Campos Reina: «Estelas para el nuevo milenio»

Estelas para el nuevo milenio
Por Campos Reina
Publicado en la Revista ETC nº 8

SANTEPAR (1988)
MEMORIAS

Redactadas sin la venia de cardenal, arzobispo o eclesiástico alguno.

HERNANDO DEL PULGAR Y CARVAJAL
ONCENO CONDE DE SANTEPAR

INTROITO
Postrado en la silla de la vejez, transformado mi cuerpo en una red de canales por donde corren los humores malignos, he enhebrado en las azoteas de la mente, arruinadas de tanto oficiar en beneficio de la ciencia, las cuentas de mi no muy gloriosa carrera, que si tuvo mérito, lo perdió en estos escritos a causa del mucho serrín que atiborra mi cerebro y de mi palabrería de esquilador de mulos. Aun así, pienso que en mis espejos se reflejará de otro modo la historia de este desgraciado país, porque en el proceso de aniquilamiento de un espíritu impuro —pieza de fuste para un bestiario—, en contienda estéril con las fuerzas de su siglo, podrá contemplarse sin rubores, como si fuera de otro, la sombra de la propia tragedia.

Debo prevenir a mis herederos a fin de que este atado no vaya a parar a manos que no fueren las dellos, al menos, durante un siglo, y cumplido ese plazo, para que circule sin caída de máscaras, pues de no andar avisados, correrán el riesgo de cargar con más de un sambenito y con mil nombrajos impuestos por la canalla bastonera, a cuyo son, mis vilipendiados huesos se removerían bajo la fría losa de la tumba. Dios nos libre y guarde de semejantes agravios y de ser cantados en
coplas de carnaval.
SANTEPAR

UN DESIERTO DE SEDA (1990)

Pepe Maruján regresó al pueblo, tras una ausencia de veinte años, meciéndose entre los rumores de quiebra patrimonial y los rutilantes cromados de su automóvil. Las gentes que vieron al De Dion-Bouton enfilar la calle principal siguieron con la mirada la marcha segura de aquel prodigio de la ingeniería, sobre el que Pepe y el Poeta tenían una cierta apariencia de marcianos, enfundados en sendos guardapolvos con cuello de piel y tocados con unos bombines de color guinda, a juego con la pintura del vehículo. En el rostro de ambos aún quedaba visible el cerco dejado por las gafas que hacía pocos instantes se habían quitado en las afueras de la población para hacer una entrada de leyenda, tal cual la de los caballeros del Temple al volver de una Cruzada. Lola Maruján se hallaba en el cierro del salón de recibir de la primera planta, bebiendo una limonada, y casi se atragantó al escuchar la elegantísima explosión con la que el De Dion-Bouton finalizó su recorrido. Luego, al ver saltar de sus asientos a su querido hermano y al Poeta tuvo la sensación repentina de que asistía al desembarco de unos bucaneros. Cuando Pepe puso el pie en la estancia donde ella se encontraba, seguido de su ayudante en la gloria y en los infiernos y de los servidores de la casa —un tanto alborotados, que no querían perderse el reencuentro entre los dos hermanos—, y abrió los brazos para dejar caer un «¡dulce hogar!» mientras su mirada repasaba los espejos y los cuadros realistas de pintores de las escuelas malagueña y cordobesa del XIX, Lola juzgó que aquel elegante vagabundo que se había paseado por la Europa del lujo y el refinamiento decadentista regresaba de su postrera y más cruenta batalla, tal vez porque sabía que su última finca rústica había sido enajenada hacía un quinquenio; demasiado tiempo para su ritmo de derroche. Y esa certidumbre no la deshizo ni la grandilocuencia ampulosa de Pepe cuando adujo que venía «a descansar una temporada y a depositar su más preciado tesoro», ni la larga procesión de baúles que al día siguiente puso en jaque a todos los coches de punto, a fin de trasladar de la estación a la casa un desmesurado bagaje. Ella conocía a su hermano lo suficiente para saber que su alma era una réplica, en ámbito burgués, de la de Luis II de Baviera, el rey loco por el arte y las obras imposibles; y dado el paralelismo, no lograba imaginarse a tan refinado aventurero en las penumbras de un retiro voluntario, él, que necesitaba seis vidas y otros tantos ingentes patrimonios para coronar el delirio de su mente fantasiosa, ayudado por aquel Sancho iluminado que caminaba siguiendo sus pasos, embebido en la contemplación de la locura encarnada como si lo hiciera por la Vía Láctea.

