Antonio Abad. El orfebre y las movedizas palabras

Antonio Abad. El orfebre y las movedizas palabras
VICENTE MOGA

I.- POLE position
En el alifato literario que corona la última balda de mi biblioteca, está un tal Antonio, apellidado, Abad, hijo de Melilla, poeta, novelista, editor, crítico de arte, ateneísta (recientemente ha sido nombrado director de Ateneo del Nuevo Siglo. Revista de Pensamiento y Debate, las Artes, las Letras y la Ciencia), ensayista, comisario de exposiciones, artista; todo lo anterior como pórtico-resumen –si es que esa condición tan poco canónica, admite ser resumida– y como síntesis de la desbordante creatividad de este escriba melillense que la abadía norteafricana ha aportado al portulano mediterráneo de la cultura.

Como editor ha fundado en Málaga Ediciones Seyer y ha colaborado asiduamente con Melilla en dos campos principales, la Colección Rusadir de poesía y el Servicio de Publicaciones de la Ciudad Autónoma de Melilla (SPMEL), que yo dirijo desde 1986. Así que, por la parte que me concierne, sostengo que Antonio Abad ha sido en este terreno un orfebre delicado y un colaborador generoso copartícipe de muchas de las mejores ediciones realizadas en las últimas tres décadas por el SPMEL. De entre las aneas de este juncal letrado, destaco dos obras que señalan su íntima vinculación con el poeta Miguel Fernández —la reedición facsímil de las revistas Manantial (1949-1951)-Alcándara (1952) (1997) y Miguel Fernández. Obra completa (1997)—, junto con otros códices tocados por halos fenicios y marineros, caso de Melilla mágica (2003, 4ª ed.), Las joyas del Rif, de Claudio Barrio (2002), Historia de Melilla (2005), etc.

Desde mi lego punto de vista, si tuviera que definir a Antonio Abad, diría que es un poeta que hace otras cosas, entre ellas escribir novelas. Un poeta cuyo destino lo fijaron hace más de medio siglo los dioses cuando decidieron que Antonio debía vivir en la diana de los versos, como el arquero de la luna, y le otorgaron como territorio de experiencias el siempre desconcertante mundo magrebí.

Antonio Abad queda incardinado entre los poetas españoles posteriores a 1975 («pre-constitucionalistas», digo yo en sorna), nacidos entre dos generaciones —las brotadas entre los años cuarenta y sesenta del pasado siglo— caracterizadas por cultivar de forma intensiva una poesía recorrida «por una firme vocación de desprendimiento de todo aquello que puede entorpecer la comunicación y por el despojamiento de lo que imposibilite acercarse al núcleo esencial de lo que hay, existe, es o nos parece que es. Todos han puesto un extremo celo en el uso de la palabra que se quiere esencial y tensa, depurada y concisa, en la estela de los presupuestos de la “poesía pura”» (Diccionario de literatura española e hispanoamericana, dirigido por Ricardo Gullón, Madrid, Alianza Editorial, 1993, vol. 2, p. 1.300).

En esta generación se encuentran, entre otros muchos, los tangerinos Ramón Buenaventura (1940) y Eduardo Haro Ibars (1948 – Madrid, 1989); los andaluces Francisco Bejarano (Jerez, 1945), Juan Cobos Wilkins (Ríotinto, Huelva, 1957), Salvador López Becerra (Málaga, 1957), Luis García Montero (Granada, 1958), y Felipe Benítez Reyes (Cádiz, 1960); el leonés Julio Llamazares (Vegamián, 1955); la gallega Blanca Andreu (La Coruña, 1959); la madrileña Almudena Guzmán (1964), el isleño Miguel Ángel Velasco (Palma de Mallorca, 1963), una nómina que recoge a varios de los ganadores del Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla.

Antonio Abad lleva, que yo sepa, una intensa trayectoria de casi cuatro décadas de ediciones literarias, sobre todo poéticas, pero también de otros géneros: novelas, ensayos, e inclusos relatos infantiles. Entre sus obras, colocadas cronológicamente como un bodegón heterodoxo, se encuentran:

El ovillo de Ariadna, Granada, 1978

Misericor de mí, Melilla, 1980

Mester de lujuria, Málaga, 1980.

Lejanos mares de Xilón [Noray], Málaga, 1982.

Invención del paisaje, Granada, 1983.

Elena Laverón o el vuelo de las formas, Granada, 1984.

El arco de la luna, Melilla, 1987 (Premio internacional de Poesía Ciudad de Melilla, 1986).

