Año Nuevo, Vida

Javier La Beira
Para mi sobrino Pablo, con quien me he encaramado, en apenas 40 años, a un palo borracho y a Maiakovski.

El 1 de enero de 2011, cifra simpática donde las haya, Julio José Pinto, a quien en el colegio llamábamos los compañeros Pintillo Bobo sin motivo, salvo que un rapto de neurosis de un mediocura y una mansedumbre de carácter propio sean motivos, fue despertado a las siete y media de la mañana por su hija Julia, que volvía de celebrar la Nochevieja a lo grande, o lo que entendía ella por celebrar la Nochevieja a lo grande, y traía como regalo de año nuevo a sus padres, para desayunar, un cartucho rebosante de churros y pringado de aceite.

Objetivamente nadie tuvo la culpa, salvo las bajas temperaturas de la época y el discurrir natural de los minutos desde la adquisición del cartucho hasta su llegada a casa, pero debe indicarse que los tejeringos, que así se denominan esos tipos específicos de churros en la ciudad, estaban ya fríos, más que fríos, helados, más que helados, tiesos, más que tiesos, incomibles, bueno, teóricamente incomibles, porque cualquier alimento se puede comer con voluntad y ganas, aunque estos churros parecían tejeringos damnificados por un implacable rigor mortis.

Sin embargo, a las frialdades, heladuras y tiesuras de los tejeringos los compensaban aquella mañana de año nuevo el calor que desprendía, infalible con su armadura de cables, el brasero eléctrico de la mesa de camilla, y la satisfacción unánime, solidaria, casi sindical, de iniciar el año nuevo desayunando en compañía. La intención es lo que cuenta, pensó uno de los tres comensales, seguramente dos, puede que hasta los tres, así que comieron todos y cada uno del plato de los tejeringos incomibles, y una ligerísima, por tímida, sonrisa se vislumbraba asomando la patita por las comisuras de los labios de, aquí sin duda, los tres.

Acabado el desayuno, satisfechos los afectos y los estómagos gracias a aquella plastuza harinosa y azucarada, cada cual marchó hacia su dormitorio, la hija por vez primera en este año, desmayada por dormir durante varios días, los padres por segunda vez. ¿Qué movió al matrimonio, me cuestiono ahora con la socrática sapiencia del narrador omnisciente, a volver a la cama? Aparentemente, la suma de una serie de causas impecables, la semioscuridad aún en la calle, los repeluses que los acometían cuando traicionaban el cobijo del brasero, esa mañana de año nuevo larga, tediosa, demasiado larga y tediosa para ellos, por delante.
Pasados algunos minutos, con las luces del amanecer escurriéndose a través de los huecos cuadriculados que ofrecía la persiana medio rota del dormitorio, Julio José Pinto abrió los ojos y se formuló en voz baja la pregunta de cada mañana, Cuándo cojones, con perdón, se añadió en voz aún más baja, timorato siempre nuestro Pinto, no sería justo criticarlo, cada cual tiene su carácter y su habla, Cuándo llamaremos al persianista, un instante antes de encontrarse con que Manuela los tenía también abiertos, y no casualmente abiertos, sino abiertamente fijos en él.

Good morning, dijo entonces, sintiéndose aliviado, olvidando la, perdón, perdón, puta persiana, sonriendo sin comisuras que aparentar, por primera vez, qué carajo, sin perdón, es el narrador quien habla, dichoso Pinto en el año nuevo. La frase del alivio, hasta modulada con acento británico del 10 Downing Street gracias a las virtudes del método Vaughan, era la señal no escrita, pero sagazmente utilizada en ciertos momentos, las mañanas de los domingos y fiestas de guardar eran casi siempre esos momentos.

Good morning, respondió ella, abriendo aun mucho más los ojos hermosísimos, parecía imposible hacerlo, pero ella lo hacía, poseía ese don, lo hizo, atención, va a escribir el narrador algo importantísimo de una vez por todas, Manuela tenía los ojos más bellos del mundo cuando los abría, y esa mañana los abrió hasta un grado de abertura que resulta imposible para un ser humano imaginarlo, oscuros, nobles, gigantes, esos ojos tan abiertos y, sobre todo, tan hermosos, los más del mundo, al tiempo que ya se desprendía con atropello urbano del pijama hasta quedarse, en un santiamén, completamente desnuda. Todavía, pese a la edad cincuentona que la rondaba, era Manuela una mujer muy deseable, amén los originales y gigantescos ojos, sus pechos bamboleaban con gracia, su culo bien sólido reclamaba no escasas atenciones, que tanto puede una mujer desnuda a un narrador atento.