TANGO ROJO (1992)

LA ROSA DE APOLO
(relato)
Por unas escaleras de baldosas resquebrajadas, Margaretto subió a la selva de vegetación exuberante del escenario. Mil pájaros acompañaban con su canto el baile cadencioso de panteras de rotundo pecho y pestañas postizas que se timaban con señores gordos, acomodados en los palcos del proscenio. Por el centro del inmaculado paraíso avanzó un nuevo y sofisticado Adán, ajeno a la caída, envuelto en suntuosa capa de plumas de pavo real. De los gallineros volaron cientos de claveles y rosas que saturaron la escena de fragancias. El artista abrió los brazos a su público y su escueto y original atuendo quedó al descubierto: del charol de los zapatos nacían unas delicadas medias negras de seda que iban a morir en un primor de ligueros con encajes de Chantilly. Al son del bongó, surgieron de entre bastidores una docena de jamonas disfrazadas de tigresas y la corte moharrache. El guión autorizado por la censura saltó por los aires, y fueron llegando a los espectadores tonadillas satánicas, boleros sensuales y perversos, alguna fl or, y hasta prendas íntimas de las fi eras en danza. La sección pacata de los espectadores inició la retirada, abandonando la platea y los palcos, asateada por las pullas y chanzas del gentío arracimado en las gradas. De arriba abajo cruzáronse entre los bandos airadas frases, que impulsaron a buena parte del personal de las alturas a descolgarse por las columnas hasta el patio de butacas. Brillaron en el calor de la disputa facas, cachicuernos, alfileres y el resto de la heterogénea colección de objetos agresivos a los que se apega el pueblo llano desde tiempos remotos. Unos y otros se enzarzaron en una pelea colectiva que enfrentó a hermano contra hermano. El ruido de las sirenas atrajo a una multitud hasta la puerta del teatro, y el patio de butacas fue tomado por la fuerza pública. En pleno revuelo, restallaron dos taponazos en la grada. Margaretto apareció de pie, sobre la baranda del último anfiteatro: en sus manos, una rosa y una copa de champán. El artista arrojó la rosa a un sargento de la Guardia Civil y, apurada la copa, la dejó caer a sus espaldas. Un «¡Viva la Pepa!» surcó el aire cuando Ícaro saltó al vacío. Su capa refulgió unos instantes, salpicada por los reflejos de las mil luces de la araña que coronaba el teatro de Apolo.
EL BASTÓN DEL DIABLO (1996)

Cuando Joaquín Maruján supo que, de madrugada, iban a darle el paseo, al caer la tarde pidió que José Heredia, su cuñado, le trajera a la prisión una lata de jalea de membrillo y la cuchara de plata que su madre, de niño, le había regalado.

José se presentó en la cárcel de la capital ya entrada la noche, después de que todos sus intentos de lograr clemencia para Joaquín fracasaran, y sin reparar en el riesgo que pudiera suponerle el parentesco y la amistad manifiesta con un hombre que tenía fama de agitador político y de masón. Tras exigírsele que se identificara, José fue cacheado, y al cabo de media hora, que se le hizo infinita, conducido por una pareja de guardias hasta la celda donde se hallaba Joaquín. Lo primero que vio, al serle franqueada la puerta, fue a un joven que yacía en un jergón, con huellas evidentes de haber sido torturado, y enseguida reconoció en la penumbra el perfil de Joaquín, su rostro, muy demacrado, en el que destacaban, si cabía, más que nunca, aquellos ojos oscuros, desmesurados, que arrastraban a las gentes en los mítines. La escasa iluminación que proyectaba una bombilla desnuda y el olor que despedían las paredes húmedas, mezclado con el aire viciado del calabozo, sobrecogieron a José, quien por un instante llegó a pensar que era aquél el olor de la muerte.

