Cruzando Kazmadán

Summa Incompleta (1970-2010).
Juan Ceyles Domínguez

Prólogo de Francisco Chica

En paralelo con la publicación del Centro Cultural del 27, recogemos -distribuidos en este número y en el anterior- la Introducción de Francisco Chica Hermoso y una breve selección de poemas.

El escritor insomne
Obra en curso

Cuatro

Una última advertencia para situar el libro. Cruzando Kazmadán forma parte del esfuer- zo renovador llevado a cabo por un sector del arte y la poesía española a partir de los años 60. Eran tiempos de relativa calma que estallaban a veces en sonados campana- zos (Muestras de Poesía concreta y experimental, Poesía 70, La escritura en libertad, Tapies, Brossa, Francisco Pino…) con los que Málaga tuvo que ver en cierta medida: pienso por ejemplo en el primer Guillermo Carnero editado por Caffarena o en el mo- mento en que Ullán publicó Maniluvios, libro que adelantaba ya su intrépida Soldadesca ilustrada entre otros por Enrique Brinkmann (1979). Los poemas de Ceyles responden más claramente aún a la atmósfera “insular” –aislada en buena parte y poco propensa a cambios- que se respiraba en la Málaga que los vio nacer; su mérito en ese aspecto es indudable, junto con el grupo del que formó parte y al que nos referiremos brevemente. En un artículo de 1971 aparecido en Sol de España, el artista Stefan von Reiswitz escri- bía esto: “En Málaga, cualquier intento de dar a conocer arte, ideas y conceptos nuevos, cae en el más absoluto vacío” («Carta del pintor Stefan a las masas»). Sus palabras coinciden no obstante con los síntomas de renovación que apuntaban ya en el horizon- te, algo que sus admoniciones contribuyeron a alentar. Algo de eso se gestaba desde años antes en determinadas galerías (Picasso, de la Económica, Casa de la Cultura, Malacke, Galería de Arte Contemporáneo), en las salas de arte de las Cajas de Ahorros (Unicaja, Antequera) y a su manera en los Concursos de pintura al Aire Libre (CAL) organizados por Educación y Descanso. Ese tipo de avanzadillas proliferaban más en Marbella (Galería Kreisler) y en la vecina Torremolinos, en cuyas discotecas, Tiffany´s o Barbarela, actuaban por entonces Tom Jones, James Brown y Arthur Conley. En efecto, el corte con la inercia de la que habla Stefan se produce precisamente en la etapa que estamos revisando (final de los 60 y 70), una época hoy prácticamente olvidada y que -con resonancias fuera de Málaga y crucial según creo- habría que rescatar de manera urgente.                            

¿Qué pasaba en la ciudad que alimentó la vocación poética de Ceyles y a la que al- gunos llegamos entonces? Algo anterior a la Universidad y al desembarco granadino que trajo consigo, Málaga ofrecía en esos años perspectivas nada despreciables que luego se irían borrando o transformando en otra cosa, pero que conectaban –de forma consciente o no- con lo más avanzado de un país que aspiraba a estar en Europa. Sin afán de exhaustividad, selecciono brevemente algunos nombres de la generación “Málaga Transfer” (me reservo el copyright) a la que pertenece nuestro escritor y a la que me he referido en más de una ocasión. Todo responde en ella a la manera básica en que se ensartan las sardinas para asarlas al fuego, o sea (como apunta un amigo mío) a “la transversalidad de los espetos”. Allí coincidían por entonces el crítico Enrique Molina Campos, los pensadores Julio Quesada y Andrés Martínez Lorca junto a otros con los que nuestro poeta tuvo mayor contacto: Miguel Alcobendas, recién llegado de Los Goliardos (“nos hablaba de  Max Frich, Brecht, Dürrenmatt, del teatro europeo, de Pasolini…”) y de manera más clara con el grupo de poetas y creadores que formaban Luiso Torres, el pintor Pedro Luis Barber, Paco Cumpián, Javier Espinosa (músico, gra- bador, autodidacta y “excelente persona ante todo”), Fernando Merlo (con quien creó el Grupo 9 y autor en 1973 de Trepanación con José María Baez), José Miguel Hermoso y Luis Ruiz García de Ángela, teórico “al que le debíamos gran parte de la información”. Aunque algo posterior, hay que citar también a Miguel Ángel Molinero al que Ceyles le publicó póstumamente su obra El sentido de la experiencia. En ese caldo de cultivo, Diego Medina y Dani Muriel publican Amanda no te preocupes que Aristóteles se ha ido (Ricardo Aguilera editor, Madrid 1971), un curioso libro-objeto con resonancias del No time for flowers de Ana María Moix. Málaga, como siempre en sus mejores momentos, aspiraba a ser Cataluña.

