Lectura por Stéphanie Magnin del final de Molly Bloom

Stéphanie Magnin lee el final del monólogo de Molly Bloom de la adaptación de Juan Manuel Hurtado sobre la novela de James Joyce con el patrocinio de Fundación Unicaja En el auditorio Eduardo Ocón de la Sala María Cristana de Unicaja.

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Entrevista a Molly Bloom con Stéphanie Magnin, Juan Gavilán y Juan Manuel Hurtado

Entrevista a Molly Bloom con Stéphanie Magnin, Juan Gavilán y Juan Manuel Hurtado con la presentación de Gerardo Ballesteros. Juan Gavilán nos hace una síntesis sobre “Ulises” de James Joyce y particularmente sobre uno de sus personajes Molly Bloom. Juan Manuel Hurtado habla sobre su trabaja para dramatizar el monólogo interior de Moly Bloom mientras Stéphanie Magnin nos cuenta cómo abordó el personaje para su interpretación en la versión dramatizada para microteatro junto a Gerardo Ballesteros. Con el patrocinio de Fundación Unicaja En el auditorio Eduardo Ocón de la Sala María Cristana de Unicaja.

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Presentación de “Hijas de Eva” por Alfredo Fierro

Las historias narradas corresponden a mujeres que aparecen en la Biblia, a veces en primer plano, como Sara o Judit, o solo de refilón como la reina Berenice o la mujer de Pilatos; o que ni siquiera aparecen y solo se las finge, mujeres anónimas: así, una mujer ya entrada en años que ha vivido la travesía del desierto tras salir de Egipto hacia la tierra prometida, una sirviente de Job, una joven en el periodo de helenización de Judea en el siglo II antes de nuestra era. No son siempre mujeres judías: no lo son Dalila, ni la reina de Saba, ni la prostituta Rahab.

Estas mujeres narran acerca de ellas mismas y también acerca de algún otro personaje, varón, que suele ser el protagonista bíblico. Diversas narraciones pueden concurrir sobre un mismo personaje: concurrir, aunque no coincidir, antes bien y al contrario, a veces confrontarse.

¿Por qué haber elegido como “hijas de Eva” a mujeres bíblicas y no a otras? En el corpus griego hay mitos de mujeres más poderosos que en la Biblia: Antígona, Electra, Medea… También está Diotima, que en El banquete de Platón expone una teoría del amor. ¿Por qué, pues, la elección de un elenco bíblico?

Para ese “por qué”, aparte la respuesta simple de que el autor tiene derecho a elegir a su gusto personajes y argumento, he de añadir: no me conozco bien el corpus griego, inabarcable tanto en origen como en la literatura acerca de él; no lo conozco tan a fondo como el texto bíblico. Desde mi conocimiento de éste en lo tocante a las mujeres de los relatos he escrito las 40 páginas finales de Anotaciones, donde se las identifica, se dice lo que de ellas cuenta la leyenda bíblica y lo que, en su caso, en las heroínas más recientes puede saberse por la historia.

Ante cualquier libro impreso se alza una pregunta radical que tiene mucho de objeción contra el autor: ¿por qué, a qué escribir, publicar? Escritores de oficio han dado variadas respuestas a esa pregunta: escribo para que me quieran, porque me gusta, porque no tengo otro remedio. Desde luego, se escribe, al igual que se hacen otras cosas, contra la muerte, contra el olvido.

A propósito de uno de sus libros, un Emil Cioran, gravemente tocado de insomnio crónico, dice: “de no haberlo escrito, hubiera puesto fin a mis días”. Cesare Pavese cierra la última página de su diario con un “no escribiré más”. Dos días después se quitaba la vida en un hotel de Turín. En esos extremos se escribe para seguir en vida y se deja de escribir por no querer vivir ya más.

Cierto narcisismo es inherente al escribidor. Escribes para que te quieran o te admiren, también por querer dejar alguna huella. Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro: tres formas de dejar huella, algo que te sobreviva y que dé testimonio de ti.

En mi caso, en los últimos diez años, a raíz de mi jubilación y justo por ella, dejar huella en forma de libro, de publicación, ha cobrado una relevancia singular: primero, por disponer de mucho tiempo libre; también para proseguir la docencia, llenar su vacío, por otros medios.

En la vida hay quien tiene un proyecto de vida, quien no lo tiene, quien ha tenido varios al mismo tiempo o bien de manera sucesiva. Punto de inflexión en mi proyecto de vida ha sido la apropiación de un par de líneas al final de la que me parece la gran novela contemporánea sobre la corrupción, La peste, de Albert Camus: “Esta es la historia de unos hombres y mujeres que no se resignaron a la peste; y que, no pudiendo ser santos, se esforzaron por ser médicos”.

