Como mancha negra. Juan Herrezuelo

En cuántas manos habrá temblado el papel en el que está escrito el poema antes de llegar a las mías, en cuántas habrá temblado desde que me deshice de él, cuántos hombres y mujeres llevarán ahora esta misma vida de fugitivo que me empuja de un lugar a otro, quiénes son y a qué ciudades han huido ellos, sobresaltándose cada vez que oyen una voz a la espalda, temiendo siempre que alguien vuelva a tenderles una hoja doblada, que todos los versos estén hechizados, que toda lectura, aún la más distraída, la del peatón que cruza ante un puesto de periódicos, desemboque en el horror, otra vez. Me pregunto si, como yo, pasan la mayor parte del tiempo encerrados en habitaciones de hotel y si en ellas también penetra a intervalos regulares la luz de un rótulo de neón para iluminar la soledad absoluta de las noches sin sueño. He jugado a imaginar sus caras, pero todos ellos acaban teniendo los rasgos de los únicos dos que he conocido, el viejo que me precedió y la mujer en quien yo prolongué el encantamiento del poema. Alguna vez, en el vestíbulo de un hotel, en cualquier calle, en uno de tantos trenes y autocares, un rostro torturado por el miedo me ha hecho reconocer la naturaleza de mi propio miedo, y en cada una de esas ocasiones, a pesar de todo, he sentido la tentación de acercarme a él, o a ella, y preguntarles; una tentación muy fugaz, claro está, porque más que de ningún otro ser humano huimos de todos nosotros, y quién nos asegura que ese hombre o esa mujer que parecen sufrir nuestro mismo desasosiego no acaben por poner de nuevo en nuestra mano ese papel.

Que ninguno de nosotros haya roto en pedazos el poema después de escapar de él o haya intentando simplemente meter la hoja en el bolsillo de alguien de manera disimulada se explica a partir del primer verso, que se vuelve advertencia cuando el lector regresa al punto de partida al final del recorrido: Ceder en mano o ser aquí cautivo. Así lo hizo conmigo aquel pobre viejo, menudo y pálido y envuelto en demasiada ropa de abrigo. No hubo tiempo de percibir su ansiedad, todo fue muy rápido y un poco absurdo: se acercó a mí en la barra de la cafetería donde yo desayunaba antes de volver a clase, se disculpó, me dijo que no tenía las gafas, que no podía leer las indicaciones que su hijo le había escrito para llegar a no recuerdo qué sitio, que si me importaba ayudarle, atropelladamente todo, ofreciéndome un papel muy doblado que yo tomé de entre sus dedos instintivamente. Di por supuesto que me encontraría con un plano dibujado a mano o una relación de calles y plazas, y me confundió el largo texto en tinta azul, la caligrafía añosa, su aparente condición de poema manuscrito. Di la vuelta al papel y estaba en blanco, y el viejo se iba, noté cómo se apartaba de mí, se había girado ya y se alejaba hacia la puerta sin prisa pero con la determinación de quien huye de la escena de una fechoría menor. Supongo que sonreí y que me encogí de hombros. En el fondo me conmovió, de alguna manera. Cómo decirlo. Era un anciano, y yo un profesor de literatura, y aquel papel contenía un poema.

Lo guardé en el bolsillo del abrigo, me acabé el café y regresé al instituto. No volví a pensar en él hasta la noche, cuando, ya en casa, fui a buscar en el abrigo la pipa y el tabaco. Allí estaba el papel. Lo llevé al despacho como podía habérmelo metido ahora en el bolsillo del pantalón. Lo dejé sobre unos diccionarios mientras cargaba la cazoleta de la pipa y la encendía: al instante la habitación se llenó de una densa humareda caracoleante con aroma a enebro. Ceder en mano o ser aquí cautivo, pero aquí dónde. ¿En la gárrula floresta del segundo verso? Una primera lectura apresurada y superficial me advirtió de una larga sucesión de figuras retóricas tras las cuales muy probablemente se escondía un exceso de lirismo y esa afectación declamatoria que se intuye en quienes versifican con una rígida observancia de las leyes de la métrica. Empecé a leerlo con atención y llegué hasta el final sin sacar nada en claro, tal y como había supuesto. Una cosa sí despertó mi curiosidad, no obstante: en medio de un verso creí oír un sonido como de desgarramiento y bajo mi pie derecho sentí que se hundía un puñado de tierra seca y que la pierna, de pronto, se me quedaba como asomada a un abismo: más tarde lo atribuí a un ensueño, a una pérdida de consciencia en la que ni siquiera había reparado, de tan breve, pero lo cierto es que terminada esa primera lectura del poema no sólo permanecía en mí una oscuridad gongorina: también recordaba haber oído con nitidez cómo la tierra y algunas piedras que habían cedido a mi huella se precipitaban al vacío, desmenuzándose y golpeándose con un sonido que la profundidad iba adelgazando hasta una remota reverberación apenas audible ya.