Joaquín recibió su pedido, y José se limitó a permanecer en silencio, a su lado, los minutos de gracia que le concedieron. Sabía que resultaba inútil tratar de deslizar una palabra de afecto o de vana esperanza y que era mucho más  importante para Joaquín tenerlo allí, como si su presencia irradiara el calor de una familia que la guerra había deshecho. Ni siquiera le quedaba la íntima satisfacción de considerar que moría por una causa justa, ya que hasta la cárcel había llegado la noticia, cruel como ninguna, de que en su pueblo de origen su propio bando había fusilado al hijo de su hermano Jesús Leopoldo: un muchacho apenas salido de la adolescencia, sin más pasado político que el que trágicamente le brindó la sombra de su padre, la de los miembros enfrentados de la familia. La nobleza de la idea por la que Joaquín había luchado, por la que se entregaba la vida en las trincheras, se volvía sórdida y opaca en la retaguardia, empapada de odios y resentimientos, de una sangre que no se borraba sino con otra del mismo signo: la de la venganza. Poco después, Joaquín y José se estrecharon las manos y, fundidos en un abrazo, hubieron de esforzarse para contener la emoción de la despedida.

Cerrada de nuevo la puerta de la celda que los separaba para siempre, José no pudo reprimir un sollozo cuando, a través de la mirilla, vio a Joaquín contemplar la cuchara como si fuera un espejo por el que desfilase su infancia, y observó su recogimiento, la búsqueda instintiva de un refugio, en la mirada que recaía sobre la góndola que ilustraba la lata de jalea, debajo de la cual tal vez Joaquín estaba rescatando carretes, agujas y ovillos de una lata familiar en la que su madre, como tantas otras mujeres, durante decenios, guardó los útiles de costura. Sentado en el jergón, con dignidad y un cansancio que parecía haber doblegado su espalda pero no su ánimo, Joaquín, bajo la última mirada de su cuñado, destapó la lata y comenzó, lentamente, a comer la jalea. Luego se tendió en el jergón y se cubrió con la manta.

Uno de los carceleros informó a José, al día siguiente, de que las noticias difundidas sobre el fusilamiento de Joaquín eran falsas. Al amanecer, cuando los guardias fueron a buscarlo para ejecutar la sentencia, lo encontraron muerto, de un coma diabético, y con una sonrisa en los labios.

LIBREPENSAMIENTO (2000)

LA CEREMONIA DEL TÉ
(ensayo)

Un inquieto hombre de Occidente podría preguntarse por la razón de este despliegue ceremonial. Con independencia de la elevación del espíritu, no se perseguía otra finalidad práctica; si bien, cuando se celebraba antes de las batallas, debía de equivaler a una especie de comunión. Mas, por contraste, de los maestros del té surgieron los mejores jardines orientales, una cerámica singular, dibujos para los tejidos, colorido para la pintura e inspiración para la poesía. Es decir, que de los salones del té, de algo en apariencia tan simple como tomar una bebida en compañía, surgió gran parte de la estética y del arte de China y de Japón. Además de estos beneficios, la cultura del té, que es mezcla
del zen y del taoísmo, desarrolló una concepción individualista, contraria al excesivo predominio de las leyes y las costumbres, propio del confucionismo. El mundo es un lugar de paso, donde son más importantes los caminos que las metas. En aquéllos hay que descubrir la fórmula personal para una estética entre la guerra, la muerte, la vejez y la adversidad. La filosofía del té invita a una concepción solidaria, de sobriedad y de respeto a los demás, que puede intuirse en esa preferencia, ya apuntada, por lo que se sugiere en vez de lo que se explica. No busca aquello que satisfaga a las mayorías, sino lo que encierre el verdadero sentido del arte, en un intento de armonizar la creación y la vida, al reunir
la una con la otra sin renunciar a la realidad. Frente a Occidente, que obtiene de las grandes ideas los impulsos para la evolución social y para el arte, el Oriente Clásico levanta la bandera que otorga al individuo la posibilidad de ser en sí mismo, de partir de pequeñas ceremonias para hacer su propia vida digna y contribuir a la construcción de la sociedad de un modo distinto: como la piedra que al caer en el agua extiende las ondas a su alrededor.