Mientras agonizaban ya los últimos destellos del Teatro ARA (la obsesión de su funda- dora había sido formar actores que hablaran castellano sin acento andaluz) y convivían aún las librerías de Pepe Negrete y Prometeo, en ese clima entre lo viejo y lo nuevo tra- bajaban o exponían los pintores José Aguilera, Claudio Sánchez Muros, Pepa Caballe- ro, María Lara, Mitsuo Miura, Elena Asins, Chicano, Antonio Ayuso, Díaz-Oliva, Lindell, José Faria, Béjar, Paco Aguilar, Dámaso Ruano, Martínez Labrador y tantos otros. Sur- gió entonces la sorpresa de la Galería Mandrágora y en el 76 la más estable del Grupo Palmo. Se puso de moda Pedregalejo (donde vivió por entonces otro favorito de Ceyles, Blas de Otero) con tertulias culturales en torno a los bares “La Paloma” y “Bolivia 41”. Recuerdo un día que alguien nos llevó a los bajos de una arruinada villa de la zona para conocer a Eduardo Scala, poeta culto y alquimista que nos leyó trozos (¿visual o no?, nos preguntábamos) de su Geometría del éxtasis. Arropados por La Buena Sombra (un clásico que nunca debió desaparecer) y El  Pimpi de Gloria Fuertes, la ciudad contaba con bastantes otros poetas, entre ellos el leonés Agustín Delgado y Rafael Ballesteros, catedráticos de Instituto empeñados en renovar la creación literaria. La lista daría para más, pero citaré sólo un nombre, el del independiente Juan Manuel Calvo. El grupo en el que se movía Juan Ceyles solía frecuentar locales como el recién abierto bar La Cua- dra de Jacinto Esteban en calle Ollerías y el bar de Juana en la plaza Montaño (“al que se alargó un día Pablo García Baena para conocernos”, me comenta). Otros iban a las tertulias nocturnas del Café Madrid, por donde aparecían a veces Pepe Bornoy, Moren- no o José Infante. Era el momento en que Rafael Pérez Estrada gana el Premio García Lorca de Teatro de la Universidad de Granada (1971), animando desde su mirador de la plaza del Obispo, sede del Ateneo, la creación de grupos y revistas jóvenes. Dos años más tarde Miguel Romero Esteo se instala en Málaga (ver la sustanciosa crónica de la etapa que escribe en “Artefacto”, sección a cargo de Juan Manuel Bonet y Francisco Rivas, Arteguía nº 30, Madrid, 1977).

Cinco

Pasado el tiempo, Ceyles sigue escribiendo a la vez que supera conflictos laborales y de radicalización política e impulsa la revista Trasvía, financiada por CCOO y de la que salieron dos números. Sobrevive de free-lance gracias a los encargos -diseño gráfico, libros, catálogos, carteles- desarrollados en una etapa de cambios que trató de definir en Málaga la exposición “Vida Moderna” (me referí a ella en Sur, 22-IV-1983) y que él sobrevoló sin más. Estudia Filología Hispánica, Derecho, Marketing y Comunicación, a la vez que escribe textos para los catálogos de los pintores Suárez-Chamorro, Mª Car- men Corcelles y del fotógrafo Pepe Ponce. Fue la época fructífera en la que comienza a trabajar para el Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la UMA, crea con Domingo Moreno “Disigno”, antesala de otros proyectos que desembocarán en “Oreille” con su hija Elvira. Entra a formar parte de un activo círculo (Julián Martínez, Miguel Ramos, el poeta Benito Acosta, a quien le publicó su libro Cántico rodado) con los que funda el Taller de Creación Literaria de la UMA dirigido por José de la Calle. Con ellos, y ya en los 90, trae a la ciudad al poeta brasileño Haroldo de Campos (en Málaga aparece por entonces FINISMUNDO, el último viaje, uno de sus grandes poemas), hace un libro- homenaje a César Vallejo y crea “La Promotora-Tertulia Acción” que celebró sesiones durante dos años en los bajos de las bodegas Pimpi y que ha perdurado hasta fechas recientes coincidiendo con la creación de la Carta Malacitana. Comprometido esen- cialmente con lo humano, la huella del barroco y los clásicos españoles está siempre presente en sus escritos.

Entre los restos del Túnel, la muerte de Fernando Merlo en el 81 (a él y al momento que repasamos se refiere Julio Quesada en un significativo texto publicado en el núm.9 de Bulevar) y marcado por sus eternas lecturas -Schopenhauer, Heidegger y los llama- dos filósofos de la sospecha-, Juan Ceyles, punta de lanza de su generación, ejerce una reflexión surgida al otro lado de la indiferencia que nos acecha y que captan con precisión algunos de sus versos (“La mentira/  la única raíz fértil”). Si hay un emblema al que permanece fiel su obra y le otorga hoy plena actualidad es esta sencilla idea: la necesidad de pensar para vencer el desánimo. Desde ahí, creo, puede entenderse algo mejor la insistente oblicuidad de su lenguaje. Con la impresión de que podían quitarse algunos poemas repetitivos, el lector abandona estas páginas convencido de que hay algo tajante y terminante en ellas que le gusta y considera próximo, una carga afectiva quizás que lo defiende y a la que quiere sumarse.