Retrospectivamente, en variante de esas líneas, me adscribiría a la patrulla de aquellos que ”no pudiendo ser místicos, satisfacer las ansias de absoluto, alcanzar el santo grial, se esforzaron por ser maestros, educadores”: aquellos que han tenido una “vocación” o proyecto educativo -de educación moral-, que, junto al proyecto médico, es seguramente el más digno de una humanidad civilizada, el más cercano, además, a un proyecto religioso o teologal.

Si estuviste enrolado en el proyecto humanitario educativo y te has quedado sin audiencia de alumnos, ¿qué hacer? Has de continuar con tu proyecto por otros medios: escribir, y así tratar de enseñar, de educar. Es lo que con mayor dedicación he tratado de hacer en estos años de vida jubilar.

Así que a la pregunta ¿por qué escribes, a qué escribes? mi respuesta actual es: porque no sé hacer otra cosa para continuar educando moralmente. Es lo que pretendí hacer en mi colección de relatos mito-teológicos, relatos morales antes que religiosos: Historias del dios (Barcelona: Anthropos, 2017), refundición, que no reedición de Historias del Dios (Barcelona: Laia, 1981). A ese mismo propósito, moralizar narrando, corresponde la actual edición de Hijas de Eva: ensayo moral en narraciones, pedagogía narrativa.

Para relatos morales tomé apoyatura en la Biblia porque carezco de imaginación: no la tengo suficiente como para fantasear por mí mismo, necesito algún soporte que me dé pie a imaginar. Y este apoyo me lo proporcionan las leyendas. Aun con mi escasa imaginación tengo alguna que otra ocurrencia para alterar historias ya escritas, para buscar el revés de la trama a temas legendarios, a la versión dominante de ellos.

En ese revés puedo fantasear cómo pudo vivir Sara la desatinada idea de Abrahán de sacrificar a Isaac. Me la represento, pues, llevando a escondidas un corderito y dejándolo en lo alto del monte en el momento oportuno. En moraleja de ese relato imagino también a Sara soltando a sus domésticos un manifiesto incendiario: “Entregad vuestro cuerpo a lo que gustéis, entregaos los unos a los otros… Pero nunca deis un cuerpo, el vuestro u otro, a un espíritu o a un dios”.

Indagar en el revés de la trama significa considerar una leyenda, un personaje, bajo puntos de vista diferentes. Es así como a través de varias voces femeninas se presentan distintas caras de un mismo hombre. Eso lo hago ya con el rey Salomón, del que hablan su madre Betsabé, una de las madres del famoso juicio, la reina de Saba y una bruja que ha profetizado la derrota y muerte de Saúl. Lo hago también con el Jesús de los evangelios, del que en cuatro visiones diferentes hablan: 1) una adúltera librada de la lapidación y que no se lo agradece, porque sin poder volver con el marido le queda por delante una vida perra; 2) una cortesana que le unge en casa de un fariseo y que le rememora como un maestro ingenuo; 3) la mujer de Pilatos que conoce algunas incidencias del proceso conducente a la cruz; y 4) una María Magdalena platónicamente enamorada de Jesús. Con esas visiones contrapuestas se desmitifica la figura de Jesús, se cuestionan tópicos cristianos y no sólo del catecismo tradicional, también de un evangelismo un tanto simple basado en un Jesús legendario.

En Hijas de Eva la contrapuesta visión de unos mismos hechos alcanza su clímax en un doble relato sobre el periodo de dominación de Judea por parte de los reyes seléucidas de Antioquía de 197 a 142 a. C. Hubo en ese medio siglo una represión cruel de los judíos y de su culto, recogida en el relato de la madre de los llamados Macabeos, ejecutados todos ellos. Pero fue también un periodo de prosperidad y helenización de Judea, reflejada, por cierto, en algunos de los libros sapienciales -de una sabiduría judeo-helénica- de la Biblia judía, escritos en esa época. He imaginado, pues, sin soporte en figura bíblica alguna, a una joven judía, que vive dichosa esos años: “Por un tiempo -por desgracia, corto tiempo-, osamos ser felices, fuimos capaces de fornicar con inocencia, gozamos de licencia para todo”. Esa joven desenfadada y vividora a tope espera y se promete, a semejanza anacrónica de los ilustrados del siglo XVIII, “un tiempo y era nuevos, la edad de la razón, de una razón reconciliada con la vida, sin ascetas y sin mártires, un mundo donde sea lícito vivir sin tabúes de ley, sin pecar y sin arrepentirse, sin necesitar de templo ni de dioses”.