LA GÓNDOLA NEGRA (2003)

Al parecer, en 1870, doce años antes de la llegada de Pepe a la ciudad, el Maharajá de Kalepoor, un enamorado de ésta, tras su muerte, fue incinerado en una pira al final del Cascine, el parque donde acudían a pasear, bien a pie o en coche de caballos, en el siglo XIX, época de su apogeo, los florentinos e infinidad de visitantes. El suceso, en su día, debió de conmover a la bella y decadente capital, que erigió un monumento en dicho parque, el monumento al Indiano, el cual comunicó su nombre, más tarde, a una vía y a un viaducto. Pepe, tal como tomó por modelo el jardín del palacio de los Pisani para efectuar en el recinto de los Maruján el trazado del entorno inmediato del pabellón y de algunos senderos entre la arboleda -con la salvedad de sustituir en ellos las estatuas clásicas por las de próceres de la Revolución Francesa-, también dispuso en su testamento, quizá por afinidad con el Indiano, ser incinerado en una de las rotondas del botánico. De forma tan peculiar, dos extranjeros, ajenos por nacimiento, que no por acendrado amor a Florencia, sin proponérselo, evocaron la muerte de Savonarola, uno de sus más afamados hijos, quemado también en una pira, en la plaza de la Señoría, en el círculo que para siempre lo recuerda en ésta. Yo, al seguir las huellas de Pepe, al penetrar en los rincones de los que su vida se había impregnado, iba recibiendo una fi na lluvia casi imperceptible, de esas que apenas pueden tildarse de tal pero que al caminar sin protección llega a calarnos mucho más que el chaparrón imprevisto que obliga a buscar refugio en un portal a la espera de que su furia remita. Casi sin reparar en ello, por las noches, con la excusa de aliviar la digestión de la cena, echaba a andar despreocupado. y, no obstante, mis pasos solían acabar frente a San Giovanni, el Batisterio, el templo tan querido del Dante, y giraba despacio a su alrededor, respirando el aire
invernal, frío y sano, y absorto en sus ocho caras, en las franjas de mármol de Carrara y de Prato y en sus espléndidas puertas, hasta detenerme frente a una, con sus diez cuarterones de bronce dorado, esculpidos por la perseverancia de un hombre. El monumento, me trasladaba la voz más íntima de la ciudad, una voz dolorida, en la que palpitaban el amor y el rencor, la presencia tanto como la ausencia y el imposible desarraigo de sus hijos. Había algo humano y digno, más allá del arte, que no lograba trasmitirme, a mis espaldas, la catedral, Santa María del Fiore, cuya construcción necesitó sumar la genialidad al trabajo colectivo de muchos para alcanzar aquella altura, más divina que humana, su rotunda presencia, que me hacía bajar la cabeza y escuchar el leve repique de los tacones de mis botas en las piedras para asegurarme de que seguía estando vivo. Porque, se quisiera o no, frente al símbolo de la vida, frente a San Giovanni, en donde todos los florentinos de otra época recibían el bautismo que los convertía en ciudadanos, se asumía una condición que recordaba a los hombres, a los mismos hombres que habían entrado en el mundo, en Florencia, por la más brillante puerta, la del Paraíso, que habrían de salir por otra, la de San Gallo, de noche y en unas andas, con la escolta de una cofradía de ciudadanos embozados, portadores de antorchas.