“Despertar para escribir”, anoto con lápiz en uno de los  poemas “amanecientes” que llaman mi atención (“No son palomas ni pañuelos”), un texto en el que el autor y su modo de trabajar se retratan de cerca, haciéndonos entrar en su gabinete y en el  mundo del que afloran sus fantasmas, con Bach como único aliado. En otros momentos son las cucarachas, los erizos o los insectos los peligros que se ciernen sobre él. Kafka, al que no habíamos citado, forma parte esencial de este mundo. No parece casual tampoco su relectura de Exiliados de Joyce, obra teatral profundamente psicológica en la que se apuesta por el cambio moral y por el fin de las convenciones morales. Como en el caso del irlandés, el interés por los sentimientos, una cierta ambigüedad  y la relatividad de las convicciones establecidas son sus nuevas armas.

Aunque no me gustaría romper del todo el secreto hechizo que emana del libro, quiero acabar citando el incisivo y acertado diagnóstico que dedica el poeta a quienes siguen sus pasos. En “Después del llanto” leemos una apreciación (“No hay medicina para quien escribe”) que completa igualmente la imagen de la peonza que preside el texto y en cuyo remolino podemos adivinar, mejor que en otras de sus metáforas, el vertiginoso zumbido del que nacen sus versos.  “Toda mi vida aprendiendo/ a ser poeta/ Poeta y friegaplatos”, escribe en algún momento, acertando a señalar la raíz última de su poe- sía: el puro aliento.

 

El escritor insomne
Francisco Chica

Cruzando Kazmadán
Juan Ceyles Domínguez
(Selección II)

Yo diría…. que por boca y arte
en las estancias abiertas al socaire provechoso de
acuciados mentores a compendiar las proezas y confirmar
el inveterado albur de los resortes

Talladas las orejas a la historia y a los cuentos como
si hubieran sido esculpidos desde los orígenes y en
ellos nos contuviéramos repitiéndonos reiteradamente
en su retorno: revisitar el paisaje reconocerlo en sus
cuitas y rincones
Reconocible —yo diría— todo y cada parte
Supongo que es (era) el requisito
Yo diría, el caos recluido en la oscuridad remota. Más:
repudiado. Más: olvidado.

A partir de esta confesión, cualquier viaje a este territorio
[reconociéndolo como imprescindible] ha de hacerse
despelotado y pulcro, pero no inocente.

Verifiquemos los tipos ¿a partir de qué?

Traslademos ahora Aquello. Traigámoslo Aquí. Es la
manera de asumirlo, aprehenderlo y Transformarnos.

Ya lo hay —por supuesto— y mucho, pero desde la
carne de otros. Nuestro alcance y nuestro juego son/
serán diferentes.

La fuerza poética, la imagen emocional, llega retroalimentada,
aventada: orejas talladas la imaginan y la
aguardan en el fragor de la multitud. La requieren, la
exigen, la contrastan con la propia, y deciden aceptarla.
Sí, ésta es la auténtica; puede seguir.

pd

Los tipos: alma, fuerza, atributos,
caprichos, accidentes, veleidades,
venganza, crueldad, egoísmo
Obsesión.
Mundo lejano y contiguo.

(y, ahora, acabo)

No puedo evitar que la forma se haga forma también
en su reflexión,
lo autorreferencial se escapa a la razón; lleva su espíritu
cuando nace y en su funcionalidad salta al otro lado.
Yo diría.

arte sonámbulo ignorancia creativa recta
viruta literaria fuera de los anaqueles
vuela-gloria arrepentida y muge-zoroastro
muere la posteridad mientras la política
marca el ahora

PARELISPADO

o fórmese
in constructo
mecha de retenco
hasta que
o simplemente quede
abierto

[
su cumbir
es igual que el
mío

por ello nos
asociamos

y en las entre
vistas
nadie se da
cuenta

[
indiferenciada
la hoja glauca
de una ballena
si es amanecer
o queda otoño

indiferenciada
la nariz ronca de
esta palmera si
la parafarmacia
la deja preñada
indiferenciada
la penca de tus
hombros
sin el chip abrasador
de los interludios

espinas indiferenciadas
en aquel sintagma
que fue cartel en la
homilía deflagrada

indiferenciada la
sombra pendular
de tu albaricoque
de traducción bilingüe
al otomano
o de santificación
intrauterina

indiferenciada
humareda de los fastos
que gimen como
esdrújulos abandonados

indiferenciado terciopelo
de almendras
en la nuca de los rascacielos

indiferenciada
tormenta entre los dedos
sutiles del crepúsculo

canto luz indiferenciado
arañando con fuego
tu espalda

indiferenciada boca
del negro del cielo
de la bota de la tanga
de la inmisericordia

indiferenciada magnitud
de los brazos, de las
cuerdas
de la irredención

horizonte
indiferenciado
de confines
de trozos de dialéctica
de moras partidas
indiferenciados Tus
indiferenciados Ojos
Eso que parece que
Transita

Cruzando Kazmadán
Juan Ceyles Domínguez
(Selección II)

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