Lo árabe en la obra de Pablo Picasso, Málaga, 1990.

Melilla mágica, Málaga, 1992 (5 ediciones, la última: Melilla, 2003).

El maravilloso viaje de Angi, con ilustraciones de M.ª Carmen Corcelles, Málaga, 1992

Los sonidos del alma, con ilustraciones de José Antonio Diazdel, Málaga, 1992.

Aproximación a la obra de Diazdel, Marbella, 1994.

Eduardo Morillas. El lenguaje de la luz, Melilla, 1997.

Quebdani. El cerco de la estirpe, Barcelona-Melilla, 1997 (Quebdani. Chronique d’une vengean            ce, trad. de Ramón Romero Naval, París, 2007).

La mudanza, Barcelona, 1997.

Perspectivas para una Melilla innombrada (incluye la novela La mudanza y 40 collages de Ste      fan von Reiswitz, editados por separados en 2 vols.), Melilla, 1997.

Armando Sendín, La génesis del instante, Málaga 2002.

Suso de Marcos, De lo humano y lo divino, Málaga, 2007.

Cuando la noche cambia el color de las cosas, Granada, 2009.

II.- LA PIEL sin fronteras: novelar los estratos del tiempo.

En esta somera recensión de la obra producida sobre el papel por Antonio Abad, reseño brevemente, como proemio de la presentación de su última novela Lucía, las anteriores entregas literarias firmadas por el cálamo del escritor melillense, aunque pulsando únicamente sobre el qwerty las coordenadas realistas de la prosa de ficción.

1.- QUEBDANI, el territorio sin balizas [1997]

En 1995 el SPMEL publicó el ensayo de la argentina Gladys Rosemberg, Alas de tigre, dientes de paloma. La articulación de la mitología griega y la tradición arábigo andaluza en tres obras poéticas de Antonio Abad. En él se preludia la novela Quebdani, nacida dos años más tarde como una conjura del poema del mismo nombre: «La primera turgencia de cinabrio, / la roja luna, el brío roto, / aquel lugar incierto de los templos / caídos, la augusta frente / alzada en la desolación de algún vergel, / los limpios cauces. / Quebdani como un sol lleno de estatuas…» (149)

En el Quebdani del siglo XXI no miran de frente los moais. El viajero se siente desolado ante la visión de un espacio aletargado por el impacto del urbanismo silvestre levantado con las remesas de las migraciones europeas en la que pastan sus habitantes, antaño campesinos y pastores de un Rif incógnito. No obstante, si arañamos los estratos de Quebdani, quizás podamos hallar bajo la piel de melocotón de algún patio sembrado de higueras, el Quebdani de otro siglo, el territorio concéntrico del que pudo salir el verso de Al-Mutamid, «La largueza es más dulce / para mi corazón que la victoria». Esta aleya tan epicúrea es la que abre la caja de los truenos coloniales en el frontispicio de Quebdani. El cerco de la estirpe. Cuando la tengo en las manos pienso que este delgado paralelepípedo de papel es una novela imprescindible en el corpus literario de lo que recientemente se ha llamado la «historia trascendida».

Quebdani es un relato alineado con la línea heterodoxa de novelas malditas como Kábila, de Fernando González (Madrid, 1980), más en cuanto a contenido que en lo formal para el canon literario al uso. Su historia se hilvana a través de una intensa confesión, realizada sin balbuceos —en primera persona y de forma retrospectiva— por un rifeño que, con doce años, es dejado por su madre en un molino cercano al poblado de Quebdani, «para aprender las costumbres de los europeos».

Se trata de un relato sustentado por la tensión desigual entre colonizadores y colonizados, ambos inmersos —como en el ensayo de Albert Memmi que retrata la sociedad colonial en 1957, un año después de producirse la independencia de Marruecos— en una historia de alta tensión, resuelta con eficacia narrativa por el autor. Quebdani es una de las pocas ocasiones dadas a los rifeños para que cuenten con su propia voz —aunque impostada a través de la transcripción simultánea que, desde la empatía rifeña, hace el autor— una fábula fatalista y aciaga, recorrida por los malos augurios de los graznidos de las grajillas, tan omnipresentes a lo largo de toda la narración como los estallidos de violencia.

