Del nombre perdido. Rosa Díaz

Cuando el dragón se vio precipitado en la tierra,
se dio a perseguir a la que había parido al hijo varón.
Apocalipsis, 13

DEL NOMBRE PERDIDO
La mujer no sabía que su patria
era una cosa mala que podía llegar a ser peor.
Rezó la sura por su nuera,
cerró el destrozo que ya era su casa
y echó a andar con el niño y las preguntas del niño.

No hablaré de la sangre, ni de los huecos del cuerpo
ni de sus pudriciones,
de las labores de las bómbices ni del trágico vuelo de las moscas.
Nada diré de la ruina ni del comportamiento de los hombres,
ni del día a día con las aniquilaciones de la muerte
en la ciudad que dicen “Donada por Dios”.
Mentaré las búsquedas, las inseguridades, los destrozados autobuses,
los viandantes que consiguen el trozo de pan,
la hortaliza que sale de lo yermo de una tierra como maldecida.
Esos que viven el calvario de las preguntas y las informaciones
y llevan un nombre colgado en el pordioseo de las palabras,
en el suplicatorio inútil
que hacen a los que no le saben contestar.
La mujer enseña la foto en un acto de ignorancia y de senectud,
señala la estatura del hijo siempre temiéndose lo peor,
y el que la mira la ve como entorpecimiento,
coge su cédula y los permisos de paso y se los devuelve
en el desconcierto de las colas.
Así una y otra vez da el nombre del hijo
en las mesas de los oficiales y sus subordinados.
Lleva el cansancio haciendo nudos en su respiración
pero no olvida adecentar al nieto.
El agua, la geografía de los ríos poderosos
en contrapunto del buche de agua
en su triste recipiente.
Los caminos vecinales, la urbe, la climatología
y un cuartel y otro cuartel, las interrogaciones de los destacamentos,
las administraciones militares a punto de no ser.
Las listas interminables donde no encuentran el nombre que precisa.
Perdidas sus letras, la hermosura de su comprensión,
las señas de su identidad
esparcidas en el caos y la desesperanza.
La bolsa, el viento, las  manzanas, la caja de galletas,
la nutrición del nieto, el juego del nieto,
el cuento para dormir al nieto en sitios derruidos comidos por las bombas.
Los saqueos, los dinares envueltos junto a su corazón.
El no saber.
El silencio del que no sabe.
El silencio del que no se atreve a dar respuesta.
Y está el duelo de los otros.
Y está la condolencia del que se apiada
y se pone en el lugar de la mujer perdida con un nombre
y le ofrece lo que tiene, y dice:
—El pueblo está aquí al lado, aquí mismo…
Y vuelta a empezar buscando a otro que instruye en desgracias,
y escribe en un recorte de papel
el nombre que le cuelga de su boca.
El borbollar del té, la hospitalidad amable de los desconocidos,
el sorbo caliente al lado del chaflán de una casa en ruina
que aún huele a hierbabuena, salaam aleikum,
la miseria en la cuna
de las civilizaciones.
La mujer sigue,
y sigue como loca pacífica en una ruta extraña
donde da vueltas, vueltas sobre lo mismo, sobre sí misma
Plazas,
calles y pasadizos donde juegan los niños
con la propia desgracia de jugar con la vida.
Y juegan a matarse, a no tener piedad y a mofarse del débil.
¿Dónde estarán los pájaros y el canto de los pájaros,
los oídos que los escuchaban,
las manos del huerto, las cuidadoras de las flores?
La mujer lleva los ojos secos, nada de llanto, se para,
y cuando se para, el niño por fin deja el sudor de aquella abrazadora mano
y corre a tirar piedras,
cascotes que se estallan
sobre los trozos de cristal salvados por un tiro de gracia:
aún le quedan resecos fluidos corporales,
el niño no distingue la suciedad,
él no repara y retoza, y da patadas a todo lo que puede
hasta que la mujer grita su nombre sacando la manopla, el buche de agua
y le lava las manos y la cara.
Lo sienta, trastea en la bolsa, saca
algo manoseado comprado de estraperlo para comer.
Hace cuentas, repasa los dinares,
el resto de todo su pasar.
Y andando por el tiempo a la intemperie,
el nieto tiene las mangas más cortas, los zapatos más chicos,
todo se hace más viejo, más imposible de componer.
Han dormido en palacios acribillados,
en jefaturas de policías abandonadas,
en zanjas,
en camiones para desguazar.
Y un día llega el día y no tiene intención de levantarse
ni de quitarse del sol.
No atiende al rezo ni al nieto.
Ni le ataca el pantalón ni guarda las guedejas de su pelo.
El niño le tira de una manga y no sabe qué hacer
con la que duerme para siempre.
La llama con los nombres dulces que tienen las abuelas
pero no atiende, ni siquiera se espanta la mosca de los labios.
Si llega a ser mayor, recordará que aún era hermosa
como las mujeres de Babilonia,
cuando el monstruo de la guerra se puso a perseguir
a  la que había parido al hijo varón.

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