despliegan lo vivido y lo soñado, la experiencia y el delirio. Pero esto es lo de menos. En El escritor sin historias están Sebald, Perec y el Torrente Ballester de Yo no soy yo, evidentemente; pero lo que hace de esta novela un hito es su espíritu cervantino, infatigable y prodigioso. Así sucede en la presencia del escritor desconocido, que bien pudiera llamarse Cide Hamete Benengeli, con todas las letras; en el humor, alzado desde la firme vocación de deleitar; y en la existencia diaria atribuida como permanente aventura, excitante odisea, maravilloso combate. Sí, Alberto González ve gigantes donde otros se aburren con sus molinos de viento. Y esto hace de él un escritor imprescindible.

Pablo Bujalance

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