Carmen Velasco Rengel: «LOVE I»

Love I
Por Carmen Velasco Rengel
Publicado en la Revista ETC nº 15

LET US GO THEN, YOU AND I
    (THE LOVE SON OF A. P., T. S. ELIOT)

Acabo de leer una noticia en el periódico que me ha impactado. Una mujer ciega de sesenta y dos años ha dado a luz a su decimosegundo hijo. Tiene veinte nietos y dos bisnietos. «No es bastante», comenta. En eso estamos de acuerdo. Se había pensado un tiempo tener a este último retoño, se encontraba demasiado madura ya. Sin embargo, su marido le había insistido con ilusión: «no hay tiempo, no hay tiempo, necesitamos otro hijo, aunque sea el último». Después de haber leído esta noticia estimulante, decido de inmediato dedicarme a la maternidad en cuerpo y alma. Ya está bien de darle vueltas al asunto. No me explico cómo no lo había pensado antes. Valdrá la pena después de todo.

Esto tiene mucho que ver conmigo.

En la foto, la mujer yace senil en una cama de hospital. Se la ve agotada, pero contenta: la melena lisa y blanca, el camisón blanco entre las piernas, las manos agarradas a una barra metálica… Ahí tenemos la verdad de la vida, la vida de verdad. Mi generación no sabe lo que se pierde. ¿De qué huimos?, ¿qué estamos rechazando? Un organismo incontrolable crece por dentro y asusta, tal vez aterroriza. ¿Miedo en el cuerpo o miedo al cuerpo? ¿Mieditis aguda o puerilidad supina de niñata mimada? Hay que atreverse, sin duda, el cuerpo es sabio.

Por qué no decirlo de una vez por todas: echo de menos tener una familia numerosa. Un buen montón de hijos. Me arrepiento, no lamento decirlo, del tiempo que he perdido, eso no era lo que yo quería en absoluto: fatigosos viajes, demasiados estudios y títulos precarios, el currículo abierto, los libros cerrados, entrevistas sin tregua y luego nada… Tanto esfuerzo ¿para qué? Para encontrarme con unas gafas de culo de vaso y poco más, ¡menuda autodestrucción! ¡No! Envejezco… envejezco… ¡Quiero seres vivos a mi alrededor!, ¡nietos y bisnietos lo antes posible!

Miro a la izquierda. Mi novio, a su bola, conduce a toda velocidad sorteando decenas de vehículos con la intención obstinada de comprar entradas para el cine. La situación se me antoja ridícula en este preciso momento, ¿quién quiere ver una película rarita, producto de una imaginación a buen seguro exaltada, ensimismada, autista? Y sobre todo, ¿quién está dispuesta a soportar el comecocos posterior de análisis y discusiones para llegar a la cama como un témpano triste, los espermatozoides aburridos y la ovulación pasada de rosca?

Todo esto es un despilfarro, el abandono de lo esencial, un mundo de ciencia-ficción.

Vamos a toda leche. Me agarro al brazo del asiento y se me cae el lápiz óptico. «Deja de escribir de una vez, te vas a marear», me regaña mi novio mientras sortea, con una sola mano en el volante, los peligrosos taxis amarillos que recorren las avenidas como limones pochos. Pasamos la calle cuarenta, la cincuenta, la sesenta, casi no puedo contar más que de diez en diez. La velocidad me enferma, es como antinatura: ficticia, falsa, artificial. Huele a gasolina por todos lados. Por un momento creo que voy a vomitar. Durante este trayecto siento que estoy cambiando.

Todo esto ya no tiene nada que ver conmigo.

Mi novio estruja el volante con energía, sus dientes rechinan mientras vigila el gps y la hora. El tiempo real pasa que da gusto. Corre. Vuela. Habrá tiempo, habrá tiempo, me digo. Por supuesto, nada de lo que se me pasa por la cabeza va a salir por mi boca expresado en palabras. Ya me guardaré yo muy bien de hacerlo y mucho menos en este momento preciso. «Nos da tiempo», afirma entusiasmado y yo respondo como una autómata «sí, sí, nos da».

Aparca en plan rally al pie de la escalera que conduce al recinto. La acera está libre de coches. Despejadísima. Normal, teniendo en cuenta que las letras rojas de los diferentes carteles, no parking any time, resaltan desde cada uno de los ángulos de la avenida. Sudor frío. ¿Cuánto tardará en aparecer un poli bien armado? Relax. No me bajo del vehículo, no hay tiempo; no es posible si no queremos perderlo todo, es solo un momento, no vayan a vender las entradas de mañana, ¡hay tal expectación en el estreno!

Todo esto no parece real.

Mi novio, bien dotado, sube las altas escaleras de dos en dos. Es alto y fuerte, genéticamente portentoso. A pesar del frío, no necesita más que una chaqueta negra encima de la camiseta. Se olvida la bufanda en el asiento. Intento llamarlo para que se la ponga, no se vaya a resfriar en esta etapa, en plena gestación de mis nuevas esperanzas. Inútil, no me oye, ya ha saltado hacia la derecha y desaparecido a todo lo alto del Lenix&Co Center.

