Antonio Jiménez Millán: Selección de poemas

Selección de poemas
De Antonio Jiménez Millán
Publicada en la Revista ETC nº 13

VIOLÍN

Parece que el tiempo se hubiera detenido en esas manos. También la música, velada como la luz de la tarde que entra por el ventanal. Muchos años después la seguirá teniendo en su interior, le llevará a los días de la infancia rescatada de un mar de olvido. Esas manos ajustan la precisión de los instrumentos, permanecen en la memoria igual que el sonido tenue de un violín, afirman la lentitud paciente del aprendizaje que ignora las prisas del exterior. Se cruzan las miradas y van creando un orden inasible, una correspondencia necesaria.

DOCE DE SEPTIEMBRE

I

Ayer cumplí sesenta años.
La muerte ronda inevitablemente
en la pantalla del televisor,
nos va dejando imágenes de cercos y alambradas,
unas manchas de sangre en el desierto,
la rosa que aparece entre las ruinas,
el veneno escondido en esos labios
que vuelven a mentir.
La misma voz de siempre me susurra al oído:
lo que acabas de ver está muy lejos,
no te roza la piel ni se instala en tu cuarto.
Olvídalo,
igual que se abandona un lastre inútil
o se rompe una fotografía
que trae malos recuerdos.
Pero el miedo se impone
más allá de la rabia o la impotencia,
y sientes que la vida se repliega
y tiene más pasado que futuro.
Ayer cumplí sesenta años.
Hace ya tanto tiempo que me ronda la muerte,
como una vieja enamorada y sola.

 

II

Me asignan un examen de septiembre
en un aula remota que aún no conocía.
Extraña intimidad la de esta sala,
sus paredes cubiertas con vitrinas
llenas de material de excavaciones.
Voy leyendo los rótulos: raspadores, astillas,
bordes de vasos carenados,
buriles y cuchillos con dorso natural,
dientes de hoz. Extraña precisión
la de un mundo perdido,
a solas,
fragmentario.
Así nos sobreviven los objetos,
como si fueran restos arqueológicos.
Y pienso en la memoria, en las palabras.
Sé que tiene sentido ese lenguaje
que rastrea en lo oscuro otra forma de vida
y no es sólo un antiguo amuleto de sombras
para esquivar el tiempo, su celada invisible.

 

TREINTA AÑOS DESPUÉS

(Jaime Gil de Biedma)

Mantener la distancia es un aprendizaje
que cuesta muchos años y algunas decepciones.
Lo insinuaba él con su voz grave,
hablando de Galdós, de Eliot, de Oscar Wilde,
o del viejo poema provenzal
que le sirvió para escribir su Albada.
Había que aprender también de los silencios
y de las reticencias, sobre todo.
Nos dejó la leyenda
de aquel sótano oscuro en calle Muntaner
y las conversaciones entre el alcohol y el humo,
pero las copas de la madrugada
no eran para él una forma de olvido,
sino un refugio astuto
para no soportar majaderías.
Mantener la distancia es un aprendizaje.
Lejos de la efusión sentimental
de los más jóvenes, no me queda nostalgia
de la promiscuidad.
Tampoco me seducen como antes
las noches de aventura en sórdidos hoteles
ni los amaneceres en la playa,
los amores difíciles que ya son imposibles.
Aunque el deseo, a veces, despliega sus fantasmas.
Ahora todo está mucho más claro:
en la vida y en la literatura
hay que saber guardar distancias,
no creerse los fuegos de artificio.

(Inéditos en libro)

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