En esta ocasión, y ahora el narrador habla porque sabe que en numerosas ocasiones no había sido así, y por lo tanto le llama la atención y hasta le pica la curiosidad, follaron como locos, con esa usura imparable que consiste en disfrutar poseyendo a las bravas el uno el cuerpo del otro, ahogando Pinto y Manuela en sordina, con su mucho esfuerzo, los gritos, qué digo gritos, los alaridos que se les escapaban de las bocas, por si la niña, Julia, veinte años, no tan niña, aún no se hubiera dormido y los escuchara follar, y encima follar no como un matrimonio estándar, sino enrabietados Pinto y Manuela contra no sabían quién o qué del año nuevo.

Y ni ganas tenían de preguntárselo.

Tras la cópula o polvazo, cómo llamarlo sin ofender la decencia ni faltar a la verdad, les asaltó el sueño. Si interesa mi opinión, que aquí tampoco es gratuita, opino que quizás el sueño no les asaltó a traición, sino que pusieron, uno de ellos o tal vez los dos, sí, seguro, de pronto veo claro que los dos, todo de su parte en que les asaltase, pues bendito asalto en determinados momentos el del sueño, o bien, segundo dilema para el omnisciente listo, dado que la semioscuridad no pudo ser, lo propiciaron el frío afuera de la cama o una mañana demasiado larga y tediosa, ya se dijo esto en uno de los párrafos anteriores, por delante.

Sí sabemos a ciencia cierta, la empírica, la fiable, que lo primero que hicieron al levantarse, cerca del mediodía, fue encender el brasero y la pantalla del televisor, con lo que en esa casa sucedió la pintoresca coincidencia de que se pusieran en funcionamiento, a la par, los dos seres y los dos electrodomésticos más cálidos. Todo tiene su explicación, hacía unos años que habían adquirido Pinto y Manuela la costumbre, pronto convertida nominalmente en tradición familiar, de ver juntos el concierto que emitían desde Viena, quién de sus conocidos, ay glamour, no lo hacía, o al menos la de mantener encendido el televisor mientras retransmitían el concierto.

Entre otras ventajas, esa música, dócil como un animal doméstico, permitía otra labores simultáneas, encajar en el lavavajillas los cubiertos, los platos y las copas de anoche, sacudir las migas obstinadas del mantel, otear el cielo, elevándolo romanamente a señal de lo que nos deparará el año nuevo, hacerle frente a la resaca sinsentido, oprobiosa y cabrona resaca, figure aquí esa palabra sin remilgos pues habla ahora el narrador y no Pinto, de cada uno de enero, merced a los milagros, Dios o Júpiter o Hipócrates lo bendigan, de un analgésico poderoso.

La orquesta iba saboreando con fruición un, la erudición televisiva subtitulada no engaña, allegretto grazioso e molto vivace mientras Pinto se fijaba en el aspecto del director, hombre de edad semejante a él, pero dinámico, con el cabello, ahí tampoco cabía la semejanza, acaracolado. Para matar el tiempo, encendió el ordenador portátil sobre sus rodillas y se encomendó a san Google, así lo calificaban ya muchos, y mucho había de verdad en el calificativo, a Pinto, por ejemplo, le parecía más efectivo este moderno santo que otros santos históricos, para qué decir nombres por el momento, y, desde luego, más tangible.

San Google, El Que Nunca Defrauda, le informó del nombre y los apellidos del director, curiosamente los apellidos no eran propios, sino artísticos, uno en homenaje a la ciudad donde creció y otro en honor a su mentor, le hizo tanto los honores al mentor que acabó casándose con su ex esposa, Angelika, cuando te nombro.

Apartando de su atención los chismorreos biográficos sobre el director, que lo empezaban a aburrir, Julio José Pinto, llamado Pintillo Bobo en realidad por culpa del, y aquí la palabra hermano significa mediocura, hermano Virgilio, al cabo un marista neurótico que cierto día lo tildó así en clase, indignado hasta las trancas por no haber resuelto una ecuación de segundo o primer grado Pinto, reparó, a través de las imágenes del televisor, en el dato curioso de que todos los asistentes varones al concierto, sin excepción, incluidos los japoneses, vestían traje y corbata.