Evocando la tarjeta de visita del Ismael de Moby Dick (Melville, 1851), Abad deshila el ovillo de Quebdani con la frase «Mi madre se llamaba Soulami», que es la punta de lanza de un relato sostenido en torno a un alambicado triángulo de tres personajes enlazados en torno al molino de Quebdani: el colono Tomás Dávila, dueño absoluto del molino y de sus habitantes; el «hijo de Soulami», un miembro de la cabila de Beni Urriaguel —la misma en la que nació Abdelkrim— dejado por su madre en el molino para vengar una afrenta; y Manol, uno de los hijos de Dávila, islamizado como Hassán y, por tal razón, expulsado del núcleo familiar, que es el recipiendario invisible de la narración que desgrana el rifeño.

2.- UNA MUDANZA lunática en la ciudad híbrida [1997]

Tomo prestado para in(definir) a Melilla este fragmento de un verso antológico del berlinés Michael Hamburger, que habla de una tierra que, como Melilla, hace treinta segundos, treinta años, trescientos años, «Es la misma tierra / con abridores de latas de cerveza tirados / a centímetros de puntas de flecha, / sílex, y fósiles apenas ocultos» (La vida y el arte, Barcelona, 2013, 53).

Es la misma tierra que ciega a los personajes de La Mudanza, la segunda novela publicada de Antonio Abad. Las serpientes mudan la piel y dejan atrás la vieja como un reclamo tatuado, pero en esta novela la mudanza es de oprobio y vergüenza, por ello es llevada a cabo por la noche para ocultar la miseria. Un viejo carromato transporta los enseres de una pobre familia desde el monte María Cristina al Real, dos barrios melillenses, al haber encontrado el padre del narrador—el estibador, entre otros oficios, Pedro Camañas Mercader, casado con la «freganchina» Francisca Ramírez Galán— trabajo en la todopoderosa y cicatera Compañía Española de Minas del Rif, la CEMR, a la que de niño llamábamos en Uixan, donde estaba su principal cantera de hierro, Compañía Estafadora Miserable y Roñosa.

Novela sin referente anterior en Melilla, fue editada en el annus mirabilis de 1997, conmemorativo del Quinto Centenario de la arribada de un grupo de castellanos a las orillas de la vieja Malilia. A veces pienso sobre la estética de la grafía árabe de Malilla y me parece que, escrita con los caracteres del alifato, esta palabra fronteriza semeja una galera incapaz de ciar.

De lo mucho que aporta esta road-movie melillense señalo al por menor: las figurillas de porcelana del Palacio Oriental; la cuchara de azúcar con petróleo para el resfriado; el mismo petróleo usado para combatir los chinches; los datos históricos de una ciudad que vivía «al ritmo militar» (por la que pasan personajes como El Roghi o Abdelkrim); el nacimiento de sus barrios; su transformación de presidio a ciudad; el dibujo de la pobreza, con casas donde como único vestigio artístico colgaba en las desnudas paredes un calendario de Casa Parres; los dibujos de personajes como el Mohamed o Fuensanta la espiritista, etc. También señalo esos capítulos en los que Antonio Abad aborda cuestiones hoy objeto de la batalla ecológica, como el vertedero de basuras, al que «la ciudad arrojaba los restos de su abundancia, la comida que le sobraba, los muebles que no quería, las ropas viejas…, los juguetes rotos de los niños…» y donde una vez, el protagonista tuvo la suerte de encontrar un libro que, además estaba casi nuevo (105).

A veces pienso que una ciudad se define por el lugar que eligen los suicidas para cambiar de dimensión. En su novela, Antonio rescata ese estrato totémico de Melilla que conocemos por los Cortados, adonde se dirigían aquellos «a los que no le iban bien las cosas o por algún motivo se le cruzaban los cables…» (107). Quizás en las ciudades debería señalizarse en un cartel bien rotulado estas plazas universales de los suicidios.

La mudanza fue también una novela que tuvo un tratamiento editorial especial, pues fue incluida en 1997 por el SPMEL en una obra de gran formato, editada en dos volúmenes, con el título Perspectivas para una Melilla innombrada, e ilustrada con un abanico de espléndidos collages del artista Stefan von Reiswitz.

3.- AMORES y desencuentros [2009]

Cuando la noche cambia el color de las cosas (Granada, Port-Royal, 2009), es la tercera novela de Antonio Abad, y la que rompe el ciclo norteafricano, para instalarse en la otra orilla, en su residencial Málaga. Es, como su autor la definió, «una historia de amores y desencuentros». Una novela presentada por Abad en Melilla, lo que aprovechó para homenajear a la profesora María Gracia Díaz Gil que infundió en el poeta la vocación de escritor.

