El Vuelo de la Salamandra

Antonio Abad

Para sorpresa de José aquella mañana bajó las escaleras de su casa sin poner un pie en el suelo. Semejante fenómeno de ingravidez no sabe a qué achacarlo. Sólo sabe que está enfermo, que se lleva muy mal con Quintana, el gerente de la imprenta en donde trabaja, y que está locamente enamorado de Nuria, su vecina.

Su vida, llena de fracasos y de frustraciones, de pronto se ve envuelta en la implicación de un crimen que no había cometido. Atrapado entre las redes de su propia ficción hará todo lo imposible por conseguir el amor de sus sueños y defender su inocencia. La realidad, no obstante, se le vuelve odiosa. Las pesquisas policiales dan lugar a que termine con sus huesos en la cárcel. Como todo recluso su único afán será el de “volar”, escapar de aquellos muros y de los malvados compañeros de prisión que intentan aniquilarlo. Al final nada consigue porque José no era verdaderamente José sino una de las máscaras en la que él mismo se había encerrado.

Antonio Abad traza una singular historia llena de estrategias y hechos recurrentes, ya que junto al anhelado sueño de volar interpone la práctica de toda esquizofrenia literaria llevada hasta sus últimas consecuencias, pues será el personaje principal de la novela quien irá creando a los propios personajes de la misma.

 

EL VUELO DE LA SALAMANDRA
DE ANTONIO ABAD, EDITORIAL EL TORO CELESTE, 2015
FRANCISCO MORALES LOMAS

Volar, volar… Fue Verne quien definitivamente lo llevó a la literatura desde su Nantes natal, ofreciendo al hombre esa tendencia innata a volar. Lo vemos en libros como Robur el Conquistador (1886) que sirvió de inspiración al primer avión a motor de los Hermanos Wright, pero también en su obra De la Tierra a la Luna con la que creó sólidas peanas para la exploración del espacio en los siglos venideros.

Sin embargo, antes, muchos miles de años antes, el ser humano ya sintió la necesidad de volver a ese origen evolutivo en el agua (acaso una muerte silenciosa) o al vuelo como una forma de elevación espiritual o simplemente como un escape de la anodina realidad. Es el vuelo de “Tras un amoroso lance” de San Juan de la Cruz, y no de esperanzas falto, “volé tan alto tan alto, que le di a la caza alcance”. O el vuelo de la celebración de Claudio Rodríguez. La mística tuvo en él un motivo extraordinario para la conquista de la felicidad. Y así lo constata en la cita inicial de Santa Teresa Antonio Abad: “Cuando quería resistir, que desde debajo de los pies me levantaban fuerzas tan grandes (…) Al menos, yo estaba en de manera en mí, que podía entender era llevada”.

En muchas ocasiones, ante la degradación de la realidad, el vuelo, como en los cuentos infantiles el mago o la maga, desafía esa realidad y ofrece una solución a los problemas vitales: una solución personal para seguir viviendo o una definitiva para quedar extasiado en una especie de nirvana indeleble. Ícaro lo experimentó y pudo salvarse y el búho alza el vuelo cuando ha terminado el día. El vuelo, pues, siempre ha tratado de sustituir a una realidad despótica. En torno a él hubo un bestiario que nos seducía, como en el título de esta obra con la salamandra, como símbolo ocultista donde los haya. Aristóteles la asociaba al fuego y en voz de San Agustín a las llamas del infierno. No se puede evitar su poder mágico por su pureza y permanencia. Hada del fuego que se fortalece, pero también claridad y luz.

En torno a esta simbología precisa ha construido Antonio Abad una novela de argumento en la que la historia está determinada por la conducta de su protagonista, José Madrigal Sempere, de sesenta y un años y una quebrantada salud, que una mañana, al dirigirse a las Gráficas Cremades donde trabaja, descubre que su cuerpo es ingrávido y es capaz de volar. Esta inmersión en el mundo de la fantasía se manifiesta como determinante durante dos tercios de la novela pero, en el último, el lector descubrirá el secreto de José y qué sentido posee la proyección existencial de su vuelo. Hecho que no revelamos obviamente para evitar anunciar el final.

Antonio Abad ha querido construir una novela sobre la cotidianidad, el ser humano en su día a día, al menos en el primer apartado. Al leerla me ha venido a la memoria la novela La tregua de Mario Benedetti, en la que su protagonista, Martín Santomé, cuenta sencillamente su vida diaria y su enamoramiento de Laura Avellaneda, al mismo tiempo que su perentoria afición al trabajo.

A través de la novela de Antonio Abad conocemos también los acontecimientos diarios de la vida de José Madrigal Sempere, su amor a la imprenta, los pormenores de su despido, el nuevo trabajo como limpiacristales de alturas, su divorcio o el enamoramiento súbito de Nuria, una mujer que trabaja en el Edificio Negro. Esta inmersión en la cotidianidad le permite a Abad hacer un retrato psicológico preciso sobre la existencia de cualquier ser contemporáneo, de cualquier ser sin atributos en la terminología empleada por Robert Musil en su novela El hombre sin atributos, donde Ulrich, el protagonista de treinta y dos años, decide dedicar un año de su vida para saber qué hacer con ella. Y con la que Musil quería abordar las paradojas de la modernidad y, en cierto modo, la construcción de una teoría sobre el sentimiento (acaso siguiendo aquel principio machadiano de que en cada época existe una nueva sentimentalidad) que nos permita escapar de una realidad compleja que nos asfixia.