Sin embargo, al narrador, que todo lo sabe sobre Julio José Pinto, desde su mote colegial hasta el último recoveco de sus pensamientos, le resulta llamativo que no se fijara en ninguna mujer, ya que también había decenas de mujeres, encorbatadas ninguna, bien es cierto, pero mujeres había, presenciando el concierto en la Sala Grande o Sala Dorada, que con ambos nombres se conoce, siempre según el Santo de Hoy Día, la Musikverein de Viena, menos que hombres, de acuerdo, pero no estamos dirimiendo ninguna competición entre sexos encorbatados, sino subrayando la constatación llamativa, más que eso, significativa, de que su libido, la de Pinto, se hallara en barbecho, reposando, riposando, Carla diceva, mas tampoco le viene a la memoria Carla, lo que a mi juicio supone la prueba del nueve, que es decir la prueba irrefutable de que Pinto reposa, o riposa.

Y, hablando de mujeres, ¿Manuela?

Manuela se fue hace un rato a la ducha, acaso le dio a esta mujer de los ojos bellamente abiertos por entonar bajo el agua un allegretto, o un quién sabe, el narrador en este punto se declara incompetente, nada ha oído y desconoce con certeza los hábitos y sentimientos de Manuela. A cambio, observamos que Pinto da una cabezada en su sillón, y entonces deducimos con lógica aplastante que ahora no sólo riposa su cuerpo, también su espíritu, o como se denomine aquello que no siendo nuestro cuerpo, somos nosotros, nada recordamos del contenido de su sueño, si lo hubo, que aseguran que siempre lo hay.

La cabezada fue breve, y el sueño, de haberlo con su contenido y todo, poco profundo, porque lo despertaron las notas de un vals, que nunca se caracterizan los valses por su estridencia, era el momento tópico de los falsos bises, sonaba el Danubio Azul, de Johann Strauss hijo, a continuación sonó la Marcha Radetzky, de Johann Strauss padre, la audiencia aplaudió al compás y el director se volvió para dirigirla, durante breves instantes, en lugar de a la orquesta, a Pinto le entraron ganas de dar unas palmaditas, por qué no, tatachán, tatachán, tatachán, tan, tan, tatachán, tatachán, tatachán, tan, tan, pero temió que el vecino de abajo se lo tomara a mal, era un vecino iracundo, aunque menudo escándalo liaba cuando cambiaba de pareja, sus polvazos se oían en todo el bloque, si bien enseguida bajaban los decibelios, porque necesitaba cambiar de pareja como de calcetines para follar a grito pelado, se trataba un auténtico donjuán de urbanización de clase media.

Como todos los españoles, salvo quienes, a semejanza de su hija Julia, aún dormían la apabullante celebración del año nuevo, Pinto y Manuela almorzaron los restos de la cena de Nochevieja. El narrador, cuya omnisciencia le da pie en este punto a ejercer la magnanimidad, hace gracia al lector de enumerar morosamente la nómina de aquellas sobras, me refiero a la ensaladilla rusa hecha con la receta de, como mínimo histórico, la bisabuela, las gambas y langostinos a precio brutal de mercado, los pateses y caviares, económicos, de lata, la relación de productos ibéricos originarios de la sierra de Aracena, provincia de Huelva, los restos del corderillo lechal y las porciones aún generosas de tiramisú.

Acabado el almuerzo, lo suyo hubiera sido engarzar con el café una preciosa siesta de año nuevo, pero Pinto, ay sopor, no podía engarzarla ni con la bisutería del engaño, a las cuatro y media había acordado el relevo con la boliviana, el café espeso y cargadito que preparó Manuela fue a parar a un termo de acero inoxidable que entregó a su marido, Pinto le dio las gracias, la besó con un gesto, no se extrañen, puede besarse mediante un gesto, Manuela abrió sus ojos, sin conocer a Mío Cid, tan fuerte mientre compadeciendo, Pinto comprobó que llevaba encima las llaves del coche y salió a la calle.

Entró en la habitación puzleando la sonrisa. La boliviana, dulce aunque retaco, recuérdese que a veces nada tienen en común lo físico y lo espiritual, educadísima ella, tal vez producto de un colegio boliviano de pago, le dijo Buenas tardes, señor Julio, pero la madre quiso mucho más, alargó los brazos blanquecinos por entre los tubos que la conectaban al oxígeno solicitando un abrazo de año nuevo, Mi Julito, dijo, Mi Julito, repitió, algo emocionada, qué distinto el tratamiento de la madre, discurrió Pinto, al del hermano Virgilio, quien, por cierto, debe de estar rindiéndole cuentas a Dios o a Satanás hace algún lustro, una subida monstruosa de tensión o un infarto, mejor la subida de tensión monstruosa, mejor.