Desde mi apreciación, esta novela, con trasfondo del mundillo artístico, críticos, amantes y bienales, enlaza muy bien con la que hoy se presenta. Pienso que tiene el mismo tono y que no le faltan los toques de humor, tan aireadores, como cuando el narrador cuenta las dificultades que tiene para escribir un artículo sobre «¿El color o el concepto?», que quiere arrancar con la cita de Wittgenstein: «El artista se ha parado como una mula enfrente de una puerta pintada» (189) y, en cambio, el automatismo de la vida le lleva a escribir la rutinaria lista de la compra diaria.

Por cierto, la reseña periodística de la presentación que publicó el diario local Melilla Hoy el 29 de abril de 2009 recogía que «una de sus obras “Danni” [por Quebdani], ya ha sido traducida al francés y aún hoy en día se vende muchísimo».

4.- EL RETORNO al dibujo del tiempo poético [2013]

El cuarto cerrado (Málaga, Manca editorial, 2013) es el retorno cíclico al caudal de la poesía siempre latente, como una prenda imprescindible, en el almario del artista. Yo recibí el libro el año pasado por estas fechas prenavideñas y transcribo aquí su personal dedicatoria porque me parece significativa: «No sé porqué tuve el cuarto de la poesía cerrado tanto tiempo. Un día cogí una llave y lo abrí para que puedas mirar todo lo que había». Y lo que había era el silencio en espiral –como las volutas de un fumador solitario– de la palabra que, en sentencia abadiana, se clona en «esa zorra y astuta ladrona / de todo lo que he sido / o no he sido» (18)

5.- LA MEMORIA mentirosa [2014]

Lucía o la inasible sustancia del tiempo (Málaga, El Toro Celeste, 2014) es la cuarta, y última, novela publicada de Antonio Abad, el motivo de que esté aquí hoy, en esta tarde tan lluviosa y desapacible, su autor. Aunque este afirma al principio de la novela, que «A la memoria le gusta mentir» (16), también es cierto que en sus textos hay una constante presencia de la huella del pasado. En el poso de sus novelas siempre persiste una referencia clara a una realidad vivida y vívida, sin la cual Antonio Abad no sabría escribir. En este caso, la llamada de un número desconocido de móvil, que con un sobresalto abre las páginas de Lucía, sucedió realmente, pero hecha a contracorriente del relato: es decir, no fue de un hombre a una mujer sino al contrario. Y el hombre era el autor.

La novela empieza significativamente con una cita del escritor húngaro Sándor Márai, tomada de su novela de La mujer justa, a la que pienso que Abad debe quizás una parte de su inspiración. Sin embargo, Lucía, una mujer con nombre de lluvia como casi todas las escrituradas por Antonio Abad, es un monólogo, un arias con voz de mujer —Lucia Sarmientos, «natural de Melilla, 63 años»—, al contrario que la trilogía oral que conforma el discurso de Márai. Este, como Antonio Abad, inició su carrera literaria como poeta y, como en el relato de Márai, ese impulso late en Lucía, navegando desarbolado por ondas intimistas, a veces a la deriva en mares contradictorios, dibujando personajes desgarrados por los amores no vividos, por los ecos de una soledad futura, por el desaliento de la rutina, por el recuerdo de lo irrecuperable.

Resulta curioso que, si no me equivoco, esta es la primera vez en que Antonio elige a una mujer como conductora de una historia que es la suya. La narradora evoca lo que ha experimentado desde el pasado reciente, una vez que las aguas pasionales y los encuentros viscerales forman ya parte de la memoria. En sus cuitas están los posos del deseo, el sexo —sugerentemente tratado en varias páginas de la novela—, la soledad, la amistad, la lealtad, los desencuentros que vampirizan el mundo, y las miríadas de pulsaciones que vuelven imposible el conocimiento del genoma anímico.

Es una historia hermosa que podría tener su disparador emocional en lo que escribe Stefan Zweig en el inicio de su relato 24 horas en la vida de una mujer: «La mayoría de los hombres tiene escasa imaginación. Todo lo que no los afecta de inmediato y directamente, no hiere sus sentidos, cual dura y afilada cuña, casi no logra excitarlos; mas si un día ante sus ojos acontece algo insignificante, inmediatamente estallan apasionados. Entonces la apatía se convierte en frenética vehemencia».