Continúo por tanto con mis reflexiones del día. Son algo más que eso, mucho más. He tomado una decisión y pienso llevarla a rajatabla. A partir de ahora va a cambiar nuestra vida, voy a diseñarla de arriba abajo. El objetivo es primordial: tener hijos y dedicarme con entusiasmo a construir un hogar. Escribiré en mis horas libres todo lo que pueda, las novelas son mi vocación oculta, impartiré de vez en cuando algunos seminarios; habrá tiempo, por qué no. Un ama de casa debe tener tiempo para desarrollar alguna profesión. Pero, sobre todo, tendré la satisfacción de dedicar mi vida a lo esencial. Sentiré, estoy segura, un gran placer al terminar la jornada y poder estar cansada tras haber contribuido al orden mundial con algo tangible, provechoso. Sentiré el orgullo de haber dado vida a unos pequeñuelos salvajes. Y de ser la madre de la madre o del padre de otros preciosos diablillos. Dondequiera que haya un ser humano hay una madre orgullosa de él velando sus sueños.

Miro hacia arriba. Una pareja anciana baja las escaleras despacio protegida del frío por amplios abrigos largos. Felices, se sonríen. Seguro que comentan la película que han visto. El hombre extiende la mano para llamar a un taxi. Un gesto juvenil, levanta el pie izquierdo y salta. ¡OOP! Al momento, las ruedas del taxi chirrían parándose en seco delante de sus narices heladas y los dos suben indulgentes enredados en la lana virgen. Aspiro. Observo las escaleras vacías, todavía no baja, habrá cola o estará bloqueado el ordenador.

Sigo anotando en mi iPhone diversas impresiones en mi alfabeto particular; dibujo una iphonada, un plano general de la calle. Una aplicación ofrece herramientas de dibujo, perfilo a los peatones cruzando por el paso de cebra, a la señora paseando el airedale fuerte y musculoso de orejas caídas (no ha sido operado), el agua helada de un charco que me invento (aunque es raro, en esta calle no hay charcos), el semáforo colgando (señalo con muchas flechas el movimiento oscilante producido por la ventisca). La punta del lápiz óptico tiembla cuando intento rellenar la esfera de luz. No importa. El apunte me ha quedado perfecto, mucho mejor que una fotografía. Se me da bien el dibujo.

Una lluvia amarilla va dorando la calle. Lenta primero, como copos pequeños, forma un telón sedoso delante del cristal. El semáforo se fija en ámbar. Oigo pasar aviones muy cerca. El sonido estentóreo apaga el de la ciudad. Los coches desaparecen de repente. La calle se llena de tanques, de soldados que disparan gas mostaza. Todo es dorado tras la cortina de humo amarillo que lame los cristales de las ventanas. Los gritos son dorados, la sangre es dorada. Doblo las piernas. Me ovillo como un feto encima del asiento. El viento zumba salvaje en mis oídos áureos.

El tiempo habrá pasado, sin duda, no sé cuánto. El motor está apagado, el reloj digital no puede verse. De nuevo miro hacia arriba, hacia las escaleras, hacia el lugar donde lo vi subir. Hay un tablón gigante con un cartel pequeño. El viento sopla cada vez con más fuerza, se ha llevado el marfil de la niebla; las ramas raídas de los árboles se mecen, los papeles se arrastran por el suelo haciendo pajizos remolinos. Parece que alguien va bajando por el lado derecho. Pantalón gris, chaqueta negra. Ya era hora, por fin ha terminado. Le cuesta descender a causa de la ventolera, le cuesta mover sus largas piernas, colocar sus pies anchos sobre los peldaños. Vuelvo a mi iPhone y apunto en el ocho de marzo «visita al ginecólogo, planificación familiar, introducción al embarazo».

Espero que mi novio abra la puerta y entre. Ya estoy harta de esperar y tengo mucha hambre. No llega todavía. A través del cristal vislumbro que sigue bajando las escaleras con un cuidado extremo. Agacho la cabeza. Me toco la punta de los botines rojos. Reflexiono un momento y vuelvo a mirar. Es él. Parece que es él. Intento bajar del coche e ir a su encuentro. Una corriente helada me paraliza y presiona la puerta. Mis manos secas no tienen fuerza para hacerla ceder, llenas de surcos blancos, están desconocidas. Pego la cara temblorosa al gélido cristal, un mechón blanco me roza la mejilla y se confunde con la nieve que caerá dentro de muy poco. ¿Es él? Observo su paso cansado, su frente despejada, su piel blanquísima casi cadavérica, las gafas de concha clavadas en la nariz pequeña, entremetidas en los grandes surcos y en las arrugas alrededor de los ojos, en los pliegues de la piel de pergamino de un hombre longevo que dice «vamos».

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