Carlos Alcorta: Selección de poemas

Selección de poemas
de Carlos Alcorta
Publicados en la Revista ETC nº 8

NUDO
“Estoy feliz es decir desprovisto de ilusiones”
ZBIGNIEW HERBERT

En contra de lo que el instinto sugiere,
negando que la unión haga la fuerza,
como un Caín resucitado, violando
las leyes de defensa colectiva
o quebrantando, como las higueras
que crecen entre riscos, la estrategia
natural de la solidaridad
entre los hombres, vivo ahora solo,
intentando recuperar el tiempo
puro, el tiempo de la inocencia,
porque es violenta la verdad del prójimo,
su compañía o su abandono,
a pesar de que en él se afirma
mi lugar en el mundo. No deseo
paz o armonía, quiero lo salvaje,
no lo domesticado, un garabato,
pensar algo que pueda avergonzarme,
escribir y pensar, pensar lo escrito,
fabricar una nueva armadura, una cámara
blindada para el ser, que así se crece,
mirándose a sí mismo, sin comprometerse
con las inacabables maravillas
del universo, sin sufrir coacciones
por parte del pasado o del futuro,
aunque sé a ciencia cierta que quien busca
la cándida inocencia del recién
nacido para contemplar las cosas
como si fueran nuevas, debe reconocer
que no hay tiempo muerto en la memoria,
todo tiene un lugar que se dispone
según herméticas fatalidades,
más propias de diablillos o de ángeles
caprichosos que de mi voluntad.

Con desconfianza miro
el cielo, la tranquila disolución
de las nubes que en su pereza imitan
deshilachadas hebras de algodón
de feria, comestible, parcialmente
teñido el mástil caramelizado
de un rojo equinoccial. Ahora brilla
el sol a través de la claraboya
y yo registro rigurosamente
las variaciones súbitas del tiempo,
los colores cambiantes del crepúsculo
en los pequeños márgenes en blanco
de las hojas del calendario.
Evalúo los destrozos que el granizo
y el lastimoso azar de la sequía
provocan en el huerto, como si las acciones
de la naturaleza estuvieran dispuestas
para desmoralizarme.

Ha empezado a llover sin darme cuenta.
Estudio la presencia irregular
de la luz que dibuja sobre el agua
estancada ficticios laberintos
que engañan mi retina. Vaticino
en la oscilante transparencia el cruel
futuro que me espera, ahora que carezco
tanto de grandes esperanzas
como de un púdico resentimiento.
De la necesidad se aprende a dar
a cada cosa su valor auténtico.
Nada me queda que perder, si acaso
la calma o la ansiedad que me quita
el aliento y me da también la vida,
como me ocurre cuando,
frente a la página me empeño,
con un estilo audaz impropio de los hechos,
de ordenar las piezas del desconcierto
y dar nombre a la voz de ese otro yo,
mientras el ritmo urgente y enfebrecido
de las palabras me robaba el aire
y se hermanan en un extraño cóctel
mi más puro sentir y mi experiencia.

 

EN DEFENSA DE LA MEMORIA

No logro mantener a la distancia
conveniente esas cosas en las que no me agrada
pensar. Se imponen, como una inflexible
orden que imparte un cielo vengativo,
en mi cabeza, por la fuerza. Vuelvo
a exigirme una explicación plausible,
pero tienen sus propios códigos los recuerdos.

A ellos me aferro porque son la tabla
de salvación en medio del océano,
aunque no impidan que de nuevo
caiga en la tentación, caiga en un cuerpo
desnudo como nieve sobre arena candente,
porque la carne es débil y yo soy un demonio,
y a veces me pasa como a él, incumplo
las promesas, capitulo ante las gratificaciones
que proporcionan el dinero o el sexo.

No me engaño. La almidonada red
que el sol desvaneciéndose
tras la ventana arroja sobre el paisaje afirma
una ilusoria permanencia, igual
que si entre mis pesadas manos embadurnadas
de aceite se escurriera un corazón
de porcelana o un cisne de cristal.
Produce su contacto con el suelo
un efecto engañoso de frescura,
modelan sus fragmentos una imagen
precaria de la eternidad, tan leve,
tan pasajera como una ilusión.