La estructura de la novela de Antonio Abad se compartimenta en cien capítulos cortos, que llamo «suras», tan abiertos y cristalinos que dejan respirar al lector y le dan a la lectura una sensación de ligereza textual. Texto-chimenea y, a la vez, texto-faro, que caldean e iluminan la historia de una mujer atrapada en la tela de araña del tiempo, tan inasible como la condición femenina.

La novela perfila el análisis de unos personajes cotidianos, de la feminidad crepuscular, de la mansedumbre varonil —hasta cierto punto reprimida—, del juego especular del deseo recíproco y culpable, siempre con el fondo del sempiterno triple pivote del triángulo amoroso y sus inextricables diagonales. Hay también un tupido análisis de los actores –sobre todo de la primera actriz, sabedora de que es, a la vez, ella y la otra (su quimera) que lleva dentro– con el telón social siempre omnipresente: el coro de la moralidad como la espada de Damocles en una ciudad provinciana con vocación redentora.

La actriz principal es Lucía que, con cuarenta y dos años de retraso, recibe una llamada de Martín, un antiguo amor que viene a Melilla a impartir una conferencia. Quizás sea esta una de las primeras referencias novelescas a este viejo edificio neogótico en el que estamos, que fue levantado como colegio de monjas (Antonio Abad hace referencia a una monja del Buen Consejo, Sor Angustias) y hoy es la sede de la UNED. El libro que presenta nos lleva a la metanovela, la novela dentro de la novela, pues el texto de Martín es el de Antonio Abad. Por eso, cuando Lucía asiste a la presentación del libro se da cuenta de que Martín cuenta la historia de su vida. Además, Martín prepara otra novela, que también tiene que ver con Melilla, «mejor dicho con el espacio que rodea Melilla, pero sobre todo con “el otro”» (153). Se titula El renegado y es la excusa de Martín para volver a la ciudad e ilustrar su historia con la inmersión en los paisajes marroquíes.

Los otros personajes componen un retablo variopinto, prácticamente circunscrito al anillo familiar:

* Beltrán, el marido —¿indolente, paciente, fatalista, confiado?— al que Lucía definió, cuando lo conoció en un hospital de Granada, como parecido a «un bulto sentado en un sillón».

* Martín Romerales, el amante «solterón», con el que Lucía se abre a la prim(av)era infidelidad en la habitación 407 del Parador, «donde pasó lo que tenía que pasar».

* Los dos hijos de Lucía y Beltrán: Gertrudis, casada con Julio —ginecólogo militar en el Docker—, con sus dos niños , el «pequeño Beltrán» y Teresita; y Rogelio que sale con Jadiya. Los padres de esta joven abogada melillense, de origen rifeño, viven en la población fronteriza de Beni Enzar, lo que sirve de excusa a Abad para contar los engorrosos trámites de cruzar la raya hispano-marroquí, señalar la dificultad de saltar por encima de las vallas mentales, culturales y religiosas, y, sobre todo, plantear la presencia del «otro» en Melilla. Hoy, observada desde fuera, esta presencia se vuelve más inquietante. Un reciente informe avalado por el Ministerio de Defensa español señala los serios problemas que sufre la ciudad y advierte de su insostenibilidad «demográfica, económica e identitaria a medio plazo» (Informe Elcano 18, «España mirando al Sur: del Mediterráneo al Sahel», coordinado por Félix Arteaga. Real Instituto Elcano, 2014).

* Amelia, la amiga de Lucia, casada con Javier —militante de APROME—, ambos funcionarios municipales, que está enamorada platónicamente de Hamidu, comerciante de telas del Polígono.

Los anteriores comparten las vicisitudes del relato con un grupo de personajes secundarios, que aparecen a modo de cameo, que pespuntean la novela de viejas emociones para un lector generacionalmente cercano a Antonio Abad, como yo. Es el caso de Miguel Delgado, el «chicharito», el profesor de dibujo de mi instituto —el Instituto de Enseñanza Media Hispano-Marroquí de Melilla (hoy IES Leopoldo Queipo)—, que hablaba como si escupiera. El asma le hacía crecer la lengua, dejándole al abrir la boca un exiguo canalillo por el que balbucía sus lecciones. Un día hicimos algo que no recuerdo. Debimos romper algún objeto porque multó a la clase con una cantidad de dinero que debíamos entregarle en una semana. Le dimos el dinero pero, como venganza, se lo entregamos fraccionado en las menores monedas posibles. La ira del «chicharito», inenarrable, lo convirtió durante cinco minutos eternos en un sanguíneo camaleón, con los ojos salidos y la lengua más tumefacta y llameante que nunca. Cuando abandonó el aula, el suelo estaba alfombrado de pequeñas monedas de cobre.