Aunque esa tradición ya se había roto, yo no olvidaba que la misión que me había conducido a la ciudad no era nueva. En Florencia, la sombra de los vivos siempre acompañaba a la de los muertos, hasta confundirse ambas en una ceremonia fuera del tiempo.

FUGA DE ORFEO (2006)

Durante parte de los sesenta, en los años de dicha década que residí en Sevilla, era muy frecuente el viaje de invierno, de varios meses por Europa, que las hijas de familia burguesa argentina realizaban, al menos una vez en su vida, durante las vacaciones -el verano austral, como se sabe, coincide con nuestro invierno-. Uniformadas con abrigos de nutria, suponía una tarea seductora repasar los rostros que sobresalían de aquéllos. Uno podía tropezarse lo mismo con una rubia florentina, que por la emigración de sus abuelos había nacido junto al río de la Plata, que con una india de ojos garzos y boca de tonos morados, que te dejaba perplejo. Cuánto amor reprimido escondían sus corazones ardientes bajo los abrigos de nutria. Yo las adoraba, las quería muchísimo. Guardaba pañolitos perfumados, mechones de cabello, y lloraba, enamorado, cuando acudía a despedirlas.

Viajaban siempre con una agencia, de nombre un tanto particular, que las conducía de un lugar a otro de Europa como predestinadas: la agencia Polvani. Ellas venían avisadas de lo que podía suceder, de los peligros que corrían, del cuidado necesario para guardar su dinero, sus pertenencias y su virtud, pues sus padres no ignoraban que, en aquel viaje de fogueo por Europa, algún zángano se sentiría atraído por tanta miel. ¿Preferían ellos una iniciación romántica, en Venecia o en Sevilla, para sus hijas? Resulta arriesgado afirmarlo, como también lo es que previeran el encanto de los fados o el desconcierto que les produciría a sus retoños un tipo tan singular como Lucino, nuestro bandoneón, hijo de exiliado español y de mulata del Caribe, porteño de nacimiento y reciclado en Sevilla, que las hacía llorar de nostalgia al desplegar su instrumento y luego les daba unos besos sonoros con sus labios trompeteros, heredados de su madre, que yo escuchaba al otro lado de la pared, en mi cuarto, como si en vez de besar pebetas estuviera descorchando botellas de champán.

Apenas cierro los ojos, veo al adolescente que fui, que todavía soy, sin que importen los años transcurridos, en compañía de mujeres tetudas y altísimas, aquéllas que Los Trovadores me reservaban, siempre fogosas, con el cariño a flor de piel y agitadas por el deseo. Muchas de ellas, pese a sus dimensiones, o quizá debido a éstas, eran inexpertas en los asuntos de amor o no recordaban bien haber tenido novio o algo que se le pareciese, y a la menor exploración de mis manos, ya un tanto pervertidas por mis encuentros con Amanda, estallaban en temblores y deslizaban infinitas dulzuras en mis oídos, que su acento mágico convertía en armas infalibles de seducción. Porque, en el fondo, yo acababa preguntándome quién era el seductor y quién el seducido, y no sabía responder, hasta que las veía marcharse en el autobús de Polvani, y entonces me daba cuenta de que eran ellas las conquistadoras de Europa, que habían llegado del otro continente con sus armaduras de piel de nutria, y levaban anclas en sus naves igual que los Pinzones en sus carabelas. Yo era la Malinche y Madame Butterfly, y me sorprendía a mí mismo con la guitarra en la mano como si portara un  instrumento oriental y mis vestiduras de Trovador se hubieran transformado en un quimono de geisha.

