Eduardo Sotillos: «Y yo que no sabía»

Molinero, Grindley, J. M. Delgado y Chicano

Y yo que no sabía
Por Eduardo Sotillos
Publicado en la Revista ETC nº 5

Y yo, que no sabía que eras poeta.

Los amigos comunes, Miguel Ángel, hablaban bien de ti. Un socialista de verdad, decían. Culto, nada ambicioso de no ser por imponer sus ideas con argumentos. Capaz de mirar a la cara a cualquier pequeño santón que soñaba con ser dios. Pero no me trajeron ningún poema. Sólo artículos, reportajes: prosa directa y lenguaje de altura para lo que hoy se despacha con retales amanerados. Tienes que conocer a Miguel Ángel, me dijeron. Y así nos vimos, con las maletas casi hechas para emprender una aventura en aquel Norte inhóspito donde sólo unos pocos compañeros iban a darnos la bienvenida. ¿Te vienes, Miguel Ángel?

Apenas una hora de conversación. No necesitaba más aquel hombre grande para sumarse a una incógnita tarea confusamente explicada por quien no sabía mucho más que él. Vamos a hacer un periódico, Miguel Ángel. ¿Con quién? Tú, yo, y Julio de Benito. ¿Con qué? Y yo que sé. ¿Para qué? Para defender nuestras ideas y dar calor a una gente, nuestra gente, que quieren tener un papel en sus manos cada mañana donde puedan reconocerse. El único que sabe cómo es una imprenta, eres tú. Ni una palabra grandilocuente. Unas risas y algunas copas. Nos vamos.

Y siempre Sole. Hasta en aquel primer viaje. Guapa, amorosa, eficaz y risueña. Hasta el último viaje. Tan temprano.

Todo era más cómodo contigo, Miguel Ángel. Como todo es más triste y más mediocre ahora. Sin ti. Qué bien sabías valorar a la gente. Ganarte su respeto y exigir a los que estaban a tus órdenes lo mismo que tú hacías infatigablemente. Tuyos eran esos editoriales impecables, tensos en el fondo y musicales en la forma.

¿Dónde estarán? Qué nula vanidad la tuya. Apenas aparece tu firma en los amarillentos ejemplares que guardo. Y, sin embargo, seguramente es hoy lo único que mereciera la pena conservarse. Teoría y práctica de un periodismo transido por muchas lecturas y reflexiones. Por la firmeza en la defensa de una ideología que tenía que abrirse paso en un ambiente hostil. Equilibrio entre la radicalidad de los conceptos y la moderación expositiva. Elegancia siempre. Como en tus gestos sin concesiones a la falsa camaradería.

Un día te dije: ¿Te vienes a Madrid? Así, también por sorpresa. Muchos creyeron, aún lo creen, que era un premio. Tú sabías que no. Que era otra aventura en un territorio del que desconocíamos aún más que de buscar noticias y contarlas. Que era lo nuestro. Otra vez descubrí que en las horas más duras podía llamarte, apoyarme en tus consejos, desesperarnos juntos y celebrar juntos los escasos buenos momentos. Eras algo tan insustituible como un amigo.

Hoy leo, al fin, tus versos. Nunca me hablaste de ellos. No sé si fuiste capaz de construir alguno-no encuentro la huella-en los años que compartimos tantas horas en Bilbao y en Madrid. Si así fue, cargará esa culpa sobre mi conciencia. Una carga añadida por la que nunca me pasaste cuenta.

Y yo, que no sabía que eras poeta. Sobre todo, poeta.

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