Mas allá del reparto de carne y hueso de la novela, la ciudad de Melilla aparece en ella con la doble faceta de personaje y escenografía. Ambas tonalidades deparan el retrato de esta ciudad imposible de asir como el escenario de un mundo lleno de geografías alteradas o desaparecidas: la librería Boix, los trenes de la CEMR, la confitería Los Alpes…; las alusiones al terrorismo en Melilla en 1975 (con la bomba en los depósitos de la Shell) (139); al 11M; etc. Páginas de un atlas anegado por la acción del tiempo, como el tsunami del 2014 que, con el fin de este año, acaba con comercios y empresas melillenses de toda la vida: Garnica, Foto Imperio, la Cooperativa Gráfica Melillense… Desde el 1 de enero de 2015 éstos, y otros establecimientos más, ya sólo abrirán su puertas en el territorio literario o histórico, quizás como paradigmas de las seculares incertidumbres que pesan de continuo sobre una ciudad en constante mutación.

Afortunadamente, también hay sitios que permanecen, como el restaurante La Pérgola, adosado a lo que fue la dársena pesquera, descrito por Antonio Abad como «un sitio fantástico a los pies de la ciudadela», el Pueblo o Melilla la Vieja con sus recintos fortificados.

Es la Melilla de Antonio Abad, un paisaje donde reconocerse que en la novela Lucía o la inasible sustancia del tiempo coge cuerpo con la «sura» 6, memento script que, como el autor ha explicado, fue el luminoso instante en el que la novela se le «abrió» por completo.

Las categorías inasibles del tiempo.

El escritor, como el músico, transmite una emoción que el lector asume como propia y por ello bendice —como escribió Manuel Altolaguirre— las articulaciones de sus manos, el regalo de dar vida al pentagrama de la imaginación y la creatividad. Me gusta cuando Antonio Abad destripa el caudal de objetos que lleva Lucía en el bolso: «Un pañuelo. Tarjetas de visita. Un lápiz de labio. El pastillero.. Un espejito… Un imán…» (111). Me recuerda la publicidad radiofónica del desaparecido comercio melillense Vicente Martínez que pregonaba cada mañana desde las ondas, mientras yo desayunaba, su universal oferta, desde una aguja hasta un piano.

Para esta Madame Bovary melillense la alcantarilla del tiempo no ciega su pasión por vivir. El retorno del amor de otro tiempo despierta la pasión, el inconformismo. El despertador emocional de este volcán es naturalmente Martín que devuelve a Lucía al fulgor de la juventud perdida. De esta forma el doble encuentro señala tanto el regreso temporal de Martín que, como el propio Antonio Abad tuvo que dejar su propia ciudad, como la ruptura tardía con el pasado que intenta, desde el goce y el dolor, Lucía.

La inasible sustancia del tiempo es para Lucía la constatación de la pérdida continua que supone la existencia, la conciencia de que todo es instante caduco, desprovisto de significado, como un tren que se aleja (119). Es también el sopor de las horas taciturnas que señalan una espera insoportable (122) y, sobre todo, la «sensación de que el tiempo se está convirtiendo en trocitos de cristales rotos de un espejo» en donde Lucía ya no sabe mirarse (182).

Por mi parte, a propósito de lo que narra Abad en el capítulo en que Lucia se viste de azul —siguiendo un «impulso de colegiala»— para asistir a una primera cita con Martín, me recuerda una película que he visto hace unos días: El tiempo de los amantes (Le temps de l’aventure, del director Jérôme Bonnell, 2013), donde la actriz Emmanuelle Devos recrea el tiempo inasible de una mujer en la cuarentena de su vida que, en gran medida, sigue llevando las inquietudes de una adolescente y que, para romper con esa condición, tiene una aventura con un hombre mayor que ella.

Escribe el croata Predrag Matvejevic, en su Breviario Mediterráneo (Barcelona, Anagrama, 1981) que es difícil, «tal vez lo más difícil, hablar del pueblo al que pertenecemos» (p. 115). A estas alturas me da por pensar que quizás es esta frase la que envuelve la mayor parte de la producción literaria de Antonio Abad, la que emana del centenar de «suras» de esta novela con nombre de mujer-lluvia. Entonces vuelvo, por enésima vez, al alejandrino Cavafis y recito con él, y con el escritor melillense, ese verso definitivo «con el mundo que agita movedizas palabras».

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