Desde que empecé a escribir esas historias he pasado por enamorarme de algunas de mis criaturas. He tenido amores –¡solo platónicos!- sucesivos con la reina de Saba, con Berenice, también de estirpe real, y, cómo no, con María Magdalena.

En mi última relectura he trasladado mi amor a Porcia, la mujer de Pilatos, a la que he imaginado ya anciana rumiando sus recuerdos. La introduje en el libro por ser la única mujer que tras cortinas pudo observar algo del proceso de Jesús. Me percaté, además, de que ese personaje daba mucho juego. Se sabe –o es probable, seamos cautos con la historia- que Pilatos y ella regresaron al poco tiempo a Roma, que se divorciaron y que él murió ahogado en las aguas del Ródano, cerca de la actual Lyon.

Eso me permitía imaginar a Porcia como una noble matrona ya viuda. La he fingido, pues, tratándose y conversando en Roma con Horacio y Séneca, también con el historiador judío Josefo (quien en sus obras menciona a Juan Bautista, pero desconoce a Jesús). La he retratado en un perfil entre hedonista y senequista, es decir, estoico, y luego retirada a una villa en Campania, apartada de los enredos y habladurías de la política romana, del imperio. Allí toma nota de un grafito pintado en una villa cercana “Cazar, bañarse, jugar, reír, eso es vida” (inscripción pompeyana real); y esa es su sabiduría, su moral.

De Séneca aprendí –declara Porcia- a vivir en el hoy de cada día, en la hora y el ahora, sin miedo ni esperanza, pues el tiempo huye, se escapa. Aprendí que los cuidados y los pleitos abrevian la vida y la desguazan; que la vida no es breve o no tan breve como sus calumniadores dicen. Por muy corta que sea, resulta, sin embargo, dulce; y puede ser tan larga como queramos hacerla, tan corta cuanto la desperdiciemos, malgastada”.

En la cabeza de esta matrona romana he puesto pensamientos de Epicuro y de Cicerón: “No me siento concernida por los dioses del panteón. Aquí me vine solo con mis dioses lares y les rindo un leal culto sin pedirles nada a cambio. Tengo mis propios dioses portátiles, encontrados o inventados, dioses y diosas tutelares de las pequeñas cosas, de este lugar y del instante. Pero no me siento capaz de establecer si existen o no existen, ni tampoco qué figura tienen. La oscuridad del tema y la brevedad de la vida obstan a este conocimiento y no me aplico a conjeturas improbables: de nada sirve torturar la mente para conjurar lo incierto. Ahora bien, si las diosas no existieran, habría que crearlas. Y, frente a los impíos, mantengo mi apuesta por la cara séptima del dado: por si acaso ellas existen, en la incertidumbre, me encomiendo a las diosas benignas y prudentes; nada pierdo con ello”. Nada pierde, como tampoco Pascal en su apuesta teísta.

En un panorama editorial de sobreabundancia de libros, de mensajes y de publicidad sobre la buena dieta, la buena vida, la felicidad, el bienestar, la aurorrealización, la autoestima, los clásicos se yerguen por encima de la banalidad de la gran mayoría de los consejos circulantes. Con las frecuentes referencias a la sabiduría de los clásicos Hijas de Eva invita a leerles, releerles, por la continua apropiación que de ellos se hace. También ahí la mujer de Pilatos sobresale y en cierto modo compendia la sustancia del libro. La describo como lectora apasionada en palabras émulas del gran lector que fue Borges: “Mis días, mis vigilias y mis noches están llenas de Catulo, de Ovidio, de Horacio”. Recuerda ella a Horacio como el más grande, el más querido de los dioses y en eco de un verso horaciano añade que “no morirá él por completo, vivirá siempre”. Y concluye melancólica: “No así yo. Pero desearía haber vivido de tal modo que mereciera no haber muerto del todo”. A fin de cuentas, final de vida, y en balance, ¿quién no desearía haber vivido así?

Forma parte de la liturgia de presentar un libro invitar a leerlo. En desviación, sin embargo, respecto a esa liturgia, invitaré a leer no precisamente este libro, sino a leer…

¿Leer qué? No dispone uno de tiempo para leer todos los libros que debiera, ni siquiera aquellos que le apetecen mucho. La experiencia, por otra parte grata, de cualquier adicto a la lectura al entrar en una librería o en una biblioteca pública puede resultar agobiante y frustrante ante las estanterías con interminables hileras de libros: de novedades y de antigüedades. Imposible leer todo.