EL REGRESO DE ORFEO (2006)

En una tarde desabrida de otoño, que se atrevió a imaginar morada y ocre y salpicada de paraguas en las calles, León Maruján reparó por primera vez en que su oído, su olfato y hasta su piel le hacían percibir de distinto modo muchas de las sensaciones que antes le proporcionaba la mirada. El laboratorio que llevaba dentro le daba cuenta de la humedad, de la lluvia reciente, de ruidos ciudadanos que en otras circunstancias no habría atendido, de los árboles plantados en las aceras y hasta de la delicadeza de un perfume difundido desde una terraza próxima a la de su apartamento. En la boca le quedó una sequedad especial, un sabor metálico. Así, de las compensaciones de su organismo, sin necesidad de recurrir a posteriores dictámenes médicos, obtuvo la prueba definitiva de su ceguera. No recobraría la vista más allá de la débil percepción de la luz diurna y de la iluminación artificial muy intensa alcanzada durante la fase de recuperación de las graves secuelas de un accidente de automóvil, del que no conservaba ni el más mínimo recuerdo.

La ligera esperanza que mantenía sin fundamento científico alguno se desvaneció y una película que resumía su pasado comenzó a ser proyectada a gran velocidad en su mente, como si ésta fuera una de esas salas pequeñas y solitarias de filmoteca y él desempeñase el papel de único espectador, asaltado por la angustia de conocer que no recibiría cintas de unos nuevos espacios carentes de perfiles y contornos. Se hallaba en otra dimensión, y los datos suministrados por su entorno los interpretaba ya como lo haría un ciego.

Su apartamento no sería en adelante un lugar íntimo. Los cuadros se transformarían en recuerdos, los libros en objetos con lomo de piel, y él mismo en un fantasma que no se vería reflejado en los espejos. Tendría miedo de quemarse al encender la chimenea, de perderse sin apenas salir del portal de su casa, de hundirse en una simple zanja urbana. Pero por encima de los infiernos dibujados en el horizonte, se imponía el presentimiento de que había aterrizado en un universo paralelo, donde la piedad sólo era una de las cartas de la baraja.

Los días siguientes fueron quizá los peores, por la agudeza que acompaña a la depresión. León analizó cómo lo arropaban sus amigos. El tono de voz que pretendían dar siempre a la conversación no lograba disimular ciertas inflexiones, registradas por él. No era tan imbécil como para ignorar que sólo se trata así a quien es diferente: alguien al que nadie puede envidiar por elevado que sea el montante de su fortuna; alguien frente al cual uno se reconcilia con su  mediocridad y sus pequeñas miserias. Consciente de lo que estaba ocurriendo, decidió desprenderse de cuanto no le pertenecía antes de que el tiempo y las circunstancias dispusieran un nuevo orden a su alrededor.

DE CAMUS A KIOTO (2010)