José, una persona normal, como usted y como yo, es el protagonista de una vida sistematizada donde el vuelo, como respuesta ante situaciones de peligro o sobrevenidas, adquiere toda la simbología de héroes recientes cinematográficos que están en la mente de todos. Pero José no emplea ese beneficioso adestramiento como un batman cualquiera sino para evitar el peligro. Un hombre que odiaba las erratas y cuyo despido lo hunde en la desesperación percibiendo que en su vida se ha creado un profundo muro al perder su trabajo en Gráficas Cremades.

En una de sus correrías cae por un tugurio donde encontrará un cadáver, Juan Vinaldo Piñatola, que le traerá al cabo del tiempo enormes problemas. Pero durante toda la obra este permanece ausente, no es el motivo fundamental sino la construcción sentimental en torno a Nuria, que acaba convertida en su musa, lo relevante narrativamente. Es la construcción del sentimiento al que aludíamos. La hipótesis que mantiene Antonio Abad es que el amor puede resolver definitivamente las causas personales de cualquier ser humano, que es el único alimento que puede remediar nuestra existencia.

José en ese recorrido vital se impone el trabajo diario en su nueva profesión, limpiacristales de alturas, que, para un hombre de sesenta y un años, no deja de ser irónico, pero él posee la seguridad del vuelo.

Durante gran parte de la obra el elemento fantástico de esta permite al lector crear una síntesis entre lo anodino de la existencia y esa posibilidad mágica del vuelo. Pero solo es en apariencia, porque en la novela este posee un valor explícito en sí mismo. También es un vuelo literario, un vuelo que está más cerca de la psiquiatría y los problemas que esta trata de resolver en las sociedades contemporáneas.

A medida que avanza la acción la novela se ve envuelta en una suerte de intriga también policíaca que debe mucho al thriller cinematográfico con una conducción sorprendente de Abad en cuanto al uso de recursos de suspense bien llevados a cabo que le dan credibilidad y verosimilitud a algo que en nuestras mentes no cabe: la posibilidad de volar sin aditamento alguno.

Conformada en tres apartados. El primero está organizado en seis capítulos, una cuarta parte de toda la obra, en ella existe como una presentación de los personajes fundamentales. En el segundo, trece capítulos, sería el nudo de la obra, en sentido aristotélico, a partir de la experiencia en torno a Nuria, las peripecias de su hija Marta y el mundo de la droga, así como el mundo de las cárceles, donde ingresará finalmente José; y, el tercer apartado, cuatro capítulos, el desenlace. Sin embargo, en ese progreso narrativo, la sorpresa está garantizada. Sorpresa que no debe ser revelada en estos momentos al lector y ofrece nuevos ámbitos para el encuentro narrativo donde se producirá una síntesis entre la realidad y la irrealidad o el mundo imaginario que conformamos en nuestra propia mente y en el que las máscaras que podemos crear en torno a ese mundo poseen un papel determinante. Un mundo que puede ser tan real para el que lo padece como el que está fuera de nosotros y se plantea sobre los mecanismos que crean esa realidad o la conforman.

Desde ese estado anodino inicial (con un realismo normalizado) la novela se va acercando más a otro de corte expresionista donde situaciones envilecidas y degradadas de la sociedad toman su relevo.

Las reflexiones del protagonista sobre la existencia son permanentes. Por ejemplo dirá: “La edad no nos pertenece, es una idea” o “Lo único que tienes que hacer es llenarte de ilusiones y ver la vida de otra manera”. Pero existe en la misma también una preocupación por el paso del tiempo, el cansancio vital, las relaciones familiares y sus despojos, o el mundo abyecto o infame que está ahí, junto a nosotros, y a poco que nos descuidemos (parece decir Antonio Abad) podemos entrar en él, como le sucederá a nuestro protagonista.

Personajes como Gabriel, Marta, Goldmann, el deán de la catedral de Málaga, Patrón, Niño Peroncho, el doctor Vicente Mellado, Liborio Ferrás o el agente Zueiro… introducirán situaciones complementarias en el escenario de Málaga, historias secundarias a la trama inicial si se quiere, pero que van dando cuerpo narrativo a toda la obra e irán conformando una visión novedosa por una singladura narrativa, rauda y sutil, donde el suspense juega un papel determinante tanto como la resolución final de la intriga novelesca.

Un enorme juego literario, una construcción verdadera en ese juego de tensiones, distensiones y caminos con los que Antonio Abad permite entrar en una literatura reflexiva que nos permite deliberar sobre nuestra propia realidad, nuestro propio mundo.

 

 

ISBN: 978-84-943636-7-2
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Dimensiones 14.5 x 21.5 cm
Tipo

Descargable, Papel

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