¿Qué leer entonces? Aparte de lo que haya que leer por oficio, por profesión, y de las lecturas de simple entretenimiento, el mejor consejo bibliófilo es quedarse con aquellas lecturas que sirvan para sanar y aupar el ánimo, para elevarlo, para ensanchar el espíritu: biblioterapia, lectura terapéutica. Pessoa llega a decir que la poesía puede sanar todos los males. Rebajemos el listón: poesía, literatura pueden contribuir a curar no todos, pero sí algunos males del ánimo.

A semejanza de aquel bestseller, de Lou Marinoff, que aconsejaba “más Platón y menos Prozac”, este el consejo que se desprende de Hijas de Eva: más Séneca, más Epicuro, más Montaigne, más Borges … y menos bestsellers, flor de un día del “top ten” en la sección librería de los grandes almacenes.

Las mujeres de Hijas de Eva no son unánimes; encarnan diferentes maneras de vivir, de asumir el destino o de provocarlo, también a veces dispares filosofías de vida, no siempre compatibles entre sí, antes bien contradictorias. No todas ellas obran ni piensan como la mujer de Pilatos. Retirada del mundanal ruido, siguiendo con Fray Luis la escondida senda de los pocos sabios que en el mundo han sido, ella encarna un tipo de filosofía y de vida entre otros: una vida jubilar, que no ya solo de jubilados, sino de todos aquellos que, aun en medio del trabajo y del ajetreo, son capaces de ensanchar y ahondar su tiempo de ocio, los días y las horas sin otro cometido que el de respirar: “Hago cuanto me apetece. El secreto está en hacer y no pensar, entretenerte en cosas con las que vivir vale la pena”.

Es secreto –y consejo- que puede también formularse con palabras de Montaigne: “No hacer nada sin alegría”. Incluso tareas y trabajos ingratos, pero necesarios, pueden hacerse con alegría, una alegría que al término de esta prédica laica deseo muy de corazón al improbable lector.

Alfredo Fierro

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Presentación de “Hijas de Eva” de Alfredo Fierro de El toro celeste

Presentación de “Hijas de Eva” de Alfredo Fierro de El toro celeste con la introducción de Ana María Prieto y Rafael Ballesteros con el patrocinio de Fundación Unicaja En el auditorio Eduardo Ocón de la Sala María Cristana de Unicaja.
Hijas de Eva: Las mujeres de la Biblia toman la palabra para contar “su historia”
Las mujeres de la Biblia no van a seguir calladas por más tiempo. Ellas, dueñas de una voz que no se ha perdido ni en el tiempo ni en el olvido al que tantas veces se las trató de someter, alzan la voz en la nueva novela de Alfredo Fierro, “Hijas de Eva”, que viene a poner el foco en esas historias de “mujeres valerosas, conscientes de su valer, su valor, que en cercanía afectuosa o en distanciamiento irónico hacen compañía o contrapunto a poderosos personajes bíblicos. Compartiendo o no la fe y las esperanzas de los hombres, ellas dibujan maneras de mujer con vigencia y validez también hoy”.
Son mujeres de leyenda: con nombre o anónimas, jóvenes o ancianas, castas algunas, meretrices otras. Vivieron o se las recuerda en los márgenes de la saga bíblica a la sombra de varones que se creyeron protagonistas o relatores de una historia sagrada, tocando divinidad.
Esas mujeres, desde la universal madre Eva, solo mítica, hasta la histórica reina Berenice, comparable a Cleopatra, narran los hechos en primera persona, desde su propia experiencia y sentimientos; declaran sus pasiones y acciones, no siempre virtuosas, su piadoso apego o su hostil desapego respecto de los respectivos hombres de sus vidas.
Su autonarración contrasta casi siempre con el relato oficial, con la versión transmitida. Con cierto escepticismo a veces frente a las entusiastas fantasías y empresas de los hombres, ellas muestran apego (este, sí, incondicional) a la tierra en tiempos en que las gentes solo parecían tener ojos y oídos para el cielo.
Alfredo Fierro ha recogido las historias “para dejar constancia de lo que sucedió o de lo que, pudiendo haber sucedido, resulta ser aún más verdadero”. Así, “aun cuando no siempre ocurriera exacto así, de esa manera, tampoco es inverosímil y merece ser guardado en el recuerdo”. No cabe duda de que “muchas otras cosas han hecho y han dicho las hijas de Eva, tantas que, si se las relatara con detalle, los libros escritos no tendrían cabida en el planeta”.
Catedrático emérito de Psicología, Alfredo Fierro cuenta con amplios estudios del hecho religioso y del cristianismo. También ha publicado sobre temas tradicionalmente filosóficos, y su ensayo Heterodoxia (Valladolid, 2006) fue Premio Fray Luis de León de la Junta de Castilla y León.

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