Cuando la boliviana se marchó hasta después, culo gordo atravesando los pasillos del hospital, la tele aún seguía encendida, lo estaba desde la mañana, lo estaría durante toda la tarde, la madre no tenía otra distracción en el banco de la paciencia, así denominaba ella su situación, en cuanto se movía lo más mínimo se ahogaba como un perro, fumó durante algunos años y la medicina dictaminó después EPOC severo, sólo cabían la paciencia y el televisor, teníamos ambos elementos, ella ponía la paciencia y el hospital el televisor de pago diario, Maritere Campos, paisana y poco exquisita, bailaba o hacía como que bailaba en un programa llamado Qué tiempo tan feliz, eso, qué tiempo tan feliz.

La madre bajó el volumen del televisor, y entonces pudieron hablar de casi todo, incluyendo de lo que las normas elementales de urbanidad prohíben hablar en sociedad, esto es, política y religión, téngase en cuenta que se trataba de una madre y un hijo, si ellos no pueden permitírselo, quiénes. La madre reveló que, haciendo mudanza en su costumbre desde 1982, ya había llovido, no iba a votar a Zapatero en las municipales, faltaban varios meses y Zapatero no se presentaba a ningún ayuntamiento, pero se refería a que no iba a votar al PSOE, la había decepcionado, España andaba cerca de la ruina, Pinto calló, quedaban varios meses, intuía que la madre no saldría de ese hospital por su pie, cómo iba a llegar a las elecciones, mejor conversar sobre san Antonio, el milagroso cuya figura, comprada en un mercadillo purpiento de Lisboa por el hijo, ocupaba un lugar de honor en la mesilla de noche de la madre, es muy milagroso, Julito, insistía la madre, el hijo se preguntaba si tan eficiente como san Google, El Que Nunca Defrauda, en unos meses lo veríamos.

Murió la tarde, la madre cenó cuatro acelgas y una tarrina de natillas, hubo que limpiar la dentadura postiza, chacachaca, frotando, chacachaca, para sacarle los restos de acelgas, Maritere siguió haciendo en la tele como que bailaba jovialmente, llegaron la oscuridad y la boliviana educadísima, Buenas noches, señor Julio, Pinto sabía que sisaba de las vueltas de las compras, algún eurito sacaba de propina no concedida, pero cobraba tan barato las horas y era tan buena enfermera que traía cuenta, el hijo cedió el asiento de falso cuero negro al culo contundente de la boliviana y se despidió de su madre, Hasta mañana, Hasta mañana, Que descanses, Besos para Manuela, en el banco de la paciencia seguimos.

En el aparcamiento del hospital, Pinto se topó con José Fernández, conocido arquitecto y diseñador de postín, a finales de los años ochenta hizo dos carteles apoteósicos en la ciudad, en el primero, un trasatlántico azul navegaba la calle Larios, soberbio, hermoso, el segundo ya era la releche, por bello y además inquietante, un poderoso avión cruzaba Larios a lo Maiakovski, colosal, arrasando, estéticamente hablando, parecía verdad que un avión comercial era más hermoso que La Victoria de Samotracia, esto ocurrió mucho antes de las dos crisis, cierto es, hubo un apretón de manos solidario, casi sindical, Pinto se iba y José Fernández llegaba a visitar a su hermano, síndrome de Down profundo de nacimiento, ahora sesenta y un años, en las últimas.

Al llegar a casa, Pinto fue abordado inmediatamente por Manuela, Qué tal, Igual, él corrió al dormitorio a cambiarse, después ella le contó que la niña seguía durmiendo, los tejeringos o la celebración de año nuevo iban para largo, y le propuso cenar los restos de los restos, una pizca de ensaladilla rusa según receta de la tatarabuela, tres gambas, de caras, carísimas, dos porciones de caviares económicos, algún ibérico y un pitraco excedente del corderillo lechal.

Acabada la cena, Manuela, sin encomendarse a Dios ni al diablo, pobres limitados ambos, ni a san Antonio milagroso, ni a san Google efectivo siquiera, puso una película que tenía grabada en el vídeo, Bright Star, horrenda la traducción española del título, El amor de mi vida, sobre un supuesto amor de juventud del poeta John Keats, de juventud por cojones, sin perdón, porque vuelve a escribir el narrador, Keats murió tan joven, veinticinco años, que todo lo que le ocurrió fue en su juventud, la verdad es belleza y lo contrario, escribió el iluso.

Año Nuevo, Vida
Javier La Beira

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