Sólo pensar en ello lo convierte ya en una sensación que hubiera podido durar varios segundos, y no fue así. Sucedió en una fracción muy pequeña de un instante, fue la caída de un solo grano en un reloj de arena, únicamente el tiempo que hubiera tardado en recorrer tres sílabas con los ojos. Por eso pensé después en un fugacísimo episodio onírico, del que acaso había despertado precisamente a causa de esa brusca impresión de perder pie que a veces tenemos en sueños, y que en cualquier caso no me hizo comprender mejor lo que me restaba del poema en esa primera lectura: un hipérbaton tras otro, hipérboles que en ocasiones rozaban el chiste, un enervante gusto por el oxímoron, paradiástoles, encabalgamientos, incluso interrupciones repentinas. Por qué volver a leerlo, entonces. Y sin embargo lo hice.

A partir de aquí mis palabras dejan de tener sentido. Lo sé. No intentaré proponer una explicación, sería absurdo. En el tercer verso noté que un pleonasmo hecho de oscuridades, negritudes y túneles sumía mi despacho en la penumbra y hacía nacer a mis flancos dos húmedos muros de sillería. Mi mirada había quedado presa entre dos metáforas que se extendían ante mí formando un largo pasadizo; la reiteración de varias sílabas onomatopéyicas llegó a mis oídos como un injurioso goteo, ahuecado y engrandecido por el eco. Empecé a caminar: cada nuevo verso se convertía en el recodo de un pasaje tenebroso, cada figura retórica alimentaba la intriga y la intuición del horror en cualquiera de los múltiples pasillos de aquel laberinto hecho de palabras. Una elisión gramatical sustrajo el suelo de mi pie derecho: estiré el brazo hacia mi izquierda y comprobé que no había ya muro. Había caminado unos metros al borde de una grieta de la que ascendía el peligro envuelto en el olor de un adjetivo sulfúrico. Una anáfora era un rugido al comienzo de cada pasaje; una alegoría carecía de su condición de lírico disfraz de un significado y reproducía la seguridad de estar siendo observado desde el fondo de todas las galerías. Durante unos versos no hubo vanos ni hendiduras: el poema a cuyo interior había accedido se imponía a mis costados y bajo mis pies con pétrea solidez. De pronto un sustantivo sin calificar me situó ante una puerta cerrada, y una elipsis hizo que la atravesara sin más, hurtándome el pomo y el empuje. En la densa oscuridad, una cortina lograba de algún modo alternar las sombras verticales de los pliegues con su soberbia naturaleza escarlata; estaba ahí, ante mí, a unos pocos pasos, y supe que tras esa cortina estaba la muerte, que iba a morir con aquel papel en la mano y dentro de él. Y entonces sentí sed, una sed ansiosa, no miedo, ni dolor, ni cansancio, ni angustia sino una sed definitiva, nerviosa, una sed de condenado a morir de sed, una sed de tierra seca en la boca. En esos momentos mis ojos descendieron al verso final, y fue como si de pronto tuviera consciencia de un pensamiento propio, no inducido por el poema, una advertencia surgida de la última revelación que le es dado tener a las víctimas: Adolecer de solo sed recelo da. Y de pronto mi vi ante la puerta otra vez, y de inmediato en un pasillo que recordaba, y doblando las esquinas que me habían ido conduciendo al centro del horror y del poema, y atravesando la oscuridad, y bordeando la gran grieta en el suelo. Comprendí que la inercia del palíndromo me iba conduciendo al principio, hasta que respiré un verso de aire fresco y cielo por encima de los árboles y trinos de pájaros, y a mi alrededor fueron materializándose de nuevo los muebles del despacho.

En la intensidad del alivio no cabía preguntarse cómo había sido posible. Temblaba. Doblé el papel, pero no lo solté: lo miré temblar también, en mi mano. «La mancha negra», pensé. Era parte del desasosiego, algo absurdo. Todos los terrores remiten al niño que permanece agazapado en nosotros: la mancha negra era aquel papel que a manera de advertencia se pasaban en mano los piratas de La isla del tesoro, un episodio grabado a fuego en mi primera memoria, al parecer, con el ciego, con la muerte repentina del capitán Billy Bones. La irrupción de aquel recuerdo descabellado no logró mitigar mi ansiedad. Ya no era el mismo, no volvería a serlo nunca. Para empezar, sabía que no podía deshacerme del poema de cualquier modo, que no podía destruirlo ni pasárselo a otra persona sin que se diera cuenta. Sabía que tendría que elegir a alguien, acercarme a él o a ella, entregarle el papel, retroceder, escabullirme despacio para no despertar su desconfianza. Decidí que el destinatario tendría que ser forzosamente un desconocido, para que no tratara de devolvérmelo, pero dos días después, justo en el trance de alejarme de la mujer joven a quien le había preguntado, con candidez fingida, si aquella hoja doblada era suya, me di cuenta de que no habría importado incluso habérsela entregado a mi mejor amigo, pues en cualquier caso estaba obligado a marcharme lejos, desaparecer, no quedarme demasiado tiempo en un mismo sitio, sospechar de todos. Porque entre las certezas que le quedan a uno después de haber escapado de ese poema es que la condición reversible de aquel último verso sólo facilita la huida una vez. Y en medio de esa convicción, como en medio de la oscuridad allá dentro, en la penúltima estancia del poema, se mantiene intacto el recuerdo insoportable de esa cortina escarlata.

Facebooktwitterby feather