Gracias a ese severo aprendizaje,
a la virtud balsámica asociada
a las palabras ―dúctiles palabras
en el papel, suturas en el aire,
ideas más que actos―
mi vida, pensé, tuvo algún sentido,
pero ahora, haciendo memoria,
acierto a comprender tus argumentos.
Tal vez tengas razón, y me haya condenado
a ser un solitario explotar una imagen
de ti más cercana a una ficción
literaria que a esa mujer de carne
y hueso de la que estuve enamorado.
En cualquier caso, creo que algo he aprendido:
la muerte de una pasión no es el fin,
es el comienzo de otra.

 

ANTIGUO  CAFÉ  HISPANO

Son ya más de las nueve. Desde hace horas
me mantengo impaciente y a la expectativa,
igual que cuando leo un poema de Auden,
confinado en la esquina más ruidosa
de la cafetería, esperando a un amigo
que se retrasa. Observo llamativas muchachas
que ríen y conversan en esta lujuriante
selva, me dan la espalda, ignoran mi presencia,
como si fuera un tiesto o una columna,
como si uno formara parte del decorado.
Es un asunto de fertilidad,
de economía. Miran candidatos
con posibilidades de salvar la primera
cita, me digo, autoconvenciéndome,
mientras disputo con el adversario
que llevo dentro un trozo, unas migajas
de aquel pasado en el que aún era alguien
visible, alguien, está de más decirlo,
sin visión de futuro.

Quizá por miedo a continuar juzgándome,
a ser un cómico en un melodrama,
simulo concentrarme
en la trivial lectura del periódico
regional, aparento renunciar
a prácticas caducas de conquista.
Pero envilece más la mansedumbre
que la perfidia de las intenciones.

Debo ser fiel a mis deseos íntimos
y aventurar airoso la mirada
hacia el voluptuoso desorden
de ese cuerpo entrevisto entre la gente
―creyendo que al cruzar
mis ojos con sus ojos se despertará en ella
un mínimo interés y advertirá
algo que sólo intuye quien se sabe
ya descubierta― sin pensar en la derrota,
porque no es fracasar en el intento
lo deshonroso, sino el rendirse
sin combatir, la abdicación, el miedo.

 

SOUNION
«Y cada piedra que pisábamos ensangrentada
por el crepúsculo»
CHARLES SIMIC

El calor sofocante de la tarde
castigaba los pies de los viajeros,
ya impacientes por el retraso
del autobús, bajo la marquesina
descolorida. Apenas llegaba aire
a mi cerebro y la incertidumbre
se adhería a las células que activan
los sentidos igual que un enojoso
parásito. Unos años antes
la estrafalaria profesora de Arte
Moderno me acusó de estar anclado
en principios estéticos de otra época,
y este empecinamiento por llegar
al Cabo, pienso ahora, confirmaba esa hipótesis.
Pero entonces, ¿no tengo ya remedio?
La imagen instalada previamente
en mi memoria se fue haciendo
realidad ante mis ojos,
como sucede a veces con los sueños.
Contemplé, como si en la luz quedaran
suspendidas, las formas celestiales
de las columnas que hacia el distintivo
estival ascendían desde una cota opuesta
al estilóbato, vi cómo ceniza y sombras
se internaban, arriadas sus velas, en un mar
dócil, amansado, cárdeno, sólo mío.
Por un momento el mundo se detuvo.
Mi obsesiva imprudencia me inclinó
a suponer que nada de aquel instante
cambiarían los años, ni siquiera
las toscas lápidas, ensangrentadas
por el crepúsculo que días
después menospreciaba.

Pero cuando contra mi piel
repercutía el canto de los pájaros
y se ahormaba contra el fuste
quebrado de pilastras confinadas
en un drenaje casi sumergido
la espuma de las olas,
me supe un dios caído a quien pronto
la juventud que entonces disfrutaba
le iba abandonando.

Ahora, satisfecha la deuda contraída
con mi otro yo, una foto en blanco y negro
que decora los últimos peldaños
de la escalera de la nueva casa,
preserva del olvido
una subordinada y redundante
sensación de melancolía,
tan similar a la de quien observa
en la vitrina una distribución
de extravagantes lepidópteros
que temo, muchas veces, confundirme.

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