Viajes a tientas, como los que por campos, bosques y montañas efectuaban los pintores vagabundos japoneses o un poeta como Bashō, empeñado en dejar flotando el vacío en un haiku. Porque algunas veces es el silencio el que nos acerca al borde de la vida y otras las que la vida conduce a un silencio al borde de la palabra, de la invocación del lector que busca en el libro-mundo, un capítulo como el que se abrió para mí al fi n de la década de los setenta del pasado siglo, en Pashu-Patinah, en el Nepal, en un puente sobre el Bagmati. Aguas abajo del puente, hindúes y budistas –una orilla para cada creencia-, quemaban los cadáveres a fi n de arrojar luego las cenizas al cauce para eludir la reencarnación, otro nacimiento, y sumarse así a la totalidad o alcanzar el nirvana, que es a un tiempo la nada y la plétora. Pero al mirar en dirección opuesta, aguas arriba del puente, otro río, aun siendo el mismo, apareció: el río de la vida, un río de aguas agitadas, que descendía y desciende del hielo y la nieve de unas montañas, símbolo del falo divino. El agua como semen sagrado de los dioses que fecunda la tierra llevaba en su seno la vida de unos niños nadadores, habilidosos en el braceo en medio del gran caudal. Vida dentro de la vida nadando sin esfuerzo entre risas alegres, mientras las aguas lamían las orillas. Vida continuamente renovada a un lado del puente, un puente que nunca los niños nadadores sobrepasaban, pues, tras saltar a las orillas, corrían por ellas para volver a zambullirse y volver a descender hasta el límite: el nexo entre la vida y la muerte. Inmóvil, con los pies plantados sobre el puente, supe que todo se reducía a una mirada entre el latido del corazón infantil aguas arriba y las llamas purificadoras aguas abajo. El agua y la vida; el agua y la ceniza; el agua, el abismo y la pregunta que aún flota en el Bagmati, tal cual Camus la formuló, como la única que el hombre puede hacerse. La única que invita a mirar y a reconocerlo todo, como Cernuda, en el espejo que llevamos dentro.

DULCES TORMENTOS (2011)

EL VIGILANTE DE LAS FLORES
(relato)

La estancia continua del hombrecillo en el parque, a quien todos los jardineros comenzaron a llamar el Vigilante de las Flores por la atención que prestaba a éstas y las notas que seguía tomando de cuanto parecía afectarlas, pasó en no mucho tiempo de visita estrafalaria a presencia molesta cuando observaron que el anciano empezó a servirse de un pequeño regador plegable. Para operar, solía llenarlo de agua, a la que añadía unas gotas de un bote que guardaba en su sahariana verdosa, y regaba las zonas secas o peor cuidadas -desde setos leñosos hasta arbustos enfermos-, que enseguida reaccionaban como si hubiesen recibido una lluvia mágica. Tal conducta hirió el sentimiento profesional de la mayor parte de los empleados del recinto, que incluso llegaron a llamarle la atención, a conminarle para que dejara de inmiscuirse en sus labores. El anciano inclinaba la cabeza como si aceptara la reprimenda, pero al cabo volvía a las andadas con más empeño si cabe. Los jardineros se alarmaron ya el día que lo vieron ascender, con increíble agilidad para su edad, por el tronco de un gran árbol, como si sus pies estuvieran calzados con una rara especie de uñas de gato de escalador y sus manos poseyesen ventosas. A partir de entonces desarrolló sus labores de los troncos a las copas tal cual las efectuaba antes en sus paseos por el albero. El regador plegable siguió funcionando para que brotaran como por ensalmo nuevas ramas y el bolígrafo luminoso con el que tomaba notas en la libreta fue en ocasiones el único modo de localizarlo en las tardes oscuras de invierno. Porque sin consultar a nadie, el anciano fi jó su residencia en el parque y no volvió a salir de allí; lo que supuso ya una clara infracción de las ordenanzas, que obligaban tanto a extraños como a empleados a abandonar el parque a la caída de la tarde y a que las cancelas fueran cerradas para evitar la presencia de
moradores nocturnos, los cuales, en los jardines abiertos, suelen cometer tropelías diversas.

Los jardineros y guardas, por más que se esmeraron en evacuar el recinto, fracasaron ante la rebeldía del anciano y su habilidad para camuflarse en las alturas. A veces creían haber logrado su propósito, pero en cuanto cerraban las cancelas, el bolígrafo luminoso volvía a encenderse y el hombrecillo recorría el interior del recinto como Pedro por su casa. Tras consultar a sus representantes sindicales, los referidos empleados decidieron cursar un escrito al  departamento de Ayuda Ciudadana y Bienestar.

Esta reclamación y el celo que puso en ella una asistenta social supuso el inicio de un calvario para el anciano, que ya se había aposentado en el espléndido parque y alternaba los alimentos vegetales, raíces, frutos o tiernos brotes con la participación en las meriendas de las niñeras y los niños, a los que, con frecuencia, regalaba algún pequeño ramo, coronas de flores o flexibles varitas, que éstos cimbreaban en el aire como si se tratara de una fusta o del látigo de un coche  de caballos.

EL TERCER MILENIO

El hombre libre y tolerante del tercer milenio necesita ser, si el humanismo perdura, ilustrado como ciudadano y romántico como individuo. El uno se sirve de la razón para desenvolverse en la esfera pública, mientras el otro no sólo se gobierna por aquélla en su vida privada, sino que le suma instinto, sueño, mito, sensualidad y sentimiento como vehículos relevantes que incluso se imponen a la razón. A lo largo del tiempo, el poder ha atentado contra los principios de libertad, igualdad y fraternidad y contra los más elementales derechos a la privacidad. La historia del mundo es un constante asalto por parte del poder, disfrazado de reyes, nobles, gobernantes o ministros de las religiones, contra los principios más elementales.

Pero el poder, ejercido con descaro en otro tiempo, ha llegado a adoptar en el nuestro incluso el papel de liberador para perpetuarse en su totalitarismo con tácticas diferentes: invadiendo la esfera pública el ámbito privado, como ocurrió en los regímenes comunistas, o, a la inversa, instalando el sueño, el mito, el irracionalismo en suma, como norma para la vida pública, tal como ocurrió en la Alemania del nazismo. La única salida a semejante panorama no es otra que la estricta separación de lo público de lo privado. A esa estricta separación el hombre debe responder como ciudadano, cuando se trate de respetar los principios de libertad, igualdad y fraternidad que han de presidir toda democracia, y como individuo cuando se desenvuelva en el ámbito de su privacidad, de sus sueños o de su creación, donde el largo brazo del poder debe mantenerse al margen y en continua vigilancia de su propio ámbito, en el que, so pretexto de fomentar o proteger lo privado, pueden cometerse las mayores parcialidades e injusticias.

En consecuencia, es imprescindible que junto a la política social, que dignifi ca la vida del ciudadano, se abra con claridad un ámbito de libertad para el individuo, que no debe ser interferido por la continua intromisión de quienes detentaron el poder en otro tiempo sobre ciudadanos e individuos sin distinción y aún persiguen seguir ejerciéndolo deformándoles la conciencia en beneficio propio, justo en el delicado período de su formación, para embridarlos de por vida. Es imprescindible por ello que el hombre conozca, sin ocultaciones, el inmenso sacrificio que ha supuesto su proceso de liberación y los muros que han tenido que derribar la Ciencia y la Historia para dejar al descubierto lo que eran y son puras leyendas, sobre las cuales aún se aposentan quienes no se resignan a abandonar los viejos yugos, con los que pretenden seguir pastoreando como ovejas a hombres libres. Porque no basta con ser libre: hay que sentirse libre y no estar sujeto para poder dar el paso siguiente y comprender que, además de ganar nuestra vida material, es necesario ganar nuestra vida íntima y no pedir que nos la construya un tercero, el cual la levantará no a medida de nuestras necesidades sino como un módulo para mayorías, de las que va a constituirse en imprescindible administrador, jugando, sin ninguna clase de escrúpulo, a su favor con nuestras incertidumbres, que sólo el estudio, el comportamiento ético
y la reflexión despejarán.

La sociedad civil, asentada sobre un mestizaje fraternal, y la cultura deben primar sobre un cúmulo de leyendas y supersticiones que se elevan y se elevarán. Tales leyendas y supersticiones han de quedar reducidas al ámbito de lo privado y de lo simbólico para que no atenten contra los más legítimos derechos ni manipulen en su beneficio al hombre. Un hombre que sólo lo será en plenitud si se desarrolla en libertad como ciudadano ilustrado e individuo romántico.

(de la obra Librepensamiento II, recogida en Ensayos, 2011)

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